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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Demoler la inteligencia, demoler un teatro (romano)

Cuando la piqueta derribe las gradas y la escena del teatro romano de Sagunto reconstruido por los arquitectos Grassi y Portaceli desaparecerá la obra pública más digna, hermosa e inteligente de la que nos hemos dotado los valencianos en todo el siglo XX. Y con ella desaparecerá la esperanza de que este país sea algún día algo más que un montón de pintorescas ruinas de piedra y de carne humana.

La reconstrucción del teatro romano de Sagunto es un proyecto de los tiempos en que algunos valencianos se permitieron creer que era posible construir, desde el servicio público y la política, una acción cultural que nos permitiera cepillar la mugre estética e intelectual que un tiempo excesivamente largo y tenebroso y vil había solidificado en nuestros ánimos y nuestros ropajes. Y actuaron con decisión y valentía para que fuese posible. Tomás Llorens inició, y Evangelina Rodríguez continuó desde la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Generalitat valenciana, dos proyectos ambiciosos, problemáticos en su definición y realización, pero ambiciosos, que pudieron significar el punto de partida de la imbricación de Valencia con la contemporaneidad artística: el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM) y la reconstrucción funcional del teatro romano de Sagunto. ¿Debo recordarles que Vicente Todolí, el actual director de la Tate Modern de Londres fue el máximo responsable artístico del IVAM de 1987 a 1995, bajo la dirección de Llorens, Alborch e Ivars? Cuántas maravillas contemplé en ese museo en aquellos años, cuando aún soñábamos que era posible convertir Valencia en un lugar como aquellos que creíamos que sólo existían en el norte, donde, como dijo Espriu diuen que la gent és neta / i noble, culta, rica, lliure / desvetllada i feliç (donde dicen que la gente es limpia / y noble, culta, rica, libre / despierta y feliz). Algunos de nosotros, yo, lo reconozco, tardamos en percibir que precisamente esa posibilidad había desatado las furias del infierno: una clase política acobardada ante los embates de una opinión pública y publicada que había mimado, y a quien le habían mimado sus más bajos instintos de molície intelectual y estética no se atrevió a defender ni los logros ni los proyectos. Los vació de contenido y de dinero que dedicó a rellenar estómagos agradecidos pensando que así se mantendrían en el poder y que ya habría tiempo de retomarlos. Craso error. Nadie vota a un político acobardado que reparte limosnas a cambio de cariño. Más les hubiera valido apuntalar lo hecho, hacerlo irreversible, ante la marea de irrelevancia y de cobardía intelectual que se avecinaba. Como se intentó con el IVAM, aunque su trayectoria en los últimos años demuestre que no hay ente autónomo que cien años dure, ni político que lo soporte.

Ya ven, hubo un tiempo en que la política cultural prefirió construir edificios funcionales, a un costo razonable, que no ahogaran las posibilidades económicas de una acción cultural: es decir, dedicar dinero a los artistas, y no a sus contenedores. En que se preocupó por la revalorización de espacios ciudadanos que se convirtieran en foco de atracción, pero también de difusión de una sociabilidad ciudadana de la que esta ciudad continúa careciendo. Suena a risa hoy en día, pero, ¿saben ustedes que la reconstrucción del teatro romano de Sagunto costó seis millones de euros, que el Palau de la Música 12, y el IVAM 24? ¿Imaginan cuanto dinero libera para dedicarlo, por ejemplo, en el caso de Sagunto, a una compañía estable dedicada a la exploración de los lenguajes teatrales que lo utilizara como sede y a una programación que atrajera lo mejor del teatro mundial? Para compensar la paralización del proyecto se montó una “ciudad del teatro” también en Sagunto, en una nave de Altos Hornos del Mediterráneo que, lejos de actuar como taller experimental (como cabía suponer por su origen), se dedicó a montar estrafalarias versiones (_Las comedias bárbaras_ de Valle) con presupuestos que sonrojarían a cualquier emperador romano dispuesto a pagar de su bolsillo un festival en el Circo. En el caso del teatro, como de hecho en todos los otros ámbitos culturales, la responsabilidad de la soi disant profesión no es poca al abdicar de la ambición y la ferocidad necesarias para crear obras de arte relevantes para su gente y su país.

