Libro de notas

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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

¿Somos tontos?

En estos días revisitaba mis artículos sobre el patronazgo (o clientelismo, o caciquismo, o como lo queramos llamar) a propósito de la publicación en El País de un artículo sobre el tema. No pocas veces releerme sólo sirve para constatar que no di ni una, pero es, en cualquier caso, necesario si uno escribe no ya con la intención de ser científico, o verdadero, sino simplemente con la de ser honesto. El sistema de patronazgo y sus consecuencias que argumenté, entre otros lugares, aquí (2009), aquí (2009) y aquí (2011), ha tenido tiempo de decantarse, y por tanto creo llegado el momento de revisar mis argumentos y mis conclusiones. Y hacer otras, si fuese necesario. Lo requiere que, como demuestra el artículo de El País, el núcleo central de mi argumentación, que limitaba a la política y la sociedad del País Valenciano, siga siendo válida para entender de dónde venimos, quienes somos y a dónde vamos todos nosotros en esta pascua de 2013.

¿Qué ha cambiado desde 2009? Parece una pregunta baladí por evidente, pero no está de más que repasemos un poco, en orden cronológico: La crisis se nos vino encima definitivamente a lo largo de 2010, y descubrimos que de buenas intenciones está empedrado el infierno (Zapatero); hubo el lío del Estatut, que liquidó al tripartito en Catalunya; el PPCV ganó unas nuevas elecciones por una mayoría aún más absoluta que en las anteriores, el principal partido de la oposición fracasó aún más estrepitosamente y hubo síntomas de que había vida más allá del PSOE; el 15M tomó calles y plazas, y después “fuese, y no hubo nada”; CiU fracasó estrepitosamente pero ganó unas nuevas elecciones, y tapó sus recortadas vergüenzas con independencia; el PP ganó las generales con una mayoría absoluta nunca vista, el partido gobernante hasta ese momento fracasó estrepitosamente, y hubo síntomas de que había vida más allá del PSOE; Hubo más, muchos más recortes, y hubo rescate a la banca, y seis millones de parados, y subiendo; hubo Bárcenas, mucho más Bárcenas, y Urdangarín; hubo desahucios, hubo suicidios, y hubo la PAH, y hubo escraches, y todos nos volvimos locos.

El segundo de los artículos, que planteaba una crítica a la consabida tendencia de la izquierda a no incluir como rasgo humano la querencia del hombre hacia el vicio (en su sentido más teológico: el pecado, el mal…), argumentaba por qué los políticos valencianos no eran marcianos, sino que tanto ellos como sus vasallos eran muy humanos, aunque fuese insufriblemente humanos. Lo tomo como punto de partida, asumo que lo que dije era igualmente cierto para el resto del estado español, como creo que han demostrado los hechos relatados en el párrafo anterior (es lo que tiene la libre circulación de capital simbólico conservador) y donde decía hija (valenciano) entiéndase nuera (español). Y reviso (en cursiva las modificaciones, en redonda el texto conservado) las diez preguntas que me hacía, y que probablemente ustedes también se hacían y se hacen, amables lectores.

1. ¿Los valencianos son tontos? No. Bueno, no más que cualquier otro individuo de cualquier parte del mundo. Sólo son humanos: miedosos, egoístas, vanidosos y envidiosos sí. Pero si eso supusiera ser tonto el género humano todavía no habría bajado de los árboles.

Hoy existe una nueva variante de esta pregunta, como nos recuerda mi profesor Ángel López hoy en El País: ¿somos unos vagos y unos corruptos? En 2009 parecíamos tontos por soportar la corrupción a cambio de mantener nuestro status, y hoy parecemos corruptos por haberla permitido sin haber conseguido el objetivo. Los españoles piensan de nosotros lo que los alemanes de los españoles. Siempre hay alguien más abajo que no te devolverá la hostia. El caso es que, después de Bárcenas y Cía, es difícil negarse a poner la otra mejilla. Pero seguimos siendo tan humanos como antes, si acaso ha cambiado la cantidad: más miedo, más egoísmo… pero eso es una consecuencia de que la mayoría de nosotros ha sido desplazada hacia los márgenes de un sistema que está en proceso de liquidación. La conciencia mayoritaria de ese cambio sí es un hecho nuevo.

