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La noche del cazador por Martin Pawley

Hay otro cine, alejado de las esferas comerciales y del consumo y la publicidad. Esta sección es una excursión mensual —cada día 17— por la periferia del cine guiada por Martin Pawley, bloguero y crítico de cine del programa “Extrarradio” de la Radio Galega. [Esta columna se dejó de actualizar en agosto de 2009]

Las misiones pedagógicas de Michael Moore

La triunfal exhibición de Bowling for Columbine en el Festival de Cannes de 2002 marcó el despegue definitivo de su autor, Michael Moore, que gracias a esa película se convirtió en una de las figuras del mundo del cine que más interés y curiosidad despierta en todo el mundo. En aquel lúcido documental el cineasta desmontaba uno tras otro todos los tópicos asociados a la violencia en los Estados Unidos, para acabar encontrando en el miedo la justificación de la aterradora cifra de diez u once mil muertos por armas de fuego que cada año se producen en su país. De acuerdo a la tesis de Michael Moore es la desmedida sensación de amenaza bajo la cual viven los estadounidenses —escandalosamente alimentada por los medios de comunicación sensacionalistas— la que genera un miedo irrefrenable que impulsa a muchos ciudadanos a llenar sus casas de armas, amparados por el derecho que les concede la famosa segunda enmienda y renunciando con ello a un debate sereno sobre los problemas reales que afectan a sus vidas. La idea de que la propagación del miedo puede erigirse en un eficacísimo mecanismo de control es tan sugestiva como inquietante; la generalizada paranoia post-11S no ha hecho más que confirmar los peores presagios.

Fahrenheit 9/11 nació marcado por la urgencia electoral y la intención confesa de favorecer la derrota de George W. Bush. No sirvió de mucho, aunque su potencia como panfleto (en el mejor y más preciso sentido del término) es innegable. Michael Moore hace gala una vez más de su personalidad arrolladora y su habilidad para plantear cuestiones decisivas, haciendo que se vuelvan evidentes las incoherencias de las versiones oficiales de los hechos. Se dirige principalmente a sus compatriotas empleando el lenguaje y los recursos que les pueden resultar más cercanos; su tono populista e incluso demagógico no es, por lo tanto, un defecto, sino un elemento esencial del discurso. Michael Moore se ha vuelto consciente de su liderazgo ideológico, de su condición de persona non grata para un poder al que sacude con contagioso humor y energía; es por ello que mientras en Bowling for Columbine pretendía explicarle al mundo cómo son los americanos, ahora se ha puesto como objetivo explicarle a los americanos cómo es el mundo, en una especie de misión pedagógica a ritmo de documental cuya nueva entrega, Sicko, llegó a la cartelera estadounidense a finales de junio.

En un artículo para la revista Cahiers du Cinema España el programador del CGAI, Jaime Pena, definía esta película como una comedia sobre el sistema de salud norteamericano, y lo cierto es que no se me ocurre mejor manera de describirla. Porque ante todo Sicko es un film muy divertido, que expone con la ironía habitual verdades que no admiten demasiada discusión. Casi cincuenta millones de ciudadanos americanos viven sin cobertura médica, y otros muchos que sí la tienen han visto como las compañías aseguradoras emprenden toda clase de acciones y estrategias para negarles sus servicios en el momento en que los necesitan, con resultados en muchos casos fatales; es notoria la connivencia de los políticos con estas compañías, que financian sus campañas y se aseguran así un trato legislativo favorable. Michael Moore viaja a Canadá, Reino Unido y Francia para conocer de primera mano otros sistemas sanitarios y comprobar que no sólo garantizan atención médica a todos los ciudadanos sino que además el servicio es significativamente mejor que el que puede recibir un americano medio. En un gesto final sublime se lleva a un grupo de compatriotas enfermos, entre ellos varios voluntarios que habían participado en los trabajos de rescate tras los atentados de las Torres Gemelas, hasta la base de Guantánamo, con la idea de que allí puedan recibir el tratamiento que en los hospitales estadounidenses no tuvieron y que en cambio sí se le otorga a los prisioneros del campo. Al no tener respuesta, Moore y sus acompañantes se desplazan a La Habana, donde sin más que proporcionar su nombre y fecha de nacimiento son internados para obtener un diagnóstico definitivo y el tratamiento adecuado: en Cuba, “territorio enemigo” por excelencia, acaban recibiendo unos cuidados que serían impensables en los hospitales de su país. Al margen de las reacciones que pueda inspirar esta provocativa anécdota, lo verdaderamente importante es que el mensaje de Michael Moore es en esta ocasión más sosegado y positivo; contundente y dogmático como siempre, pero ahora también fraternal y esperanzador.

Martin Pawley | 17 de agosto de 2007

Comentarios

  1. Marcos
    2007-08-18 19:46

    Muy interesante esa apreciación de que el componente panfletario es un elemento de la estructura y no un defecto (al menos no un defecto narrativo). En cualquier caso, parece que Moore juega a utilizar las mismas armas que el enemigo para lograr el efecto contrario: maniqueísmo, manipulación, efectismo, etc.

    Saludos

  2. Martin Pawley
    2007-08-21 23:38

    Michael Moore es un fabricante de panfletos cuya principal intención es ser escuchado y comprendido por sus conciudadanos. Sólo desde esa premisa podemos disfrutar verdaderamente de sus películas, pletóricas de vitalidad y ritmo.


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