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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

¿Por qué no le queremos?

Para que no haya dudas: esto que les ofrezco hoy es un autoplagio. Llevo toda la semana dándole vueltas a lo que les quería decir, y hoy mismo me he dado cuenta de que la sensación de dejà vu no solo afectaba a los acontecimientos, actitudes, y declaraciones de la semana, sino a mis propias reflexiones: esto ya ha pasado y esto ya lo he pensado. Hoy también me he dado cuenta de que ya lo había escrito. Fue a mediados de agosto de 2010, y dada la fecha vacacional, les ofrezco una nueva versión cum glosa, o actualizada (las ampliaciones en cursiva). No he actualizado los links del penúltimo párrafo porque una de mis tesis principales es, precisamente, que lo que nos ocurre tiene una historia tanto remota como reciente.


 


El poder se ejerce siempre con violencia y tiene por objetivo el sometimiento individual y social. Las formas de la violencia varían desde la más pura violencia física a constricciones económicas, sociales o emocionales, pero en realidad las primeras buscan conseguir las segundas, y en los tiempos que corren las segundas se revelan y se viven claramente como un modo de las primeras. La indignación que recorre el país ante las medidas de austeridad, ante los recortes, del gobierno son del segundo tipo, pero su justificación es tan peregrina que son vividas como formas de violencia física, y en casos extremos lo son. La comparecencia de Ada Colau en el Congreso y la reacción de los diputados que asistían (por llamar criminal al representante de la Banca y por amenazar con señalar públicamente a los diputados que no votaran a favor de la Iniciativa Legislativa Popular que promueve su asociación) es extremadamente significativa a este respecto: el poder se ejerce físicamente a través de los desahucios (porque, recordemos, hay otra forma de paliar el crash inmobiliario), pero no les es tolerable que los violentados amenacen, a su vez, con la violencia porque el monopolio del castigo y la coacción es la principal premisa del ejercicio del poder. El problema de las palabras de Ada Colau no era la supuesta amenaza, sino el desafío al poder.  [El poder] No es una cesión de soberanía de los gobernados a favor de los gobernantes, sino una relación de fuerzas que envuelve al individuo y lo atraviesa (lo configura), y por tanto el individuo se define en relación con esa red de relaciones de poder: si volvemos al ejemplo anterior, los reclamos de sus señorías de que su poder es legítimo porque surge de las urnas manifiesta la ficción en que viven. Una ficción de la que ya han despertado los gobernados: no puede actuar en su nombre quien ejerce un dominio personal sobre quienes dependen de él, no solo por ejercerlo contra su voluntad (pues, recuérdese, las promesas electorales se las llevó el viento), sino por ejercerlo de forma patrimonial, esto es, privada. Cuando Mariano Rajoy dice que no puede destituir a Ana Mato porque no seria justo, ejerce un poder personal de origen divino que le autoriza a decidir qué es justo y qué no. No es ante la justicia ante quien debería rendir cuentas, sino ante los gobernados. El escándalo de la financiación ilegal y los sobresueldos en el PP es otra muestra de lo mismo: riqueza dada por Dios para ser usada, exhibida, retenida. A vuelateclado, ésta podría ser una definición de poder típicamente foucaultiana. Con sus consecuencias: el emborronamiento del sujeto y, con ello, las teorías “soberanistas” sobre el individuo, de raíz ilustrada, que fundan las democracias occidentales. El ejercicio del poder como violencia convierte a los individuos en masa, en comunidad, y de ahí la sobrerreacción ilustrada de la primacía del individuo soberano, el ciudadano, que cede su poder. Todo esto da como resultado el desprestigio de la democracia liberal como forma de gobierno (y la búsqueda de formas auténticas de democracia) y la degradación del conocimiento y la verdad a formas contractuales, carentes de esencia o de correlativo objetivo (que llevan al auge de formas herméticas o gnósticas de conocimiento y de bienestar, tipo homeopatía o medicinas orientales). La deslealtad de Rajoy cuando afirma que “todo es falso, salvo alguna cosa”, y cuando espera que creamos en su palabra, radica en que actúa como soberano, no como representante elegido. Espera ser juzgado por Dios en su forma terrena, la justicia, y no por sus iguales, que somos nosotros, que no podemos escrutar el corazón de los hombres, solo sus actos, sus inacciones, sus palabras y sus silencios. El viejo adagio latino, veritas odit moras (la verdad odia la tardanza) o el no menos famoso de que la mujer de César no sólo deber ser honrada señalan el marco de acción político al que Rajoy se resiste: solo podemos concluir que, si Rajoy tarda en demostrar su honradez es porque no puede.