2. Si no son tontos, ¿por qué mantienen en el poder a un(os) partido(s) y unos dirigentes corruptos? No creo tener gran mérito por haber pronosticado lo que volvió a suceder: el PPCV ganó las elecciones, con Camps como cabeza de lista, en 2010. Y sin desgaste aparente. Es más, la sociedad española en su conjunto siguió nuestros pasos en 2011. Todo lo que ha venido después estaba preanunciado en el comportamiento del Partido Popular en el País Valenciano, y pocos podían llamarse a engaño. Dando por sentado el papel que el colapso del PSOE en Valencia y en España tuvo en el resultado de las elecciones, creo que la segunda y la tercera de mis razones de 2009 jugaron algún papel: en segundo lugar, decía, porque ser corrupto no significa necesariamente ser un mal gestor, si entendemos por un buen gestor aquel que me soluciona los problemas. En tercer lugar, porque la sociedad valenciana es una sociedad que ya ha interiorizado la corrupción como un comportamiento legítimo no sólo en el ámbito estrictamente político, sino en las relaciones de la sociedad con la administración: saben que los procedimientos del estado de derecho y de las administraciones públicas funcionan tan lentamente (sanidad, justicia, servicios sociales…) que es más rápido y por tanto más eficaz contar con un patrono en el partido gobernante o en la administración pública que “facilite” los trámites. Hemos llegado al punto en que el tonto es quien no tiene un patrón. Y esto no es un producto exclusivo de las administraciones y las políticas del PP, sino que en cualquier caso representan la exacerbación de una realidad cotidiana para los ciudadanos valencianos desde el franquismo, y por supuesto durante los (pocos) años de gobierno socialista autonómico, o los muchos de los socialistas en el gobierno del estado y otras autonomías (léase caso de los EREs en Andalucía). La sociedad funciona así, lo que para más de uno significa, a su vez, que así, funciona.

3. Pero, si dejan de votarles, su poder disminuirá y los nuevos gobernantes podrán revertir la situación. Lo primero puede que sea inmediato, pero lo segundo no. Lo cual implica que, o bien volvemos a una situación en que las administraciones y los servicios públicos no funcionan bien para todos durante bastante tiempo (todo el mundo debe respetar las listas de espera en sanidad, por ejemplo), o la mitad de la población busca nuevos patronos en el nuevo partido gobernante, que cae en la tentación de repetir el mecanismo mediante el cual el partido anterior se ha mantenido en el poder. Dicho de otro modo, la solución para un número significativo de votantes es peor que la enfermedad, puesto que o bien empeora su situación o bien se mantiene igual pero a cambio de un gran esfuerzo para encontrar un nuevo patrono y ganarse su confianza, o convencerlo de que debe ayudarle. Esto explica que el sistema funcione incluso cuando las arcas autonómicas están vacías: el coste del cambio, sea de sistema o sea de patronos, supone un coste personal siempre superior al simple mantenimiento del statu quo, aunque ese statu quo suponga sólo un pequeño plus sobre el de la media.

El sistema de patronazgo valenciano dejó de funcionar en cuanto se iniciaron las políticas de austeridad a nivel estatal. En cierta medida, el voto al PP en 2011 fue un voto de resistencia al abandono del modelo de patronazgo: estos dejarán caer, piensa su votante, primero a los inmigrantes, a los que no quieren trabajar, y a los que ya son pobres, es decir, a los que ya no gozaban de su favor. Los recortes en salarios, prestaciones por desempleo, sanidad y pensiones, así como las facilidades para el despido que implementaba la reforma laboral abocaron a la población votante del PP a la más triste de las realidades: el patrón ya no tenía poder, porque ya no tenía dinero. Es más, se pasó de un modelo de patronazgo que les permitía seguir a este lado de la riqueza, a un modelo “extractivo” que hacía recaer sobre nuestros bolsillos y sobre nuestras prestaciones los errores de las elites económicas y políticas. El ciudadano no fue consciente de que todo patrón es un ladrón hasta que no lo notó en su nómina. La clara diferencia tanto en cantidad como en agresividad de la indignación ciudadana actual respecto al movimiento del 15M deriva de esa ruptura del contrato de patronazgo: a los nuevos indignados (el nuevo parado, el empresario arruinado, el pensionista que ayuda a sus hijos y nietos) se les prometió que nunca caminarían solos, por ponernos futboleros, y ahora saben que se les mintió. El patrón que les acogía con cariño y con alegría, y que repartía dones cual padrino de bautizo, ahora calla, se esconde, huye.

