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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Una mesa camilla en torno al artista y el público

Acabo de escribir el título de este artículo y ya me parece que me he quedado corto. Que debería haber sido más incisivo, más intransigente. Puede que más programático. Algo así como “Por un arte sin obra”. O tal vez mejor, “Por un arte sin arte”. Aunque en realidad estos serían temas diferentes, así que lo dejaré para próximas entregas.

Y todo porque tengo un cabreo de los de aquí te espero desde que leí el sábado pasado la trascripción de la mesa redonda que organizó El País en el IV Foro Internacional de expertos en Arte Contemporáneo que se celebró en ARCO 2008. Según el diario, participaron en lo que en la entradilla se anuncia, muy intencionadamente, como “debate”, “un grupo de ocho destacados intelectuales, profesionales y artistas”: Antonio Muñoz Molina, Eduardo Arroyo, Jaume Plensa, Carmen Giménez, Sergio Prego, Soledad Sevilla, Francisco Calvo Serraller, y José Guirao. Ocho toros ocho (así, sin coma), que diría Joaquín Vidal.

Y ya puestos, que sea el mismo Vidal quien diga qué me ha parecido: “Fue un sopor, ¿se puede creer? (…) Es lo habitual, si bien se mira, en estos tiempos modernos y milenaristas. Los toros que echan en todas partes, ni embisten feroces, ni llevan buidas las cornamentas, ni asustan al mirar, ni derrotan a lo bestia, ni mugen, ni bufan ni nada. Los toros que sueltan en estos tiempos modernos no tienen media torta y parecen tontos de remate”. Tal cual.

Para empezar no hubo ningún debate, porque no era un debate, sino una mesa redonda. Y es de mala educación debatir en una mesa redonda. Si alguno de ustedes, ingenuo aunque bienintencionado, y sin experiencia en el tema, se imagina una mesa redonda como la actualización intelectual de una sociedad artúrica, noble, aguerrida, inquieta, siempre à la queste…, se equivoca. Se parece mucho más a la mesa camilla de nuestros abuelos, con faldas que huelen a rancio, a carbón de brasero y al vello quemado de nuestras piernas infantiles mientras los mayores, a su alrededor, se quejan de que los tiempos han cambiando, de que ya nada es lo que era, que donde iremos a parar. En resumen, a las mesas redondas se va a monologar y a dormitar. De lo primero no se libra ni el moderador, a quien su cometido de paje servicial obliga como reacción a demostrar que es un primus inter pares, y de lo segundo hay un par de fotos significativas en el reportaje impreso.

En teoría la mesa redonda “fue planteada en torno a la relación entre el artista y el público. Es decir, cómo llega el artista al público y cómo el público también se educa en su apreciación del arte”. El enunciado es artero (recuérdese, derivado de arte): cauteloso y astuto. Cauteloso porque ante la evidencia de que una buena parte del arte contemporáneo es un “arte sin obra”, un enunciado como “la relación entre la obra de arte y el público” habría parecido pro parte y por tanto reduccionista. Astuto porque introduce subrepticiamente una crítica al arte contemporáneo como “obra de un artista” y no como “obra de arte”, categoría en la que parece no entrar ni el arte conceptual, ni el arte pobre, ni el BodyArt, ni el NetArt, ni las performances... por nombrar sólo algunas manifestaciones artísticas contemporáneas. El título concede, pues, al tiempo que quita. Artero.

Lo dicho anteriormente podría ser una de mis eternas búsquedas de la quinta pata del gato si no fuera porque a continuación Muñoz Molina se dedica a exponer unas cuantas “generalizaciones que, en este caso, suenan a un prejuicio hacia todo arte que ha bebido de las fuentes conceptuales”. en palabras de David G. Torres en A-Desk. Como comparto su indignación por y su valoración del monólogo de Muñoz Molina, les ruego que lo lean atentamente. Sobre su intervención sólo señalaré un par de puntos más. Uno, la afirmación de que la obra debe hablar por sí misma (que AMM tinta de reproche: “dado que la obra [de arte contemporánea] no habla por sí misma…”), y que reaparece en la intervención de José Guirao: “La verdadera obra de arte, el encuentro entre el espectador y una obra de arte, es único e irrepetible entre ese individuo y esa obra. Creo que hay que trabajar para que el público tenga esa facilidad, que no haya metalenguajes o metadiscursos alrededor de la obra, porque la obra se defiende sola.” A mí esto casi me parece un jeu d’esprit: la presencia de la alargada sombra de André Malraux sobre un escritor y sobre un gestor cultural, curiosamente las dos facetas principales de la poliédrica personalidad del escritor francés. Aunque ninguno de los dos parece darse cuenta de que la teoría malrauxiana del “choque estético” que Guirao define claramente, y del que se deriva su afirmación final, en la que coincide con MM, hunde sus raíces en el dadaísmo (que él mismo cultivó) y su teoría del arte como un proyectil destinado a golpear al destinatario. Que, a su vez, por una de aquellas maravillas de la interpretación, la misma máxima pueda explicar buena parte de los postulados del arte conceptual, nos devuelve a la realidad que dos consecuencias aparentemente contradictorias pueden tener la misma causa. En este caso, que los postulados de la modernidad artística perviven hasta nuestros días, aunque muchos los diésemos por finiquitados después de 1945. Digamos, por simplificar, que la modernidad se escindió entre modernidad democrática y modernidad fascista. Tras 1945 sólo quedó como vía legítima la modernidad democrática, cuyos postulados se consolidaron en buena medida en los 50 y los 60 en contraposición a la supuesta ligazón entre arte y realidad del comunismo (que en realidad era más bien arte y utopía social); a partir de los años 60 se escindió, entre quienes defendían el arte como una esfera separada de la realidad (de inspiración kantiana y schilleriana: el desinterés de la contemplación estética) y quienes creían que el arte debía ser humano, incluso abominablemente humano.

