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La noche del cazador por Martin Pawley

Hay otro cine, alejado de las esferas comerciales y del consumo y la publicidad. Esta sección es una excursión mensual —cada día 17— por la periferia del cine guiada por Martin Pawley, bloguero y crítico de cine del programa “Extrarradio” de la Radio Galega. [Esta columna se dejó de actualizar en agosto de 2009]

En el principio fue el cerdo

En una época dominada por una animación que camufla su polvorienta mediocridad con una cierta aparatosidad técnica y un acercamiento a otros conceptos estéticos no necesariamente mejores por el hecho de ser distintos, podemos acabar olvidando los decenios gloriosos en los cuales el cine Disney, además de portentoso en lo técnico, lo era también en lo artístico, con especial cuidado por unos guiones inteligentes que hoy se nos antojan tristemente lejanos. La Disney fue un formidable complejo que inventó en pocos años una forma de hacer cine, haciendo un alarde de inventiva y experimentación que quizá no tenga equivalencia en la historia del séptimo arte. Partían, claro, con notable ventaja: heredaban las enseñanzas de todos los grandes maestros que habían participado de la creación de un lenguaje específicamente cinematográfico y por ello pudieron ahorrarse titubeos e imperfecciones. En la mayor parte de los casos los cortos de la Disney de los años 30 nos interesan por sus valores genuinos, y no por pura apetencia arqueológica. Hay infinidad de aportaciones que demuestran el enorme nivel alcanzado por todo su equipo de creadores, que entendieron muy pronto las limitaciones y ventajas de la animación frente a la imagen real y supieron adaptarse con envidiable flexibilidad a los avances de la técnica. Producido en 1928, Steamboat Willie no deja de ser, con todo su primitivismo, una pequeña delicia gamberra e ingenua, pero al mismo tiempo funciona como estupendo ensayo de las posibilidades del sonido en un momento en que el cine convencional no sabía encontrarle utilidad a los micrófonos. Lo mismo sucedería al poco tiempo con el uso del color y luego con las cámaras que permitían varios niveles de profundidad de campo, y tantas y tantas otras innovaciones, desde el cinemascope a la fotocopia, de las que siempre supieron sacar partido.

Estrenada en 1933, en plena depresión, el cortometraje Three little pigs fue un éxito colosal que contribuyó notablemente al asentamiento de la productora, que se lanzaría al poco tiempo a la gestación de su primer largometraje, esa formidable locura que acabó siendo Snow White and the Seven Dwarfs. Three little pigs se exhibía en los cines como complemento de otras películas a las que muy pronto superó en repercusión. Cuentan que el propio Walt Disney no llegaba a entender del todo las razones de su espectacular éxito; en una época extremadamente difícil para millones de ciudadanos muchos de ellos parecieron sentirse conmovidos por la clásica historia del cerdito trabajador que se fabrica una casa de ladrillos a prueba de lobos malos, en oposición a sus jaraneros hermanos entregados a la ley del mínimo esfuerzo. En el fondo es una historia de superación típicamente americana protagonizada por todo un self made pig: no es casual que el héroe del relato lleve atuendo obrero mientras sus dos congéneres lucen ridícula vestimenta de cerdito pijo.

