Libro de notas

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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Entre Catalunya y España, València es coja

Ya sé, ya sé, estan saturados. Yo también. Hemos leído y oído tanto sobre Catalunya y España, sobre el referéndum, sobre la Diada, sobre la Vía catalana que quien más, quien menos, ya tiene una opinión formada, o ya le han formado una con o sin su consentimiento. ¿Por qué añadir una más, y hacerlo cobardemente, así, a toro pasado? Pues porque esperaba, vanamente, que alguien dijera, y dijera mejor, lo que ahora les diré yo. Pura egolatría opiniátrica, ya ven. Debo admitir que una de las pocas cosas buenas de este asunto ha sido encontrar opiniones que podía compartir, aunque fuese parcialmente, porque ha habido momentos en que las ganas de largarme y convertirme en un Ice Road Trucker ha sido muy fuerte, que, al fin y al cabo, soy hijo y hermano de camioneros, y siempre he querido conocer Canadá, “on diuen que la gent és neta /mi noble, culta, rica, lliure,
/ desvetllada i feliç!”. Y en donde los nudos gordianos se resuelven con un certero tajo en forma de referéndum.
 
Empezaré por establecer mis propios términos del debate, que, si no, esto se hace eterno. En primer lugar, las cosas que no voy a discutir, porque aunque mi postura sea minoritaria, no estoy solo, o porque no me apetece discutir tonterías. No voy a discutir quién la tiene más larga, si el nacionalismo catalán o el nacionalismo español. Es decir, doy por sentado que existen los dos y que actúan como lo que son: populistas y demagogos. No voy a discutir si en un hipotético referéndum debe participar sólo Catalunya o toda España, porque me da vergüenza incluso mencionarlo: si por algunos fuera, convocaríamos un referéndum por cada mujer que quisiera abortar, para decidir si sí o si no. Y no me vengan con que no es lo mismo. Es lo mismo. No voy a discutir en términos de nacionalismo (el que sea) versus cosmopolitismo (o el nombre que le quieran poner, pero nos entendemos, ¿verdad?) porque es una discusión decimonónica: aburrida, vieja, y sin ninguna posibilidad de iluminar el presente. Y no voy a discutir sobre historia, porque, al fin y al cabo si algo soy es historiador en algunas de sus variantes, y porque en este tipo de debates la historia es un recurso teleológico en la que sólo se busca la justificación del presente, y porque creo firmemente que la historia (y ya que estamos, la naturaleza, el mundo o el universo) no tiene una finalidad, no tiene un para. Ya me perdonarán si les ofende, pero en eso soy radicalmente spinoziano, y no se me ocurre confundir la historia con correlaciones de causas y consecuencias. Lo primero no es pertinente para la discusión en curso, lo segundo sí. Cuando decimos que aquellos polvos trajeron estos lodos no hablamos de historia, sino de causalidad.
 
Discutiré, pues, en términos políticos, esto es, en términos de gestión de la polis (para lo que nos interesa, de la sociedad), diferentes, aunque puedan estar incluidos, a los términos económicos (la gestión de la casa, etimológicamente hablando). Y esto no es historia, sino definición de conceptos, que es uno de los problemas que tenemos.
 
El “problema catalán” es una de las consecuencias lógicas del desmoronamiento de la ilusión democrática de la España de la transición, y de los problemas que dejó irresueltos. Y puede, estoy dispuesto a admitirlo, que simplemente la España de 1978 no diese para más, me refiero a que sólo pudiese aspirar a crear una España democrática como proyecto de futuro, en donde “democrática” tenía más un valor conjuratorio que un verdadero conocimiento de qué era eso y cómo funcionaba en los detalles. Básicamente las urgencias de la transición nos llevaron a preocuparnos más por exorcizar la historia de la modernidad española, una historia de fracaso, dolor y miseria, antes que de preocuparnos por crear algo que realmente funcionase, algo en lo que la democracia no fuese el ideal, sino el instrumento. La democracia como medio o la democracia como fin. Ganó la segunda, y perdió la política, porque la principal aspiración de los votantes de aquel momento era la paz social y económica, la tranquilidad, la seguridad que sólo proporciona un ideal acabado, una utopía al fin y al cabo. Y creímos que la habíamos construido. Creímos que podía existir una sociedad sin conflictos, sin luchas, sin poder, sin maldad, sin política. Aquello que a finales de los 80 llamamos el desencanto fue, al mismo tiempo, una consecuencia lógica de esa idea (ya está todo hecho, ya no hace falta la política) y un aviso de que nos habíamos equivocado. La caída del muro de Berlín en 1989 vino a reforzar la idea del final de la política (como la del final de la historia. Bueno, en realidad es lo mismo), aunque hay que reconocer que el mundo entero malinterpretó los acontecimientos, no sólo nosotros pecamos. Como resultado, nosotros y el mundo se dedicó a gestionar la casa, en lugar de gestionar a la gente. Pasamos de la política a la economía como paradigma de interpretación social, con las consecuencias que fatalmente hemos conocido y padecemos.
 