Hay momentos en la historia que pueden revelarnos con mayor crudeza que otros cómo funciona el poder en sus formas más desnudas, menos “culturales”. Sin duda la expansión económica, social y cultural que siguió al gran colapso de la sociedad occidental entre el siglo VI y el X es uno de esos momentos, en que los hombres apenas contaban con algo más que sí mismos para sobrevivir y prosperar. Pero también es un momento histórico en donde cualquiera con capacidad para ejercer la violencia social tenía la posibilidad de prosperar y ascender socialmente, incluso hasta lo más alto. El poder es entonces una forma de relación personal, o de coacción personal: es violencia y sometimiento, tanto como afecto y lealtad. Y es un trueque: yo te doy mi riqueza, mi fuerza, mi afecto, y tu me das tu fuerza, tu afecto, tu protección. Si algo caracteriza a la Edad Media es que toda emoción es un acto social. Esa forma de trueque desigual es el fundamento de la violencia y el sometimiento que desdibuja al individuo al tiempo que lo envuelve y lo configura. El afecto y el desafecto (permítaseme la expresión en este sentido, como antónimos, pero también con las connotaciones políticas de desafecto) son el producto de una economía simbólica de intercambio que avanzará hacia el patronazgo, y posteriormente a formas políticas de lo que el mismo Foucault llamará la gubernamentalidad.


Si les parece demasiado lejano, avancemos hacia tiempos más recientes. En el siglo XVIII, en una sociedad clausurada socialmente, las desigualdades, la arbitrariedad, la injusticia y la miseria empujan a la política absolutista a “vigilar y castigar”, obsesionada por la fuerza y las posibilidades de revuelta que las emociones y el cuerpo en que habitan pueden desarrollar. A. Farge, a propósito de los pobres (del pueblo) en el siglo XVIII, cita a Merleau-Ponty: “Los acontecimientos del cuerpo se convierten en los acontecimientos del día”, y sigue:


Sobre todo porque los individuos son pobres. Frente a la precariedad o la adversidad, el cuerpo sufre de lleno el cansancio, los accidentes de trabajo, los golpes, etc. Se encuentra en la primera línea, mientras que el de las otras clases sociales puede colocar entre él y la adversidad determinados bienes materiales (palacios, casas, tiendas, etc.) y personas a las que se les paga para servirlo y mantenerlo.



En el entorno urbano que analiza Farge las emociones se ven y se dicen, se apoderan del cuerpo y alimentan el espíritu, indisociables de la identidad individual y colectiva de la época. Las emociones son actos políticos que desencadenarán la modernidad con ese estallido emocional que fue la Revolución Francesa. En buena medida somos hijos no de la Revolución, sino de los intentos de encauzarla, de domeñarla por vías diferentes (como los medios de comunicación de masas) al mero ejercicio de la violencia física que, con todo, no desaparece.


Olvidar que todo esto continúa rigiendo nuestras vidas como individuos sociales parece absurdo al tiempo que es la opinión dominante. Su negación supuso en buena medida el fracaso del comunismo como experiencia social, pero también empuja hacia sus límites a la democracia liberal, por ejemplo cuando se la implanta ex novo en sociedades conquistadas, bajo cualquier forma de conquista, o cuando el principal presupuesto de esa democracia, la apertura social que permita al hijo del pobre ser padre de ricos, o de poderosos, no aparecen por ningún lado. Y no lo hace porque la apertura o el cierre social no depende de la forma de gobierno: de ahí la paradoja de que la movilidad social en la España franquista fuese mayor que durante la democracia. Así hoy, nuestra sociedad es “una sociedad frágil, excesivamente preocupada por la amenaza del dolor, siempre "en riesgo", desvalida, infantilizada por la necesidad de protección.”, como dice Germán Cano.


Los políticos del Partido Popular (pero no sólo)  ejercen el dominium señorial extendiendo una vasta red clientelar mediante la protección (económica o asistencial), que deriva en afecto (una emoción, no lo olvidemos, que tiene una inmediata traducción en términos sociales y políticos a través de encuestas de opinión o de comicios electorales). La democracia liberal en su forma típicamente española, es decir, en los gobiernos autonómicos y locales, oculta su papel como mera fachada de ese dominium mediante mecanismos institucionales de ocultación y actos de exaltación del poder en si (la celebración del poder que está implícita en las políticas de grandes eventos y en la exaltación del político como Dominus) , que en realidad no pretenden esconder la corrupción, sino el cierre social. Y los medios de comunicación reciclan el excedente de afectos hacia emociones de consumo inmediato que, una vez agotadas, dejan el camino abierto para nuevas emociones, aunque siempre las mismas: deseo, envidia, cólera, orgullo, alegría, tristeza, todas ellas combinadas en sus justas dosis ya se trate de fútbol o de sexo. El horizonte en el que se consumen esas emociones, es, naturalmente, el de la felicidad, ese intangible metafísico que ha venido a sustituir al cielo.


 


Ésta era la conclusión en 2010. Hoy, como preveíamos implícitamente, todo se ha torcido, el horizonte de la felicidad se ha desplazado a una distancia infinita, y los afectos políticos se han tornado en desafección, puede que definitivamente. Una política que ahora es incapaz de proteger y por tanto de reclamar afecto es una política sin compasión hacia el político. Y Rajoy no se ha enterado.

