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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Quién manda

No me interesa gran cosa el último libro de Mario Vargas Llosa sobre el declive de occidente. Gibbon siempre me parecerá insuperable, et le reste est littérature… Incluso si el objetivo fuese "modernizarlo" desde el punto de vista cultural, tiene sabios precedentes que ya hicieron el trabajo, y lo hicieron bien: McLuhan, Debord, o Marc Fumaroli, por ejemplo. Este último es, ideológicamente, el más afín al premio Nobel peruano, y apoyado en su innegable erudición sobre los cambios culturales en la edad moderna, supo trazar una crítica honesta con la que se puede estar de acuerdo o no (yo no lo estoy, por cierto).  La polémica entre Jorge Volpi y Cesar Antonio Molina recurre a tópicos que han marcado la historia cultural de occidente, sin duda, pero lejos de ser capaces de actualizarlos críticamente, los repiten sin darse cuenta que no soportan un mínimo análisis de resistencia de materiales. Mero pan de oro, que aumentará la espectacularidad de la argumentación, pero difícilmente incrementará el valor de la crítica.


Empecemos por decir que, a mi parecer, Volpi solo comete un desliz, o utiliza un tópico cultural de forma acrítica, al señalar la pervivencia de la alta cultura el los países con regímenes comunistas. Y no por las razones que le reprocha Molina, a saber, que en realidad la "esencia" de la cultura comunista fuese la colectivización de la auctoritas, querencia que habrían heredado las modernas teorías de redes. El desliz radica más bien en que la alta cultura para el comunismo formaba parte de una coartada moral, e incluso un hábito de ascesis en el camino a la perfecció social, pero era estéril: no creaba, solo consumía. La descripción que hace Molina de la esencia de la cultura comunista, inspirada en Isaiah Berlin, no fue más que un pasajero destello de luz en un tiempo de tinieblas.


Pero aparte de este matiz, creo que Volpi es certero en el análisis. Y, desde luego, no veo por ningún lado que argumente ad hominem, como pretende Molina, que, sinceramente, parece desear que Volpi lo hubiese hecho para así poder él, a su vez, emplear el mismo recurso, como hace. O puede que haya una explicación más misericorde. En la medida en que Vargas Llosa y Molina defienden la auctoritas de una élite cultural a la que él mismo pertenece, está atrapado en los meandros del concepto: auctoritas es la capacidad para emitir una opinión moralmente cualificada, que depende en exclusiva del reconocimiento social del Auctor, que es quien la emite. Continuar defendiendo una cultura fundamentada en la auctoritas individual intenta negar la evidencia que ese consenso social del que emana se ha roto (irreparablemente, añado), y que con ello todo argumento que emane de un auctor ya no difunde auctoritas, sino que es ya un argumento ex homine, sin posibilidad de tener más valor que la opinión del porquero de Agamenón.


Molina principia con un largo excurso sobre el Fedro, Platón, y Sócrates del que cuesta entender su intención: si es simplemente para demostrar que los auctores (esto es, los verdaderos intelectuales) no utilizan argumentos ad hominem, no era necesario. Se equivoca. Si se trata de traer a colación uno de los tópicos culturales sobre el cambio de paradigma cultural, entre la oralidad y la escritura, no extrae las conclusiones que debiera, en buena medida llevado por otro tópico: el valor culturalmente superior de la lectura directa de las fuentes ("una obra que la mayor parte de las veces se cita sin haberla leído en su origen"), que tantas veces esconde la renuncia a uno de los más firmes valores de la cultura occidental: la interpretación de los textos, antiguamente en forma de exégesis, modernamente en forma de estudios. Las dudas de Platón bajo la máscara de Sócrates esconden el temor a que las virtudes de la oralidad como fundamento de la interacción social en la que reside la verdadera sabiduría queden arruinadas por el nuevo invento que es silencioso, no puede responder preguntas ni defenderse. Si vamos al fondo de la cuestión, y no al juego de las apariencias, y, si como dice el mismo Sócrates, la elocuencia debe ir ligada a la verdad, lo cierto es que nuestro tiempo está volviendo a un contexto cultural más cercano a las virtudes de la oralidad que exponía Sócrates.


Lo cual nos lleva al segundo tópico en torno a los cambios de paradigma cultural: el retorno a la Edad Media. la "Edad Media baja" de Molina es, para los despistados, lo que la historiografía conoce como alta Edad Media, esto es, el período posterior a la caída del imperio romano y hasta el siglo XII, aproximadamente. Dice Molina: "pienso que estamos en los inicios de una nueva Edad Media baja y que, para sobrevivir a este tiempo incierto, desconocido y proceloso, hay que hacer lo mismo que entonces hizo la cultura: refugiarse en el estudio y el trabajo. Además ahora podemos aplicar al viejo saber las nuevas tecnologías. Entonces cambiaron al usado papiro por el novedoso pergamino para copiar el saber que se perdía."


Vayamos por partes: incierto, desconocido y proceloso es una forma amable de enunciar uno de los tópicos más manidos sobre la alta edad media: una época de oscuridad intelectual y barbarie. ¿Diríamos hoy en día que la infancia es un tiempo de oscuridad intelectual y barbarie? Ciertamente no, y no sólo porque no nos parezca políticamente correcto, sino sobre todo porque no es cierto. En palabras de Chris Wickham, "La alta Edad Media es una época visceral: es el periodo en que las sociedades y las formas de gobierno configuraron por primera vez las entidades que constituyen los antepasados genealógicos de los estados-nación de hoy." Que la intelectualidad medieval se refugiara en el estudio y el trabajo ya no es un tópico, sino una banalidad, que presupone que la cultura audiovisual mainstream no posee esos valores. El problema no es la exigencia de estudio y trabajo, sino el valor que les damos en función del producto resultante. Y sobre el paso del papiro al pergamino, Molina está mal informado. Fue el derrumbe del imperio, incapaz de suministrar elementos de cohesión a sus partes (alimento, comunicación, ejercicio de la fuerza) el que provocó la escasez de papiro, cuya fuente única de suministro era un Egipto que quedó fuera de las rutas comerciales occidentales. El pergamino fue un carísimo mal menor que propició, no evitó, la pérdida de buena parte del saber de la antigüedad. Un saber que fue conservado en parte por los árabes porque contaban, a partir del siglo VIII, con un soporte mucho más barato y versátil para la transmisión de conocimiento: el papel. Como ya se observa, la digitalización del saber es una garantía para su conservación y transmisión, y no una debacle cultural.


Y aquí paro, de momento. Solo puedo resistir una dosis moderada de lloriqueo por lo que fue y ya no será más. "Ante el poder de la industria tecnológica (bajo ella nos proletarizaremos todos los productores de contenidos), Volpi quiere hacer el papel de Robespierre", finaliza Molina, trasudando sus temores. Habrá que volver a aprenderse la Marsellesa, si lo único que se dilucida aquí es quién manda.

Josep Izquierdo | 02 de junio de 2012


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