Libro de notas

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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Felicidad mediante la infelicidad y literatura

En estos días quejumbrosos de septiembre mi mente, o mi alma, intentaba alejarse de las obligaciones a cuenta de terceros, y del maldito virus que asomaba por las esquinas de mi ordenador en cuanto me ponía a trabajar, con la lectura entre otros de Felicidad en la infelicidad, de Odo Marquard. Nunca compro nada que lleve la palabra “felicidad” en el título, pero el oxímoron que incorporaba (o el pleonasmo, según se mire) encendió el interruptor de mi curiosidad, y que un filósofo alemán escribiese sobre la felicidad constituía, a mis ojos, otro oxímoron.

El libro había estado en paradero desconocido entre mis estantes desde que lo compré el año pasado, y puede que por eso (y por mi mala cabeza) me pasara por alto la elogiosa reseña que de este libro, y otros del mismo autor, hiciera Fernando Savater para el Babelia. Hubiese llegado tarde para evitarme la compra, pero me habría puesto sobre aviso: no tanto por lo que Savater dice en ella, pues al fin y al cabo siempre habla de sí mismo cuando habla de los demás, como por la lista de traducciones al castellano de Odo Marquard que la acompaña, a través de la cual descubro que Marquard fue traducido por primera vez a cargo de la Institució Alfons el Magnànim, de la diputación de Valencia, en 1999 y 2000. No me entiendan mal, me parece loable y necesario traducir a Marquard, pero a pesar de las diatribas del filósofo contra los excesos de sentido, o precisamente por ellas, creo que cabe verlo en origen como una operación de rearme ideológico y filosófico de la derecha española en el marco del pensamiento conservador europeo, por otro lado muy necesario, dada la indigencia en que, que en ese aspecto, vivían.

Y así es como descubro que aquello que yo creía oxímoron es, en el libro, compensación: “la infelicidad es balanceada por la felicidad, en la medida en que ésta compensa a aquélla. Y quizá la felicidad es el equilibrio mismo: felicidad en la infelicidad”. Marquard cita como origen a Leibniz: “el creador de la naturaleza ha compensado con un sinnúmero de provechos los males y las carencias”, y Kant, “Pues esa misma compensación de los males es, en sentido estricto, el fin que el divino artífice no perdió de vista”. No se me oculta que este punto de vista tiene una estrecha relación con la filosofía de la historia, o con su negación, como quiere Marquard. Es decir, que si llevar al mundo creado a su plenitud es responsabilidad humana, también lo es la infelicidad que esa progresión conlleva en la medida que el fin mayor (lograr la felicidad) justifica los medios menores (provocar la infelicidad). El problema es que la ligereza expositiva parece ir acompañada de una selección previa de felicidades e infelicidades. No me cabe duda de que Lenin debe figurar entre quienes justifican medios infelices a través de los cuales llegar a un fin feliz, pero no entiendo qué le diferencia (en este terreno concreto), de las políticas de guerra diferida o delegada de la guerra fría en ambos bandos, ni de la política exterior de la era Bush, sobre todo a partir del 11S: ¿no son también infelicidades necesarias para llegar a una felicidad obligatoria? ¿O es que sólo es malo si se trata de una filosofía laica de la historia que pretenda el advenimiento de una sociedad de libres e iguales, y no lo es si se trata de preparar el segundo advenimiento del Mesías, para lo cual debemos renacer en el Señor?

Ésta es sólo una muestra de los problemas que me encuentro a cada página en Felicidad en la infelicidad, una especie de aplicación práctica de la filosofía de la compensación que leo con sumo interés porque me parece que cuando Marquard me habla de compensación, en realidad me está hablando de consuelo, pues ¿qué mayor consuelo cabe que la felicidad y sus condiciones de posibilidad? Y ya saben ustedes que, a mí, eso del consuelo no me va.

Y con ello vamos a la literatura. Hay que agradecerle a Marquard, con todo, su sinceridad, aunque sea en nota a pié de la página 35. Tras un rastreo por los filósofos que se han acercado al concepto de compensación a lo largo de los siglos XVIII y XIX, apunta: “Sería enojosamente sorprendente si la figura de la “felicidad mediante la infelicidad” no existiera como materia literaria —es decir, no sólo como pensamiento y no sólo como motivo particular—; mas, lamentablemente, no la he hallado hasta ahora.” Cómo se nota que no ha leído Harry Potter. De hecho, me parece una definición acabada del personaje, y una síntesis perfecta del tema predominante en la literatura infantil y juvenil al uso. Y en eso, en no haber encontrado la felicidad mediante la infelicidad como materia literaria porque no ha buscado donde debía, descubre una de las debilidades de la filosofía de la compensación: su arbitrariedad a la hora de establecer qué es compensatorio y qué no. Si la gran literatura se resiste a tratar la felicidad mediante la infelicidad como materia literaria, viene a decir Marquard, es su falta, y no una carencia de una teoría que es incapaz de explicar por qué sucede esto. En realidad, el problema se produce porque esta filosofía se propone como modelo a seguir, y no como modelo explicativo de lo ya sucedido. Como filosofía de la historia futura, en definitiva, algo a lo que no tengo nada que objetar, pero que el filósofo parecía aborrecer.

Josep Izquierdo | 12 de septiembre de 2008


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