Three little pigs es una obra maestra de prodigiosa simplicidad, contada con esa economía expresiva tan característica del cine americano (incluso del malo). Basta el primer minuto para presentar a los tres protagonistas en pleno proceso de construcción de sus respectivas casas, por medio de planos fijos que se suceden con suavidad unos a otros. Supongo que todos conocen el argumento: aparece el lobo, amenaza real a la que dos de los cerditos no habían prestado suficiente atención, y se ventila con escaso esfuerzo la casita de paja. Deshacerse de la segunda de las casas, hecha con palitos, no le resulta tan fácil; ha de recurrir al engaño de fingir su marcha, resuelta con deslumbrante brillantez por medio del sonido, y luego poniéndose una piel de cordero, parábola mítica de permanente eficacia. Cuando se percata de que no puede engañarlos opta por la solución drástica de un nuevo y más poderoso bufido. Los dos cerditos huyen a la casa de ladrillo, donde el tercero los acoge no sin antes leerles un poco la cartilla. El lobo se acerca también a esta casa e intenta recurrir de nuevo al engaño. Disfrazado de buhonero de evidentes rasgos judíos (hecho que queda bien recalcado por la melodía que en ese instante suena) llama a su puerta diciendo ser un vendedor de cepillos. No cuela, como es obvio. No le queda más remedio que recurrir una vez más a la fuerza bruta: sopla y sopla, sin resultados satisfactorios, y luego se lanza a golpear la puerta, mientras el cerdito listo se entretiene aporreando el piano en un crescendo de emoción y comicidad a partes iguales. Harto ya de tanta insolencia el lobo se decide a entrar por la chimenea, al final de la cual, como bien saben, hay un enorme caldero de sopa hirviendo aderezada con un buen chorro de trementina.

Todo esto discurre en ocho minutos de portentosa planificación. La estructura del relato, tan repetitiva, la hace perfecta para los niños: la acción va creciendo y creciendo hasta desembocar en un desenlace veloz y adecuadamente sádico, con ocasionales elementos humorísticos muy breves diseñados para descargar la tensión. Su radical dinamismo hace imposible que podamos resistirnos a su encanto, apoyado sin duda por la sensacional banda sonora de Frank Churchill que se escucha permanentemente a lo largo de todo su breve metraje. Su música se adapta y se pliega perfectamente a la historia, da mil y un quiebros y se divierte con apuntes ocasionales de ragtime. Como leitmotiv, además, Churchill nos regala una de las canciones legendarias no ya del cine Disney sino del cine a secas, el Who’s afraid of the Big Bad Wolf? que todos hemos tarareado alguna vez.

Para todos aquellos que además de ir al cine aman el cine y sus reglas, a menudo salvajemente pervertidas, Three little pigs sigue siendo setenta y cinco años después de su estreno fuente de satisfacción en niveles muy diferentes. Y eso ya es algo, sobre todo en un arte efímero como este en el que con tanta frecuencia las obras pasan de la aclamación unánime al más cruel de los olvidos.

Nota: escribí este texto hace cosa de cuatro años. Tuve la necesidad de repescarlo después de ver ayer “Wall-E”, tan espectacular, tan blandita, tan pobre…

Martin Pawley | 17 de agosto de 2008

Comentarios

  1. María José
    2008-08-19 05:37

    Martin, me parece acertadísimo tu artículo. Y el problema no es sólo de la películas sino también de los libros que se hacen para niños, son todos tan blanditos y tan pobres que no creo que dejen ninguna huella.

  2. Martin Pawley
    2008-08-19 08:59

    En el caso de la decepcionante Wall-E, lo curioso es que empieza bastante bien, con una primera media hora sin diálogos, pero llena de fuerza expresiva. Por desgracia cae pronto en los excesos de siempre para volverse superficial y apresurada.

  3. Alberto
    2008-08-19 16:41

    Sí, yo también estoy bastante de acuerdo, exceptuando la nota final y el comentario posterior. Ahí no creo que tengas razón, o no toda.

  4. Martin Pawley
    2008-08-22 08:32

    Que “Wall-E” asuma unos ligeros riesgos en sus minutos iniciales no impide que el conjunto sea muy convencional y políticamente correcto. Por ejemplo, me parece ridículo el empeño de definir una identidad de género a los robots para hacer su historia romántica más asumible para el público familiar: tenemos el robot masculino (Wall-E) y el robot femenino (Eve). Como la apariencia mecánica y las voces (distorsionadas) podían no dejarlo claro, los guionistas se encargaron de definir bien los roles con los nombres…

  5. Marcos
    2008-08-22 08:53

    A mí la primera media hora me encantó; me pareció hermosa, tanto por el guión como por el dibujo y los paisajes. Pero después se hace previsible, e incluso me aburrió en algunos momentos.

    Saludos



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