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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Piratas en Benidorm

No sé si saben que allá por 1740 arribaron a las playas de Benidorm los restos de un pecio naufragado, entre los cuales se encontraba una talla de la virgen. Quiere la leyenda que un 16 de marzo de dicho año cruzara la bahía de Benidorm un barco que navegaba al garete, y que fuese remolcado hasta la playa “con intención de conservarlo”, expresión piadosa que esconde cuál ha sido siempre el destino de los barcos errantes y de los naufragios: su saqueo. Al parecer llegaron órdenes de quemarlo desde la capitanía marítima, ante el temor de que la causa de su abandono fuese la peste, y sólo se rescató una imagen de la virgen en altorrelieve que los lugareños bautizaron como la Virgen del Naufragio. La supervivencia de la imagen y su misma denominación desmienten sin más la piadosa visión de un barco incendiado para evitar la peste, y apuntan más bien al cumplimento estricto del ius naufragii, según el cual los restos del naufragio, e incluso los propios náufragos, pertenecen a la comunidad que los apresa. La talla mariana no sólo debió ser conservada por el temor reverencial a la destrucción de imágenes sagradas, sino también en agradecimiento a lo que cualquier pueblo marino interpreta como una muestra del favor de los dioses: un naufragio en sus costas.

El naufragio tuvo en la antigüedad un sentido religioso y político, que cohesionaba la comunidad mediante la exclusividad de la protección divina (“mi dios me protege a mí y a los míos”), y que se reflejaba en el ámbito legal en que sólo los individuos de la propia comunidad política gozaban de amparo legal. Pensaban, por tanto, que si un extranjero (alguien ajeno a su polis, y por tanto carente de protección divina y jurídica) sufría una catástrofe en un medio tan evidentemente sobrehumano y sometido al albur de los dioses, dicha catástrofe sólo podía ser la expresión de un castigo divino, y el náufrago un sujeto indigno del socorro humano y del amparo de las leyes.

A partir de estos principios de inclusión y exclusión, el naufragio acaba considerándose como el derecho comunitario a apresar una nave extranjera no autorizada atracada en el puerto, y a su confiscación, la de su carga y la de su tripulación, que, o bien eran sometidos a servidumbre, o bien sacrificados a los dioses. El paso siguiente es, naturalmente, el derecho a que una comunidad se apoderase en sus costas de naves, tripulación y carga, estableciendo así el principio básico de la piratería sancionada por las costumbres marineras, y que aún en el siglo XVIII seguían vigentes, aunque en proceso de transformación.

Ese proceso de transformación es evidente cuando en 1925 el papa Pío IX declara patrona de Benidorm la imagen rescatada del mar, pero rebautizada como Virgen del Sufragio. La primitiva advocación mariana al naufragio debía sonar hacía tiempo ya como bárbara, si no pagana, como si se venerase a una diosa tan irascible e imprevisible como el mismo mar, y como él carente de toda piedad.

Pero, por qué Virgen del Sufragio? Dejando de lado la homofonía, es posible que precisamente el poder letal del mar hiciese que los marinos y pescadores benidormenses fuesen proclives a buscar una mediación para salir del purgatorio, y establecer entre sus familiares y conciudadanos la piadosa costumbre del “sufragio por las almas de los difuntos”, ya que el purgatorio es el lugar reservado en el que todo buen marinero debe recalar al término de su vida para purgar el hecho de haber prestado oídos a más de un canto de sirena en forma de mujer, de alcohol o de restos de un naufragio.

Pero pasó el tiempo y llegaron las vacaciones como una de las felicidades obligatorias de todo europeo que mereciese tal nombre, y con ellas llegó el turismo a Benidorm. En una sabia metamorfosis, los restos del naufragio y los náufragos sobre los que antaño se tenía derecho de propiedad y vida, se convirtieron en dinero y turistas, restos a su vez del naufragio de la subjetividad occidental. Y se abalanzaron sobre ellos con la misma avidez y con el mismo derecho con que antaño sobre los pecios a la deriva.

Y el nuevo dios a quien se encomendó la protección de la comunidad benidormense y de sus usos y sus fueros inspirados por las leyes del mar fue, cómo no, el Sufragio secular. Pero el sufragio se ha demostrado tan vehemente y tan variable en la manifestación de sus emociones como antaño el mismo Neptuno, al punto que, desde que fue llamado a reinar sobre las volubles y procelosas aguas de la voluntad popular, se divierte devolviendo mal con bien, y viceversa, a sus amantísimos adeptos. Si antaño encumbró al brillante sirénido Eduardo Zaplana a pesar de que cometió el pecado de aliarse con una náufraga (o una tránsfuga, que es lo mismo), hoy abisma a sus descendientes, carentes ya del atractivo de su canto y de su escurridiza naturaleza, y les condena mediante otro náufrago (otro tránsfuga), al purgatorio de la oposición. Y que se consuelen con la posibilidad de acudir de nuevo a las leyes del mar, y como náufragos desposeídos recurrir al canibalismo (o su forma políticamente correcta, el transfuguismo) para sobrevivir en el proceloso mar de la voluntad popular. O esperar a que el veleidoso e irascible Sufragio decida castigar de nuevo a sus ahora protegidos.

Por cierto, ya que estamos con las sirenas. ¿A qué viene tanto canto a la pureza democrática y tanto repelús por la metamorfosis política? La constitución española tiene muchas reformas pendientes, pero creo que fue sabio y razonable contrarrestar la exclusiva vehiculación de la acción política a través de los partidos con la propiedad personal de los cargos electos, que permite, por tanto, un contrapeso razonable (a añadir a las leyes que deben vigilarlo) a la posibilidad de que una estructura política acabe siendo dominada por intereses antisociales y caiga en la tentación de perpetuarse en el poder mediante la explotación de mecanismos legales, o ilegales.

No hará falta que, además, señale con el dedo, ¿verdad?

Josep Izquierdo | 26 de septiembre de 2009


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