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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Pitos, y flautas de Bartolo

Ya deben imaginarse ustedes de qué pitos hablo. Sí, sí, de esos que han provocado el resurgimiento de las pulsiones timóticas de la prensa de derechas en nuestro país. Las flautas son las de esos mismos bartolos: “Bartolo tenía una flauta / con un agujero solo / y su madre le decía / toca la flauta Bartolo. /Bartolo tenía una flauta / con un agujero solo /y a todos daba la lata /con su flauta el buen Bartolo.” Desde luego, mira que incluir en el cancionero popular infantil coplillas sobre la masturbación, el incesto y el acoso sexual…

Nuestros bartolos no creen que sean ellos quienes exacerben la natural propensión de nuestra sociedad (y que, por otro lado, todas las sociedades tienen) a competir por el monopolio de la cólera, la ambición, la indignación y la envidia (aquello que los griegos llamaban timós), pero el término ‘provocación’ corrió de boca en boca antes incluso de que se produjese el hecho. Que haya dos clubes deportivos que reúnan y acumulen los impulsos timóticos de sus respectivas sociedades no debería escandalizar a nadie: nuestra entera sociedad está organizada para sostener y “naturalizar” ese principio político según el cual, en lugar de matarnos, jugamos a fútbol. Y el axioma se ha cumplido con precisión coreana, es decir, vamos a provocaros y vosotros vais a responder, porque ese es el trato, porque ello alimenta el caudal de cólera de ambos bandos en una escalada cuya justificación está muy cercana al concepto de disuasión nuclear. Y efectivamente, los bartolos han contribuido con su parte. Dice Sloterdijk que “las bancas populares nacionales destinadas a la recolección de la cólera disfrutan de la ventaja psicopolítica consistente en trabajar directamente con las pulsiones del timós patriótico sin tener que dar rodeos por las ideas universalistas o por otras ficciones que consumen nuestras energías (…) porque es en ése caso cuando la demanda de opciones de que se produzca una rápida conversión de las vejaciones en autoafirmaciones es, de modo natural, la más violenta.” Fíjense que Sloterdijk dice “vejaciones”, exactamente aquello que, según la bartólica prensa, sufrió el rey y, con él, toda España.

Cuando Sloterdijk revela el mecanismo oculto de las escaladas de agresividad patriótica está “desnaturalizando”, visibilizando, la política oculta tras supuestos aprioris sociales como la identidad o la pertenencia. En ese sentido recuerdo una reflexión de Simon Critchley sobre la política y su naturalización, muy pertinente para la cuestión que nos ocupa. Aunque extensa, se la traduzco porque creo que vale la pena, en estos tiempos en que tanto nos preguntamos por el sentido y el futuro de la socialdemocracia:

“¿Qué es la política? La política es el reino de la decisión, de la acción en el mundo social, de lo que Laclau, siguiendo a Gramsci, llama ‘hegemonización’, entendida como las acciones que tratan de fijar el sentido de las relaciones sociales. Si concebimos la política con la categoría de la hegemonía —y, en mi opinión, está mejor conceptualizada con esa categoría— entonces la política es un acto de poder, fuerza y voluntad que es completamente contingente. La hegemonía revela que la política es el reino de las decisiones contingentes en virtud de las cuales los sujetos (ya sean personas, partidos o movimientos sociales) intentan articular y difundir significados sobre lo social. En su nivel más profundo, la categoría de la hegemonía revela la lógica política de lo social; es decir, la sociedad civil está políticamente constituida a través de decisiones contingentes. (…)

Con esta definición de la política en mente, lo primero que cabe destacar es que muchas decisiones políticas, por ejemplo, las decisiones a nivel de la administración del Estado o de aquellos que quieren hacerse cargo del estado, intentan negar su carácter político. Es decir, las decisiones políticas intentan borrar sus huellas de poder, fuerza, voluntad y contingencia mediante la naturalización o la esencialización de su contenido, por ejemplo, “Kosovo es, fue y siempre será serbio”, o “Macedonia es, fue y siempre será griega “, o lo que sea. Muchos —quizá la mayoría—de los políticos trata de hacer la política en sí y sus operaciones de poder invisibles mediante la remisión a la costumbre y la tradición o, peor, la naturaleza y Dios, o, peor todavía, la costumbre y la tradición basada en la naturaleza y Dios. Podría decirse que la principal estrategia de la política es hacerse invisible en sí misma para poder reclamar para sí el status de la naturaleza o de la evidencia apriorística. De esta manera, la política puede reclamar la restauración de la plenitud de la sociedad o conducir la sociedad a la armonía con ella misma —una reivindicación patéticamente ejemplificada en el deseo de John Major, después de la prolongada tortura de los años Thatcher, de gobernar un país en paz consigo mismo, una Inglaterra de cerveza caliente, fría llovizna y cricket.

Ahora, para entender la acción política como una operación hegemónica es necesario entenderla previamente como una no-naturalizable, no esencialista articulación contingente que sólo fija temporalmente el sentido de las relaciones sociales. Para Laclau, la plenitud de la sociedad o la armonización de la sociedad con ella misma es un imposible objeto de deseo político que decisiones contingentes sucesivas tratan de llevar a cabo o, para usar la expresión de Lacan que Laclau hereda, de suturar. Por lo tanto, si una política naturalizante o esencializante intenta hacer su contingencia invisible tratando de suturar lo social en una quimérica totalidad, entonces la hegemonía, como revelación de la lógica política de lo social, pone de manifiesto la imposibilidad de tal operación. El momento de la sutura final nunca llega, y el ámbito social permanece irreductiblemente plural y abierto. La sociedad es imposible.(…)

Para desarrollar esto un poco, podríamos decir que sólo las sociedades que son auto-conscientes de su condición política —de sus operaciones de contingencia y poder— son democráticas. Quiero decir auto-conscientes al nivel de la ciudadanía, no al nivel de los Guardianes platónicos, del Príncipe, o de sus asesores filosóficos. Maquiavelo y Hobbes, me parece a mí, eran perfectamente conscientes de la contingencia y la constitución política de lo social, pero no quieren precisamente que esa noticia se difunda entre la gente. Por lo tanto, si todas las sociedades son tácitamente hegemónicas, entonces la característica distintiva de la sociedad democrática es que es explícitamente hegemónica. La democracia es, pues, el nombre para esa forma política de la sociedad que hace explícita la contingencia de sus bases. En democracia, el poder político está garantizado por medio de operaciones de competencia, persuasión y elección basadas en la hegemonización del “lugar vacío” que es el pueblo, por utilizar la expresión de Claude Lefort. La democracia se caracteriza por la auto-conciencia de la contingencia de sus operaciones de poder, y, en casos extremos, por la auto-conciencia de los mecanismos de poder.”

Dejo a su criterio si la democracia española cumple el requisito de ser “explícitamente hegemónica”, esto es, si hace explícita la contingencia de sus bases, aunque daré argumentos a unos y a otros. Las dos caras de la moneda son el cese inmediato del responsable de la retransmisión televisiva del partido, ante la sola posibilidad de que la no retransmisión de la pitada pudiese ser interpretada como censura, y la reacción de los medios de comunicación conservadores.

Y a su libertad si son de los que no hubiesen pitado, o de los que hubiesen obviado la provocación.

Josep Izquierdo | 16 de mayo de 2009


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