Con la constitución del 78 construimos un edificio. Con algunas terrazas y soláriums, y algún garaje (comunidades históricas y conciertos forales, básicamente). En apariencia suficientemente sólido y suficientemente amplio. El tiempo y los acontecimientos han demostrado que no lo era, en realidad, pero el error no fue de planificación, no es que tuviera que ser más sólido y más amplio todavía. El error fue de concepto: no una casa, sino una ciudad. Puedes echar a un hijo de casa (economía), pero no de la ciudad (política). Puedes atar a tus hijos a la pata de la mesa, aunque no debas, pero no puedes atarlos a una farola. ¿ejemplos? La ley de partidos. La percepción psicosocial puede llevarte a preferir la seguridad como valor último, lo cual te lleva a creer que una casa es más segura que una ciudad pero, como desgraciadamente comprobamos cada día, eso también es una ilusión. La reciente y ridícula prohibición inicial de la Via Catalana en Vinaròs es paradigmática en ese sentido, entre el “en mi casa no” y la libertad de reunión, entre la economía y la política en el sentido en que las uso aquí.
 
Esto traducido a parámetros legales me lleva a la discusión sobre las constituciones abiertas y las constituciones cerradas, que han recorrido la historia del derecho constitucional hasta nuestros días. La nuestra se vendió como un término medio, pero creo que, en realidad, nunca fue así, o puede simplemente que el mundo acelerara su paso y nos dejara en bragas. Y doctores tiene la iglesia del derecho que lo explicarán mejor que yo, o me corregirán y me llamarán ignorante, seguramente con razón, entre los cuales no deberían perderse a Alfred Boix en El País y en La Página Definitiva. Me lleva a pensar esto algunas de sus características, como los conciertos forales y la primitiva delimitación entre autonomías históricas y las otras, que el proceso autonómico dinamitó con la política del café para todos. ¡Eh!, y me pareció bien: era un paso hacia la constitución como ciudad, pero dejaba a la constitución definitivamente en tierra de nadie, en el umbral, sin entrar en casa y sin salir a la calle.
 
Pero, para ser justos, creo que las dos idealizaciones de la constitución, como casa y como ciudad, han coexistido hasta nuestros días, sin fronteras claras en lo ideológico aunque sí en lo político. Uno estaría tentado de decir que la izquierda apuesta por la ciudad, y la derecha por la casa, pero en realidad no es exactamente así. Sería más útil proceder a contrario: la izquierda es aquel conjunto de ciudadanos que apuesta por la ciudad, mientras que la derecha está formada por los que apuestan por la casa. Y no creo que sea necesario poner demasiados ejemplos de ello: sitúen en el esquema, casa o ciudad, a los principales cargos públicos del PSOE pre-Aznar, empezando por Rosa Díez, y ya lo tendrán hecho. La derecha es más homogénea en eso, aunque siempre haya alguna cabra que tire al monte. Situen, también, la reacción emocional de izquierda y derecha a los atentados del 14M, entre la disciplina doméstica de ETA y la política internacional del fundamentalismo islámico.
 
En esta línea cabe interpretar el actual “problema catalán” desde sus inicios: la reforma del estatut de Catalunya aprobada en referéndum en 2006. A los catalanes se les (se nos) había quedado pequeña la habitación que les habían alquilado. La família crece, los hijos se hacen mayores: camas más grandes, posters más grandes, más televisores, ordenadores, una wifi más potente, el novio o la novia del hijo o la hija que se queda a comer, a cenar, a dormir, a vivir… Disculpen la banalidad, cambien lo que corresponda por sanidad, educación, inmigración, telecomunicaciones, estructuración territorial, etcétera etcétera. Pero claro, la casa es la que es y ya vivimos diecisiete familias bastante apretaditas. La opción de los catalanes de la mano de la izquierda es techar las terrazas y soláriums, y habilitar el garaje como casa para los hijos que se independizan. Vamos, convertir la casa en una mini-ciudad. Una reforma encubierta de la constitución para otros. Centrar el conflicto en la financiación y la solidaridad interterritorial es economía, y no política, y el problema no era económico, sino político: ¿una casa o una ciudad?
 