No sé si hay alguna estadística fiable al respecto, pero creo que no me equivoco si afirmo que la comprensión ciudadana hacia los escraches, anatematizados en nuestras conciencias ciudadanas por guerracivilistas, proviene del contraste que supone para el ciudadano la actitud del político conseguidor, siempre cercano y dadivoso, y la de ese mismo político, ahora huidizo cuando más próximo debería estar.

4. Y no sólo no dejan de votarles, ¡sino que aumentan su porcentaje de voto y su distancia con el segundo partido! Lógico. En realidad la única vía para integrarse en un sistema de patronazgo que le permita un acceso decente al estado del bienestar, o que le sitúe claramente entre el sector de población que goza de mayores beneficios que la media es la asimilación al sistema, y el voto como moneda de cambio. En unos casos por necesidad (necesitan más servicios que la media, cosa que explica el éxito del sistema entre las clases bajas), en otros por envidia (el deseo de las posesiones del otro en tanto que son poseídas por otro y no por uno mismo: votar al patrono es un rasgo de pertenencia a la clase que tiene más que la media).

El fenómeno se confirmó en las elecciones de 2010 y 2011. Se pasó del opulento “yo te doy para que me votes” al atemorizado “yo te voto para que me des”, que era la antesala del actual “pues ahora te va a votar tu puta madre”. Esto sí lo confirman las encuestas. ¿Qué pasa con el segundo partido? Que ya te voté y no me diste.

5. ¿Y esto no significa que en Valencia se vive inmerso en un mundo desigual que debe mantener esa desigualdad para poder sobrevivir? ¿no significa que en Valencia hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda? Donde dice Valencia léase España. Sin duda. La desigualdad es inherente al sistema, y para que el sistema pueda existir debe haber ciudadanos de primera (patronos y patrocinados), de segunda (quienes no pueden o no quieren tener patronos), de tercera (quienes ni siquiera han descubierto cómo funciona el sistema), y de cuarta (quienes no tienen ninguna posibilidad de acceder al sistema: inmigrantes pobres, inmigrantes ilegales, etc.). El sistema funcionará mientras los ciudadanos de primera sean más que el resto, o parezca que sean más: en realidad sólo hay que mantener una cierta masa crítica que oscila en torno a un tercio de la población, porque hay un tercio que no vota, y por tanto están excluidos del sistema.

No creo haberme equivocado mucho, y la demostración está en que las encuestas reflejan que la mitad de la población, como mínimo, no votará. Y de la mitad restante, sólo la mitad votará a los dos partidos mayoritarios (y bajando). Esto quiere decir que el sistema ya no funciona, porque estamos por debajo de la masa crítica de un tercio de la población, y porque ese tercio que no votaba ya no es neutro, sino que se posiciona cada vez más contra el sistema.

6. ¿Pero no votaban al PP por la política de grandes eventos y por el crecimiento provocado por una economía basada en la especulación inmobiliaria? En realidad lo que sucede es que confundimos los instrumentos para una política de patronazgo con los motivos para el voto. La política de grandes eventos (y de construcciones emblemáticas) tienen como función reforzar el prestigio que todo patrono debe tener: sirven para reforzar su imagen de “conseguidor” que les hace patronos fiables. Promover la especulación inmobiliaria crea una ciudadanía endeudada, y por tanto dependiente económicamente: de sus hipotecas y de los patronos que les pueden conseguir lo que ya no pueden pagar.

