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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

A modo de duelo

“L’homme a des endroits de son pauvre coeur qui n’existent pas encore et où la douleur entre afin qu’ils soient”. Decía Léon Bloy que el hombre tiene lugares de su pobre corazón que todavía no existen y en los que entra el dolor para que ‘sean’. Alguno de los lectores sabe que mi padre murió el cuatro de diciembre, lo cual aquí sólo pretende captar su benevolencia para con el artículo de hoy. He descubierto, con freudiano temor, dos ausencias notables en esta columna, por la que han circulado de modo más o menos mediado por mi voz mi hija y mi mujer, mis hermanos, mis amigos y algún que otro conocido, saludado o leído. Faltan mis padres. Obviaré la explicación tipo “Madame Bobary c’est moi” flaubertiana. Al fin y al cabo, puede que en realidad no escriba de otra cosa, pienso mientras releo Naufragio, en el que al fin y al cabo son los protagonistas, in absentia: sólo aparece una vez cada uno. Puede que no encuentre mejor modo de hablar de ellos, de hablar de él, pues, más que ofreciendo algunas de las reflexiones que harán avanzar Naufragio , un proyecto del que el artículo citado es una muestra, de entre la correspondencia que mantengo con Roger Colom

Querido,

Sobre Naufragio: no es tu falta de costumbre con el catalán, yo ya me había dado cuenta: es una prosa demasiado “ansiosa”. Más que fluir como río se despeña como catarata. O más que río es riada, bueno, algo así… Sé cómo lo hace Sebald para ir más despacio, para “fluir”, y son dos cosas: en lo estilístico los adjetivos, y en lo estructural, en Austerlitz, lo que podríamos llamar “narración oral diferida”: el narrador habla de su amistad con un tipo, y de sus conversaciones con él (más bien de los monólogos de Austerlitz con él), entre cuyos temas de conversación está el relato de su vida y el de sus orígenes familiares. Conversaciones sobre conversaciones que cuentan una vida reconstruida a base de conversaciones. Conversaciones que en realidad son el recuerdo de conversaciones, por eso no se parecen a la oralidad, sino más bien a su fijación en la mente, vaya, que toda escritura es recuerdo. Memoria. Especialmente importante cuando a mitad de novela aparece la ausencia de memoria como disolución de la escritura y, después, del lenguaje mismo, y la pérdida de la razón…

Fíjate en el texto que he copiado a continuación: cómo justifica en el primer punto que lo que cuenta sea tan poco “oral”, cómo en el segundo hace evidente el tamiz, como diciendo: “si transcribiera sus palabras lo haría en francés, o en inglés”, y de hecho los fragmentos que aparecen en la novela en francés o inglés son como añadir un nuevo círculo a ese juego de anillos concéntricos. Después, el “dijo Austerlitz”, ese apóstrofe casi en cada página, haciendo explícito el círculo interior, y en ocasiones otro círculo más dentro de ese “dijo X, dijo Austerlitz”, “me dijo X una vez, dijo Austerlitz”… Y lo más curioso de todo ese encaje de bolillos con los narradores es que al final lo que prima es el discurso: “Cuando lo miro ahora y pienso en ese cuadro y sus diminutas figuras, me parece como si…” ya no sabes quién lo dice, si el narrador-narrador o el narrador-Austerlitz, lo cual lejos de ser un problema se convierte en todo un hallazgo.

