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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

La novela ha muerto. Viva la novela

Quisiera terciar entre texto y comentario a propósito del artículo de Vicente Verdú el sábado en Babelia, Reglas para la supervivencia de la novela. Lo hago en un artículo y no me conformo con un comentario al post del querido compañero Alberto Haj-Saleh porque deseo extenderme en un tema que considero trascendente. Dicho lo cual, aquí va mi cuarto a espadas.

Leí el artículo el mismo sábado, en casa de mi madre, con la bayoneta calada: Vicente Verdú estableciendo reglas que permitieran sobrevivir a la novela no me pareció, de buenas a primeras, plato de gusto, pues Vicente Verdú no es santo de mi devoción. Pero como soy metódico para ciertas cosas, cuando le llegó su turno y llegué a la página lo leí. Incluso mi madre advirtió la tensión en los hombros y el mohín en los labios ante una lectura que preveía enojosa.

Mientras leía no pude evitar el recuerdo de los largos paseos con mi amigo Roger Colom por la ciudad que ambos sufríamos, unos días hacia el centro, otros hacia el puerto, hablando de todo y de nada, pero entre ese todo y nada hubo muchas sobre el tema que nos ocupa: la autonomía de la escritura no referencial, o su ausencia de. ¿Que por qué elijo una formulación tan elusiva? Sí, puede que sea por miedo a nombrar las cosas con sencillez, o simplemente porque entiendo (pero no comparto) el rechazo que la diáfana (pero en ocasiones demasiado simple) exposición de Verdú ha provocado. Verdú dice novela donde quiere decir literatura. Yo digo escritura no referencial cuando quiero decir literatura. Hablemos de literatura, pues.

Comparto con Vicente Verdú: que la polaridad centro-periferia puede ser útil para explicar el panorama actual de la literatura, y el hecho de centrar el debate en la autonomía de ésta respecto de otras formas de comunicación, o como él lo llama, “el carácter propio y especial de la escritura literaria”. Sobre lo segundo tengo poco que discutirle, pero sobre lo primero bastante.

Verdú parece evocar un criterio socio-económico para establecer la distinción entre centro y periferia, que remite a la distinción entre primer mundo y tercer mundo, herencia de la antigua representación del mundo en imperios, naciones y colonias, en una gradación que se correspondería con un nivel decreciente de actividad intelectual y de capacidad de innovación y transformación cultural. Parece tener en cuenta el proceso de globalización comunicativa mundial, pero no tiene en cuenta que precisamente ese proceso no sólo tiene una fuerza centrífuga que difunde discurso desde el centro hacia la periferia, sino una fuerza centrípeta que mantiene esa periferia ligada al centro y no sólo limita su expansión sino que lo modifica.

En lo que nos ocupa, el cine de autor, pero también los cortos y el cine documental, es la periferia del cine de consumo, pero su existencia limita la expansión de ese centro y lo modifica en la medida en que determinadas innovaciones narrativas se incorporan al cine de consumo. La novela de argumento forma parte del centro del sistema: la cultura de consumo y disfrute inmediato. La literatura autónoma del medio audiovisual es, hoy en día, periférica, pues el centro del sistema lo ocupa aquello que puede ser cuantificado y negociado en términos económicos, en términos, pues, de consumo y mercado. ¿Son cosas del capitalismo o más bien son cosas de la democracia en donde lo más es lo mejor? ¿O es todo uno y lo mismo?

Y las flores crecen en los márgenes del camino, en su periferia, vaya. La literatura culta vive, o debería vivir hoy, en la conciencia de ser periferia del sistema dominante. Y no es casual, por tanto, que se ampare de las estructuras mentales y los géneros considerados hasta ahora periféricos, la poesía y el ensayo. La narración autónoma tiende hacia ellos en la medida en que ya es como ellos: periferia.