No quiero decir con ello que el problema de “la pela” sea un problema menor, digo que sólo es una parte del problema, y no es exclusivo de Catalunya. Y el problema es que España no sabe a dónde va, ni cómo, ni con quién. Y no es por falta de ideas, sino por falta de coraje. La situación se ha deteriorado hasta tal punto que, en estos momentos, lo único que haría pasar el problema catalán a un segundo plano y ralentizarlo es abrir un proceso constituyente en España para reencajar los pedazos en algo más parecido a una ciudad que a una casa. Llamémoslo estado federal de verdad de la buena, por ejemplo. Pero, como todos sabemos y sufrimos cada día, la generosidad, la voluntad de progreso social y la visión de futuro no son cualidades que podamos encontrar en la derecha sociológica de este país.
 
Ni en Catalunya. Y con esto pasamos al segundo apartado. La Catalunya autonómica, llamemos así a la que se construyó a partir de 1978, se construyó también como edificio, y no como ciudad. Básicamente, decidió construirse una identidad aislada no ya de España, sino también del resto de territorios que hablaban su misma lengua. Y no, no soy un nostálgico de la idea de Països Catalans, estoy hablando de otra cosa. Por ejemplo, la renuncia a catalanizar España: que yo recuerde, la presión catalana para que la constitución española y por tanto el estado español fuese plurilingüe fue o escasa o inexistente, independientemente de que ésa fuera una línea roja para la derecha. Y hablo de cosas concretas: que cualquier español pudiese dirigirse a cualquier administración en cualquiera de las cuatro lenguas españolas. Que un español no residente en una comunidad bilingüe no pudiese acabar sus estudios sin nociones básicas de euskera, gallego y catalán… Por no hablar de la falta de sensibilidad hacia su propia diversidad lingüística, que el Institut d’Estudis Catalans sólo recoge, en el mejor de los casos, con condescendencia. Durante años fue prácticamente imposible escuchar a un locutor de la radio o la televisión pública catalana hablar en una variedad del catalán que no fuese oriental, incrementado así las posibilidades de que, especialmente en las comunidades de habla catalana no oriental, como València, la desafección hacia la unidad de la lengua se incrementara, ya seriamente comprometida por la agit-prop de la derecha valenciana, que practicaba y practica el anticatalanismo como esencia fundamental del ser valenciano.
 
Y más allá de cuestiones lingüísticas, la política de pactos ejercida por los sucesivos gobiernos y grupos parlamentarios de Convergència i Unió en muchos casos (por ser suave: no recuerdo ninguna excepción) supusieron dar carta blanca a la derecha sociológica para que configurara a su gusto el resto de España, siempre y cuando no se tocara a Catalunya: con la UCD, con el PSOE, con el PP… Y me estoy esforzando mucho por no acabar reduciéndolo al viejo y manido tópico de la Catalunya abierta al mundo frente a la Catalunya Convergente que se mira el ombligo, pero algo de eso hay, básicamente porque lo que no podemos olvidar es que Catalunya ha estado gobernada predominantemente por un partido de derechas, más afecto a las casas que a las ciudades, y por una facción sociológica de su sociedad más preocupada por la gestión de su casa que por la política. Como resultado, las dificultades de gestión económica que Catalunya padece en la actualidad, con recortes sociales que en algunos casos han ido más allá de los que se han producido en el estado español. De hecho, y objetivamente, el empuje  soberanista de la Convergència de Artur Mas tiene tanto de huida hacia delante como de síntoma de ruina del edificio constitucional español.
 
Ah, no puedo dejar de destacar que llamo “viejo y manido tópico” porque en realidad, como ya pasaba en España, la Catalunya abierta al mundo contenía en germen lo que podríamos llamar un cosmopolitismo superficial y palurdo que ha convertido Barcelona en un monumento kitsch, por señalar sólo una de sus consecuencias. Como a cualquier lector culto del New York Times (muchos) les debió sonar superficial y palurda la pretensión de Artur Mas de hacer remontar la historia de Catalunya como nación a las transacciones comerciales entre íberos, griegos y cartagineses. Sobre todo porque meses antes la derecha valenciana anticatalanista tuvo la misma ocurrencia respecto del origen del valenciano, cosa que cualquier dirigente político catalán con una auténtica visión de país, o con una mínima sensibilidad política, debería haber evitado. Pero, ay!, Artur Mas no es Jordi Pujol. No es tan perverso y no es tan inteligente.
 