“Desde el principio me asombró cómo elaboraba Austerlitz sus ideas mientras hablaba; cómo, por decirlo así, partiendo de la distracción, podía desarrollar las frases más equilibradas, y cómo, para él, la transmisión narrativa de sus conocimientos especializados era una aproximación gradual a una especie de metafísica de la historia, en la que lo recordado cobraba vida de nuevo. Así, nunca olvidaré que terminó sus explicaciones del proceso utilizado para la fabricación de los altos espejos de la sala de espera preguntándose a sí mismo, mientras al irse levantaba otra vez la vista hacia aquellas superficies débilmente resplandecientes, combien des ouvriers périrent, lors de la manufacture de tels miroirs, de malignes et funestes affectations á la suite de l’inhalation des vapeurs de mercure et de cyanide. Y lo mismo que había terminado aquella primera velada, Austerlitz continuó sus observaciones al día siguiente, para el que habíamos concertado una cita en la terraza de paseo junto al Escalda. Señalando el agua extensa que centelleaba al sol de la mañana, dijo que, en un cuadro pintado por Lucas van Valckenborch hacia mediados del XVI, durante la llamada pequeña época glaciar, se podía ver el Escalda helado desde la orilla opuesta y, detrás de él, muy oscura, la ciudad de Amberes y una franja de tierra llana que se extiende hasta la costa. Del sombrío cielo que hay sobre la torre de la catedral de Nuestra Señora está cayendo una nevada y allá en el río, al que miramos trescientos años después, dijo Austerlitz, los habitantes de Amberes se divierten sobre el hielo, gente corriente con trajes de color terroso y personas distinguidas de capa negra y gorguera de encaje blanco. En primer plano, hacia el margen derecho del cuadro, una señora se ha caído. Lleva un vestido amarillo canario; el caballero que se inclina solícito hacia ella, unos pantalones rojos, muy llamativos a la pálida luz. Cuando lo miro ahora y pienso en ese cuadro y sus diminutas figuras, me parece como si el momento representado por Lucas van Valckenborch nunca hubiera terminado, como si la señora de amarillo canario acabara de caerse o desmayarse, y se le hubiera ladeado de la cabeza la cofia de terciopelo negro, como si el pequeño accidente, que sin duda no han notado la mayoría de los espectadores, volviera a repetirse una y otra vez, como si no cesara ni pudiera remediarse ya, ni por nada ni por nadie.”

“Los treinta y seis grados son un nivel máximo, que en la Naturaleza ha demostrado ser una y otra vez el más favorable, una especie de umbral mágico, a veces se le había ocurrido, eso, dijo Austerlitz, había dicho Alphonso, que todos los males del hombre están relacionados con esa desviación de la norma ocurrida en algún momento y con el estado de calentamiento, ligeramente febril, en que continuamente se encuentra.”

“Por la tarde se alzaban a menudo cúmulos en el horizonte suroccidental, blancos como la nieve, pendientes y paredes escarpadas que se empujaban entre sí y se amontonaban, alzándose cada vez a más altura, tanta, me dijo Gerald una vez, dijo Austerlitz, como las cumbres de los Andes o del Karakorum.”

Como habrás leído en Naufragio, mi opción ha sido experimentar con una vieja fórmula de la narración escrita para ser leída en voz alta, y por tanto oída: los libros de caballerías del siglo XIII, en concreto el Tristan en prosa, en donde la fórmula de continuidad, al tiempo que el reclamo de la atención del oyente es “que vous diroie je?”, “¿qué os diré?”. Tuvo tanto éxito que se utilizó en cualquier relato escrito para ser leído: para contar la historia de la ciudad de Venecia, para contar las aventuras de un comerciante aventurero llamado Marco Polo, para contar (y ennoblecer) la historia y los viajes de un mercenario llamado Ramon Muntaner… lo más bonito de Muntaner es que es consciente del papel del lector-narrador y del auditorio en un relato leído en voz alta, y no sólo interpela al auditorio, ¿qué us diré?, sino que lo incluye en el relato, lo hace audible: “i si algú em pregunta…. jo li diré que…” reflejo de la interacción entre narrador-lector y auditorio. Lo he metido en Naufragio, y me parece que no ha quedado del todo mal, pero tengo que ver si funciona en castellano, y sobre todo como funciona en cuanto empiece a repetirse y sobre todo si tiene capacidad para estructurar el relato.

Bueno, te dejo que me voy al museo de bellas artes, que quiero ver de cerca un cuadro de Fillol, de 1904, uno de los escasísimos de la época, si no el único en toda España, que refleja la violencia de clase en la ciudad. Los pintores españoles odian la ciudad. Qué desgracia.

Josep Izquierdo | 12 de diciembre de 2009


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