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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

La música contemporánea del diablo

A principios de diciembre se me escapó viva, por circunstancias personales, una noticia entre turbadora y descacharrante: Un espectador denuncia a un músico de jazz por no tocar jazz, sino música contemporánea, género que el denunciante tenía “contraindicado psicológicamente” por prescripción facultativa. Al affaire no le faltó ni siquiera el juicio experto de un número de la Guardia Civil que, tras escuchar al saxofonista Larry Ochs, determinó que la denuncia estaba fundamentada puesto que aquello, efectivamente, no era jazz.

Hasta aquí el incidente parecía obra de un parodista inteligente intentando poner en solfa las nuevas formas que adopta el casticismo hispano como exhibición desenvuelta de ignorancia, desprecio y autoindulgencia. ¿No fue Fernando Fernán Gómez quien dijo que el pecado hispánico por excelencia no era la envidia, sino el desprecio? Aunque puede que, en realidad, ese pecado capital que define lo español sea el orgullo: causa, a su vez, del desprecio. La autoindulgencia es también una consecuencia del orgullo: que alguien atribuya valor normativo y penal a una receta psiquiátrica, proclamando que si es malo para mí es que es malo para todos es una egomanía muy española, también. Anyway, la cosa no hubiese llegaba a categoría más que en la pluma de Fernán Gómez o Azcona si no fuese porque parió la abuela, más bien el abuelo, y Wynton Marsalis ofreció una recompensa al denunciante almadolido: ¡su discografía completa autografiada! Hay, desde luego, quien tiene un ego napoleónico. La postura de Marsalis como defensor de la ortodoxia jazzística es bien conocida, y célebres sus enfrentamientos con Miles Davis por este tema.

Pero vayamos al meollo de la cuestión, que no es la tensión entre ortodoxia y heterodoxia musical, y por extensión cultural, como pudiera parecer, sino la tensión entre la música como consuelo y la música como expresión libérrima de rechazo al consuelo. En el fondo, pues, aquello que Adorno pretendía decir cuando atacaba al jazz ya en los años treinta, aunque en Adorno “jazz” parece significar, más bien, música popular, esto es, consolatoria e integradora socialmente. ¿Que de dónde me saco que la defensa de la ortodoxia jazzística es una forma de consuelo individual y social? Del hecho de que un individuo enfermo acuda a un acto social a escuchar aquello que le hará bien espiritualmente, según el dictamen no ya de la divinidad o del sacerdote, sino de su legítimo representante sobre este mundo secularizado, el psiquiatra. Y de que acuda al acto acompañado. La etimología de consolar, acompañar en el alivio, hace que estos acompañantes que sólo aparecen fugazmente en la noticia adquieran relieve, y solemnicen el concierto en cuestión como un rito de consolación: acudieron para comprobar y reiterar que su mundo poseía reglas claras, preestablecidas e inmutables de las que emanaba el jazz como si fuese la música de las esferas.

El lector puede que se pregunte si, en definitiva, la música no es eso. Es eso también. Porque para que exista como un producto cultural intensamente vivo, debe caber la posibilidad de que también sea aquello que expresan las elitistas palabras de Adorno:

[La música moderna, a los efectos la música contemporánea] ha tomado sobre sí toda la oscuridad y la culpa del mundo. Toda su felicidad proviene de la percepción de la miseria: toda su belleza proviene del rechazo de la ilusión de belleza. Ni lo individual ni lo colectivo tiene parte alguna en ella. Se desvanece sin ser oída, sin eco. Cuando se escucha la música, se la rellena con tiempo, como un cristal que brilla; La música no oída cae en el espacio vacío como una bala podrida. La Nueva Música espontáneamente apunta a esa condición final con la que la música mecánica vive hora a hora: la condición del olvido absoluto.

Es decir, también debe existir una música desconsoladora: aquella que convive a diario y de modo consciente con la muerte cultural, es decir, el olvido.

Josep Izquierdo | 23 de enero de 2010


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