Si creen ustedes que el razonamiento sigue cogido por los pelos, sólo les recordaré que el tema del discurso de ingreso de Muñoz Molina en la Academia fue Max Aub, que a su vez fue un declarado admirador de Malraux. Para que vean ustedes que la verdad está en los detalles, los divinos detalles como diría Nabokov, a mi me parece que el mediador, Aub, tiene más fuerza y un amor por el matiz más exquisito que los mediados, en la medida en que cabría, incluso, interpretar su Jusep Torres Campalans como una reducción al absurdo del Musée imaginaire del autor francés, a quien, por cierto, se lo dedica. Por amor al matiz entiendo lo que David G. Torres dice, en el post antes citado, con las siguientes palabras: “El pensamiento contemporáneo sólo puede discutir desde los matices, desde un intento de precisión que marque distancias frente a prejuicios y generalizaciones.”

En el resto de monologuistas de la mesa redonda predomina el tono gris, color humo de brasero, desleído e incorpóreo. Sólo la diatriba de Arroyo contra ARCO, el bienalismo internacionalista, el coleccionismo privado e institucional, y los artistas jóvenes como elementos de distorsión del mercado artístico (“perversión del mercado”, “antes nos regíamos sólo por la oferta y la demanda”), parece querer despertar a alguien de la modorra, hasta que uno se da cuenta de que es tan inocua como la batalla de don Quijote contra los molinos de viento. Un simple “antes se vivía mejor”. Ya digo, en su conjunto, más que una mesa redonda fue una mesa camilla.

Josep Izquierdo | 29 de febrero de 2008

Comentarios

  1. Cayetano
    2008-03-01 00:22

    Hace ya un tiempo que el “mundo del arte” (o mercado, o producto cultural) no me ofrece nada que pueda emocionarme. Aunque encuentro mejores y más sutiles emociones en la vida no representada viniendo de una educación artística. Es decir, estoy volviendo a la vida desde el arte.

    Y ahí siguen atascados, desde principios del siglo XX, con extrañas teorías sobre el público. Todavía no acaban de entender que el Arte es una herramienta que se maneja con la mano, no necesaria y únicamente un producto destinado a un segmento del mercado.

    A estas alturas no entender qué significó realmente la Bauhaus (o las referencias al “público” que hace Kandinsky) es un sintoma claro de incompetencia por parte de los teóricos de la cosa artistica y tal. Aquí, como manda el comisario y a éste le va la marcha de las teorías del Mercado se dedican a confundir al artista (joven, inexperto, sin proyecto vital, despistado y con una fuerte autoestima).

    Jusep Torres Campalans existió realmente ;) , Solo necesitaba de un comisario y un nutrido grupo de bobos (aka artistas) que les rieran las gracias. Así siguen, descojonándose y repitiendo una y otra vez los mismos chistes (aka argumentos) que conforman El moderno Cuento del Arte.

  2. David G. Torres
    2008-03-07 02:10

    Evidentemente que Muñoz Molina habla de dejar que las obras se expliquen por si mismas. Es uno de los preceptos básicos del formalismo que responde a la idea de que hay una irreductibilidad de la obra de arte, que debe perseguir una unicidad inmanente e incontestable. Y con ello cree desmontar lo que llama arte conceptual frente a propuestas que le intersan más como Francis Bacon. El problema es que ese argumento ha sido debatido, rebatido y discutido por todos los lados. Y la cuestión, para plantearla en términos en los que ambos se sentirán más cómodos, es: ¿es posible un contacto directo sin intermediación, sin apoyo textual o discursivo, frente a Las Meninas o un cuadro de Francis Bacon? ¿Ambas obras son verdaderamente autónomas?

  3. Josep Izquierdo
    2008-03-15 16:56

    Hola David,

    Estoy de acuerdo contigo, razón por la que te he citado en más de una ocasión. La autonomía de la obra de arte es un pre-juicio que, de hecho, hace desaparecer la historia del arte por ociosa, por poner sólo un ejemplo de las consecuencias (de hecho, no previstas) de la inmanencia artística. Otra es que, como consecuencia también, el artista no se explica: la carencia de “discursos de artista” en el mundo del arte empobrece al artista y al arte, desde mi punto de vista.



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