Pero la cobardía de los últimos años de gobierno socialista fue sustituida, con el nuevo gobierno conservador, por el dulce sabor de la venganza cuando implica arrasar a tu enemigo y sembrar sus campos de sal, y por la sed de grandeza del parvenu (¿por qué será que cuando leí a Thomas Clerc: “Parvenu: racaille qui a reussi”, me vino a la cabeza Zaplana y su dieciseisválvulas?). Se acomodó la audacia del IVAM, se construyó un “Palau de les Arts” para la ópera cuyo solo coste multiplica por diez los del teatro romano, el Palau de la Música y el IVAM juntos, y se planea una “cubierta” para el IVAM que multiplica por tres el presupuesto de construcción del propio museo. Y de las “Ciudades de…” ya he perdido la cuenta, ustedes perdonen.

Y no pararán hasta que consigan echar abajo el teatro romano. Probablemente el más perturbador de los proyectos que nos legó una generación malversada, la de los nacidos en los años cincuenta y que brillaron con plena madurez a finales de los ochenta y principios de los noventa, una generación de gente que intentó crear una patria limpia / y noble, culta, rica, libre / despierta y feliz. El teatro romano de Sagunto representaba, con su mera existencia física, la posibilidad de crear, algún día, una política de acción cultural enfocada a la creación de contenidos y no a la construcción de contenedores, a la dinamización de la actividad cultural y no a su encorsetamiento ideológico y estético, siempre atenta a suscitar preguntas y no a pergeñar respuestas, una acción cultural que no oculte la vida bajo la alfombra de una estética segura y reconfortante.

Convertir una ruina sólo apta para la contemplación melancólica del paso del tiempo y los hombres en un edificio vivo, respetuoso con su propio pasado pero funcional para el hombre de hoy y del futuro es obra feliz, de las que reconcilian a cualquiera de nosotros con la idea de una civilización occidental capaz de vivir el presente sobre los hombros de sus gigantes pasados y legar a los que han de venir lo mejor de nosotros y de quienes nos precedieron. Pero hace falta grandeza, y, si no me lo toman a mal ustedes, hombría (esa mezcla de prudente valor, fuerza medida y digna determinación) para superar los obstáculos que una sociedad satisfecha de su tribalidad comunitarista y carente de toda ambición ha puesto desde el principio y que han impuesto finalmente.

Y si cualquiera de ustedes desea adherirse al manifiesto contra su demolición, aquí lo tiene, junto con las instrucciones para hacerlo.

Josep Izquierdo | 01 de febrero de 2008

Comentarios

  1. Francisco
    2008-02-02 05:56

    No soy valenciano, ni espanol; pero soy humano.

    Y destruir ese teatro romano nos afecta culturalmente a todos por igual.

    Seria muy lamentable. Ojala recapaciten los que tienen el poder de decision y salven esa muestra tangible de historia universal en suelo valenciano.

    Saludos.

  2. Miguel
    2008-02-18 04:35

    La publicacion de la sentencia del Tribunal Supremo ha sorprendido a la ciudadanía, que, en general, teníamos sumido en el olvido el asunto por lo dilatado de su evolución. Ahora, años después del inicio del procedimiento legal que se nos vendió como de recuperación de las esencias patrias frente a los desmanes de los posmodernos, comprobamos que aquello, en sí, fué la verdadera aberración. Ahora resulta que todo el proceso es un disparate y que el resultado queramos ó no es que el Supremo ha hablado y hay que acatar la sentencia. ¿O quizás no? ¿Cabe que la sectores de población aparentemente soliviantada asuma actitudes cultivadas en la cultura basura de la reivindicación histérica de todo aquello que le parece oportuno? ¿Podemos creernos que éste es un caso mas a resolver con una recogida de firmas para que no se realice las obras de demolición sentenciadas?
    En mi opinión, con todo lo que ello representa para los restos “originales” del teatro, es rigurosamente improcedente que alcaldes, consellers, especialistas, comerciantes, actores, etc, se plantee alternativas. Seamos serios, seamos país, seamos solventes colectivamente. Reconozcamos que entre todos la hemos cagado. Estamos ante una sentencia del Tribunal Supremo y solo cabe una cosa. CUMPLIRLA

  3. Hiroshima Alarcon
    2010-02-12 21:05

    Esto es politica, no historia. Lean la ley de conservacion de Patrimonio. Es una vergüenza que se cargaran de esa manera el teatro romano original construyendo encima sin ningun respeto por el original. Aberracion es la palabra. Y todo por politica y dinero. Ojala pudiera quitarse todo eso que han montado encima detruyendo el original, pero ya no se puede. Y encima se sienten orgullosos…. Lloro por los valencianos.

  4. joan
    2012-06-26 02:35

    Yo como valenciano me apena profundamente la destruccion de este tesoro historico y tambien hace que me averguence de la incompetencia de nuestros politicos.



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