Josep Izquierdo | 09 de febrero de 2013

Comentarios

  1. francisco
    2013-02-10 03:17

    Ya hacía tiempo que no te leía, pero esto me interesaba en principio. Y te puedo decir que solo he leído un poco antes de volver a cabrarme con la subyacente tesis.
    Si la cosa se hubiese quedado tal cual lo escribiste, sin añadidos a posteriori, casi que me lo hubiese creído, me hubiesen faltado dedos señaladores, que eran obvios, no en vano salvo un pequeño interludio el Poder ha sido siempre del mismo, y sus acciones eran muy conocidas, acciones en la linea que remarcas, señalando a los presuntos autores (esta vez sí, muy curioso). Por cierto, te has olvidado, muy convenientemente de la presunción de inocencia, y que no existe hasta el día de hoy ninguna prueba de eso que acusas, así que tampoco hay necesidad de ninguna acción punitiva.
    Para evitar estas cosas es para lo que existe la presunción de inocencia, es el acusador el que tiene que demostrar y no el acusado, y hasta ahora el acusador no ha hecho mas que sacar viejas cuestiones ya sentenciadas y cerradas y algunas nuevas, sin ninguna certificación de que sean verdad, pero eso a ti te da igual, hay que acusar al PP porque no lo trago, muy “democratico ello” (modo ironia) y saco un texto antiguo y le añado lo necesario para acusar al PP de todos los males, a ver si así se olvidan los lectores que la situación actual es derivada de una nefasta gestión anterior, con continuos actos demostrados de clientelismo y amiguismo, además de nepotismo, de esto último tampoco se salva el PP, de lo otro se salva porque no hay dinero para subvencionar a nadie.
    Repito, como recordatorio no está mal y la idea es buena y da para bastante mas en la dirección correcta, lastima que te hayas torcido, dejandote llevar de tus filias y tus fobias.

  2. Josep Izquierdo
    2013-02-10 05:00

    Querido Francisco:

    Hombre, que te sorprendas a estas alturas de mi orientación ideológica es, cuanto menos, curioso, porque no la he ocultado jamás: desde el título, que, como sabrás, es un homenaje a Walter Benjamin. Crees que mi análisis es plausible pero me equivoco al señalar a quienes actúan de ese modo. Me alegro: coincidimos en las causas. Crees que las conductas que señalo son más representativas de otro partido. Bien, es tu opinión. Yo discrepo, pero no porque ese otro partido no haya actuado de manera reprobable, que lo ha hecho, ni porque sea mi partido, que no lo es, sino porque lo que conozco de él responde más a la estupidez y el papanatismo que a la ideología. Vamos, que si actúa así actúa contra sus principios. Yo creo que el PP representa mejor esa concepción del poder que explico porque esos son sus principios, y por tanto utilizo sus andanzas con valor ejemplar. Discrepo contigo, también, en que el poder haya sido siempre del mismo: no, por supuesto, al frente del estado, aunque me resulte curioso que no cuentes a la UCD, pero sí en el poder autonómico y municipal, que en España es mucho poder, sobre todo inmobiliario. Te recuerdo que en Valencia capital ya van para 22 años, y acabarán siendo 24, o más, y en la Generalitat Valenciana seran 20 al término de la legislatura… “la situación actual es derivada de una nefasta gestión anterior”: de nuevo coincidimos y discrepamos. La gestión económica de Zapatero fue nefasta, sin duda, pero mucho me temo que aunque la califiquemos con el mismo adjetivo no lo hacemos por las mismas razones, ya que lo que yo le reprocho a Zapatero es no haber cortado por lo sano con la burbuja inmobiliaria y plegarse al poder financiero internacional. Como ves, lo mismo que le reprocho al PP.

    En cuanto a la presunción de inocencia, qué duda cabe de que es un derecho del ciudadano Rajoy, de la ciudadana Mato, del ciudadano Bárcenas y de todo ciudadano español. Pero si la justicia debe decidir qué es delito y que no (y lo hizo en el caso Camps), somos los ciudadanos los que debemos decidir si los hechos, las actitudes y las palabras (aquello que los antiguos llamaban la Fama, y los modernos reputación) está a la altura de nuestras expectativas de honradez y ejemplaridad. Legalmente, Rajoy no tiene que demostrar su inocencia ante un tribunal. Políticamente, su fama o reputación quedarán significativamente menoscabadas, sobre todo porque en este país no hay quien entienda por qué les cuesta tanto hacer un acto de transparencia tan sencillo como enseñar sus libros de contabilidad con sus entradas y salidas, en donde figuren las salidas de la nómina de Rajoy, que a su vez coincidiran (¿verdad?) con sus ingresos detallados. Yo puedo hacerlo ahora mismo si me lo piden. ¿Por qué él no?



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