 Y todo esto estaría bien, y cada uno elegiría su bando, y haría política con ello, y llegarían a un acuerdo, o Catalunya acabaría independizándose (y asumiendo su error ya a la fuerza, como es mi opinión), y España empequeñeciéndose y pasando de la ciudad a la que algunos aspiramos no ya a la casa que ella misma cree ser, sino a mera barraca para los aperos, poco más que una Portugal (y que me perdonen los portugueses), si no fuera porque en este trasiego de mezquindades siempre hay alguien que paga el pato, y lo paga más caro que nadie: València.
 
Si finalmente se da la circunstancia de que Catalunya abandona el estado español, ¿qué capacidad de presión, de maniobra, de supervivencia nos queda a los valencianos que hablamos catalán? Sí, la política catalana ha sido poco o nada sensible a las comunidades que hablaban su propia lengua, pero su sola presencia como parte de España, y la protección que el estado español está obligado a prestar al catalán, aún con las serias limitaciones que he señalado, han permitido la supervivencia de nuestra singularidad lingüística, a la que los gobiernos autonómicos de la derecha sociológica, a pesar de determinadas operaciones de maquillaje como la AVL, no ha dejado de amenazar. Un ejemplo sencillo. Hay quien se escandaliza porque algunas decenas de niños catalanes no puedan ser escolarizados en la red pública de enseñanza con el castellano como lengua vehicular, y eso es algo que sabe toda España. Pero no que en València hay 14.000 niños y niñas que han solicitado estudiar en catalán como lengua vehicular y a los que se les ha denegado esa posibilidad. Así que València, parafraseando a Quevedo, entre Catalunya y España es coja. Simplemente porque no puede escoger sin daño, si es que puede escoger.
 
Es más, ¿una España sin Catalunya será alguna vez una ciudad, y no una casa? ¿Hay alguna posibilidad de que una España sin Catalunya respete más y mejor su diversidad social, cultural y lingüística? A mi, desde luego, es una España en la que no me gustaría vivir, una España que no me merece la pena.

Josep Izquierdo | 14 de septiembre de 2013

Comentarios

  1. Arkadia
    2013-09-15 03:04

    ¿Valencia, coja? Va a ser que no.

    Valencia es lo que es y así quiere vivir, así quiere ser. Estoy cansada de que vean a Valencia y a los valencianos como los pobres desdichados, como “catalanes sometidos a España”. ¡Y una leche! Valencia tiene su propia cultura popular, sus particularidades, sus virtudes y sus defectos, como todo pueblo del mundo, y Valencia se alegra de ser parte de España y de intercambiar conocimiento y cultura con el resto de pueblos del Estado. Me asquea aquellos que hablan como si toda España fuese igual en todos los territorios y sólo los catalanes y los vascos fuesen particulares. Castilla tiene sus cosas, Galicia tiene otras particularidades, Canarias también posee peculiaridades, y Aragón y… Decidme, ¿qué territorio español es igual a otro? ¡España es extremadamente rica en cultura! Este país abarca en un proyecto común multitud de poblaciones distintas que se respetan entre ellas. O así era y así debería seguir siendo.

    Valencia no es catalana porque es española, de sentimiento y voluntad. Y me toca mucho las narices que nadie venga a decirnos qué es lo que debemos ser, que como no escojemos su bando es porque un factor ajeno a nosotros nos lo impide. No, de eso nada.

    Y Valencia no es anticatalana, Valencia quiere a Cataluña y la historia nos ha dado mucho en común, pero Valencia tiene que defenderse de aquellos que no dejan que sea ella quien decida por sí misma. Las ideas anticatalanas que han nacido en esta tierra las han plantado ellos solos con su victimismo, con sus ataques y con su odio a la nación española.

    Valencia no es coja, Valencia tiene sus propias piernas y se agarra a la mano de España.

  2. Josep Izquierdo
    2013-09-15 18:15

    Se ha hablado mucho de las dos Españas, y poco de las dos Valencias. Aquí las tienen: entre el paraíso terrenal (con sus defectillos), y la corrupción institucionalizada, la bancarrota, la falta de un proyecto común económico y social, y el disneylandismo indentitario de uno y otro signo que tantas veces he tratado de razonar en esta columna. Está bien: puede que alguno de mis lectores creyera que eso no era posible, que exageraba. Pues ya ven que no.

  3. Vicente Greus
    2013-09-18 21:14

    Valencia apesta. Esa es la Valencia real, la que apesta a mierda, a basura, a excesos, a eventos millonarios, a colchón sudado, a yates y canapés en la borda, a sueños rotos, a perfume barato de puta, a corrupto sonriente, a locales cerrados y polvorientos, a fajos de dinero sucio, a mierda. La Valencia que nos han dejado. La Valencia que no quiso ser pero que es. La Valencia que veo cada día, la real. La Valencia que apesta.



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