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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Primarias y democracia emocional

Entiéndase que la política autonómica de Madrid es para mí un arcano. Pero también lo es la valenciana, y ello no me ha estorbado, sino más bien alentado, para dedicarle una cantidad considerable de ideas y prosa. Aún así, evitaré el tema que corresponde decidir a los militantes del PSM, es decir, si les apetece o les conviene que gane Trinidad Jiménez o Tomás Gómez, y me centraré en aquello que creo más interesante para los demás, socialistas o no, algo que en el calor de la disputa ha sido más bien dejado de lado: el papel de las encuestas de opinión en las decisiones de los partidos políticos y el gobierno.

No ha habido mucho debate al respecto ni en la prensa ni en el partido, más allá de algún rifirrafe inicial, que en la forma sonaba más bien a pataleta, por parte de los partidarios de Tomás Gómez. Lo cual me lleva a pensar que, en realidad, hay un cierto consenso sobre el tema, enunciado con simplicidad por una tribuna de El País: “Encuestas para la selección de los mejores”. Con excesiva simplicidad, pues el título, para ser cabalmente comprensivo con el contenido, debería ser “Encuestas para la selección de los mejores candidatos para ganar unas elecciones”.

Una puntualización ha sido hecha por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, quien no suele escribir con finesse: si fuese una mera cuestión de encuestas, bastaría con una página web para que los militantes votasen telemáticamente.  E incluso parece abogar por ello. Como ven, la cuestión está derivando rápidamente hacia opciones que, implícitamente, amenazan la filosofía constitucional de que España es una democracia en la que la representación de la voluntad popular se vehicula a través de partidos políticos. Si la celebración de primarias en el seno de los partidos políticos ya es una especie de deslizamiento hacia las listas abiertas, que el actual sistema no permite, las primarias telemáticas son su antesala más próxima. Es más, si la elección del candidato del partido se hace con la intención de que gane las elecciones, por qué no permitir que todos los electores participen del proceso?¿Con qué argumento podríamos negar tal posibilidad, si la misma elección del candidato del partido ya tiende a ello? Es más: ¿por qué no celebrar las elecciones a doble vuelta, una primera para decidir los candidatos, y otra definitiva para elegir el ganador? Ustedes pensarán que eso ya está inventado, y tienen razón. En estos momentos en que las encuestas (ah, otra vez las encuestas) nos dicen que tanto Zapatero como Rajoy perderían unas elecciones primarias, tal vez sea el momento de insistir, pero me temo que la defensa del statu quo partidista no lo permitirá, pues, aparte de suponer una seria reforma legislativa, supone también una pérdida importante del poder de los partidos políticos.

La otra cuestión subyacente es si debemos dejarnos guiar por la emocionalidad de las encuestas, hasta el punto de que uno se cuestione si el ritual electoral no podría ser sustituido por ellas. Entiendo por emocionalidad el hecho que las encuestas reflejen más el estado emocional de las masas que la supuesta racionalidad de una elección ritualizada y periodificada. Y éste es, en realidad, el fondo del que debería tratar el debate, para el que apunto unas cuestiones. La primera, que la ritualización de las elecciones (su celebración periódica como pauta para la vida política y social de nuestras sociedades) no extirpa la emoción como motor del electorado, simplemente la pauta: sólo atendemos a las emociones masivas cada cuatro años. La segunda, que las emociones masivas son un fenómeno que ha existido siempre, y que ahora está potenciado porque dispone de sistemas de transmisión emocional mucho más penetrantes social y geográficamente, es decir, mucho más eficaces, que antaño. Y tercera, que no me cuento entre los optimistas como Barry Richards, que creen que la solución está en una forma de gobierno emocional que describen como una calculada y sofisticada atención a las dinámicas emocionales del público como parte del trabajo de gobierno. El gobierno emocional, descrito así, vale tanto para una república islamista como para una democracia occidental como para la inmensa mayoría de regímenes totalitarios que gobernaron Europa durante el siglo XX, y por tanto difícilmente aporta nada al buen gobierno, si es que tal cosa existe.

Y con todo esto llegamos a la raíz del problema: si el estado o el gobierno deja de regular el ejercicio individual apasionado del derecho natural a decidir qué está bien y qué está mal, reinterpretándolo como un derecho natural legítimo si está masificado, no estamos renunciando al fundamento mismo de la democracia tal y como lo hemos dibujado desde Spinoza, de quien parafraseo? Mi cuarto a espadas queda dicho con una cita del mismo Spinoza: “Por mi parte, estoy totalmente convencido que la experiencia ya ha manifestado todas las posibles formas de organizar una República para que los hombres puedan vivir en buena inteligencia, así como todos los medios para dirigir la multitud o contenerla dentro de ciertos límites. No creo que la especulación nos lleve a nada que no haya sido mostrado por la experiencia y cursado en la práctica.”

Josep Izquierdo | 04 de septiembre de 2010

Comentarios

  1. pau
    2010-09-04 07:49

    Impecable conclusión

  2. José Eburi Palé
    2010-09-04 21:04

    <<No creo que la especulación nos lleve a nada que no haya sido mostrado por la experiencia y cursado en la práctica.>>….

    Como se ha dicho, impecable conclusión, pero:
    España es diferente, hemos hecho una transición muy loada por los juglares, pero a medias tintas.
    Por tanto, en nuestro singular caso, nada nos ha sido mostrado por la experiencia propia, y la experiencia de otros no siempre es asumida por nosotros de buen grado, como demuestra la historia. Hay que experimentarla en propias carnes, para decidir modificar las conductas.
    La transición fue un río revuelto en el que los partidos políticos se posicionaron y dictaron unas leyes electorales y de partidos, a la medida de especulaciones políticas futuras previstas por ellos. No se contó todo a la ciudadanía y se actuó con una complicidad corporativista y gremial consensuada a puerta cerrada.
    Aquellos vientos, trajeron estas tormentas.
    Nuestros políticos tienen secuestradas las iniciativas de cambios legislativos y a la propia democracia. No creo, por tanto, que de buen grado decidan ponerlas en práctica.
    Es lo que hay.

  3. Aurea Ortiz
    2010-09-09 16:21

    Hola

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