Ahora ni el patrón puede conseguirles lo que sus menguados, o inexistentes sueldos no alcanzan. Y el ciudadano, en función de la ficción social en la que se basa el patronazgo, se siente estafado, uno de los conceptos de moda. La consecuencia es lo que llamamos la desafección ciudadana hacia la política.

7. Al parecer el sistema de patronazgo se retroalimenta, y parece inmune a las crisis económica o a los escándalos políticos. ¿Quiere esto decir que puede durar siempre? No es eterno, y en la medida en que es un sistema humano, está más bien sujeto a una evolución constante, solo que sus ciclos son un poco más extensos que nuestras ansias. También como sistema humano cuenta con paralelismos que pueden iluminar esa posible evolución. Un proceso histórico semejante se produjo durante la alta edad media, en los primeros tiempos del feudalismo cuando los propietarios de tierras aceptaban cierto grado de dependencia a cambio de protección. Ese sistema se estabilizó posteriormente mediante la fosilización de una estructura social desigual e impermeable a los procesos de ascenso o descenso social. Y en el que la aceptación de la protección acaba en aceptación de la coerción, y por tanto deviene un sistema plenamente autoritario, necesario para mantener en situación de dependencia a más de la mitad de la población.

En este punto, lo confieso, escribo mientras tiemblo, física e intelectualmente, porque los síntomas son francamente inquietantes. La represión preventiva de los escraches es sólo la última de las actuaciones de un partido que vive en un síndrome de estrés postraumático permanente con la calle. Y las noticias que llegan sobre posibles fórmulas políticas para superar el sistema partitocrático de patronazgo, por ejemplo, de Italia, parecen conducir a un callejón sin salida (Grillo proclamando que él, o el caos) o a la aceptación de la protección como coerción (una nueva victoria de Berlusconi).

8. ¿Valencia acabará convirtiéndose en un estado autonómico autoritario? Bueno, ahora debemos preguntarnos directamente si España acabará convirtiéndose en un estado autoritario. Mi natural optimista y confiado no lo creía, hace cuatro años. Tan optimista y confiado que creía en la capacidad de la constitución española y de la Unión Europea para evitarlo. Qué ingenuo. En cuatro años ambas han pasado a convertirse en parte del problema, y no en su solución. Como mi amiga Carmen Castro decía hace unos días, no necesitamos más Europa, sino más democracia. Me atrevo a apuntar que ese “más democracia” debe traducirse en el desmantelamiento del sistema partitocrático y todo lo que ello implica: listas abiertas, presupuestos participativos, consultas populares para leyes y acciones de gobierno, instituciones independientes de control, et caetera multa.

9. Pero, aunque existan mecanismos jurídicos que lo eviten, eso no impedirá que los votantes continúen apoyando a quienes ellos creen que más les puede beneficiar. Desde luego. Y por tanto cualquier partido que pretenda acabar con la hegemonía del PP debe tener muy en cuenta qué entiende la gente por beneficio. Y desde luego no entiende como beneficios sutilezas del alma como la reinstauración de una auténtica democracia, o la erradicación de la corrupción.

Parece que esta parte de mi artículo haya envejecido mucho más que el resto, ahora que ambas cosas son un clamor popular. Yo no lo creo. Sigo pensando que nos equivocaremos mucho si reclamamos una cosa y la otra porque sus contrarios sean moralmente repugnantes. No. Debemos reclamarlo porque construirán una sociedad que funcionará mejor y atenderá mejor las necesidades de sus ciudadanos.

10. ¿Hay algo que pueda hacerse para echar al PP del poder? Digamos ahora, después de cuatro años, ¿hay algo que pueda hacerse para cambiar el sistema político del estado español? Desde luego: convencer al elector de que saldrá beneficiado con el cambio, de que con más democracia desaparecerá su miedo, se saciará su egoísmo y su vanidad, y que serán los demás quienes le envidiarán. Y que todo eso sólo le costará el esfuerzo de depositar su voto en la urna unas cuantas veces más de lo que lo hacía hasta ahora.

Josep Izquierdo | 30 de marzo de 2013


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