Sebald es periférico a la literatura alemana geográficamente, como emigrado, y en cuanto a su ideología literaria que seguramente deriva de su situación marginal en el mundo de la germanística contemporánea. En cuanto a su práctica literaria, baste decir que se ajusta en todo al decálogo establecido por Verdú. Magris también lo es, por triestino y germanista, como Sebald. Ambos reivindican, por ejemplo, la tradición literaria de la Mitteleuropa en el siglo XX: una tradición periférica que ahora deviene central para la comprensión de la literatura en la última década del siglo pasado y lo que llevamos de este. Y Magris no se recataba en afirmar, ya en 1996, que “la literatura defiende la excepción y el desecho contra la norma y las reglas; recuerda que la totalidad del mundo se ha resquebrajado y que ninguna restauración puede fingir la reconstrucción de una imagen armoniosa y unitaria de la realidad, que sería falsa.”, como Sebald en 1997 a propósito de Kafka geht ins Kino [Kafka va al cine], de Hanns Zischler, dice “A diferencia de los germanistas como es debido, cuyas obstinadas investigaciones se convierten regularmente en una parodia de erudición, y a diferencia también de los teóricos de la literatura que ponen a prueba su gran perspicacia en la dificultad de Kafka, Hanns Zischler se limita a hacer un comentario reservado, que nunca trata de ir más allá de su objeto de interés.” Comentario reservado que, aparentemente añado yo, nunca trata de ir más allá de su objeto de interés. Puede ser una excelente definición de la literatura autónoma.

En donde Verdú yerra pues, es, según creo yo, en atribuir al centro una capacidad de innovación y de progresión que, a mi entender, debe situarse en la periferia del sistema, al menos para la literatura. Se verá más claro si ponemos nombres a la literatura de la cual Verdú ha deducido sus reglas, cosa que él mismo ha evitado cuidadosamente para proporcionar al texto un aire preceptivo, como de poética de la narración contemporánea. A los que ya he citado cabría añadir, en castellano, a Vila-Matas, Piglia…

Cabe preguntarse en qué medida el mismo Verdú identifica la literatura que defiende con los autores citados por Vila-Matas en su artículo ¿Una literatura invisible? publicado por La Nación en Buenos Aires. Lo digo porque más de un despistado metió a Pamuk en el saco de la literatura del yo a propósito de Estambul, mera autobiografía frente a la literatura del sujeto referencial o literatura de la voz que nos habla como referente de autoridad del relato y de la reflexión. Precisamente esa multiplicidad de sensibilidades de que nos habla Verdú implica que sólo creamos en la verdad del relato en la medida en que se trate de la verdad de un sujeto que nos la transmita con su propia voz. En todo caso lo trascendente no es la utilización de la primera persona, sino la desaparición de la autoridad inmanente al medio (escrito) y al discurso (dominante) que asociamos tradicionalmente a la tercera persona. Quebrar esa autoridad inmanente parece ser el propósito de las máquinas narrativas y la escritura reglada de Perec y los miembros de OULIPO, por ejemplo. No se trata pues de literatura del yo psicológico o psicoanalítico, sino de la epifanía de la voz como autoridad. Lo que ha desaparecido son los los profetas. Han sobrevivido los intérpretes y los comentaristas. Ahora, más que nunca, el medio es el mensaje, y el medio es la voz. Una de las consecuencias de la reinstauración de la oralidad como consecuencia del papel dominante de los medios audiovisuales.

El problema está en hacer equivalente “minoritario” y “falto de valor artístico” con caduco. Hacer la equivalencia entre el cine de autor y la novela de argumento es un falso silogismo, pues falta una variable que no debería haber escapado a un sociólogo: el público, sus mayorías y minorías. En el centro, el “sistema” consiste, como a Verdú no se le escapa, en el audiovisual como rey de la creación artística, al que todos los demás medios le son subsidiarios, incluidas las novelas “con argumento”, con fantasía o intriga, que precisamente por ello gozan del favor del público. Puede que el cine de autor haya caducado en el centro, aunque de hecho nunca trascendió las minorías, pero desde luego las “novelas de argumento”, “las historias novelescas al aroma del siglo XIX” no han caducado, y sólo hay que echar una ojeada al índice de libros de ficción más vendidos la próxima vez que pasemos por El Corte Inglés. A no ser que admitamos el número de espectadores para proclamar la soberanía del audiovisual pero no el número de lectores para proclamar la buena salud de la novela. El cine reina porque lo ve mucha gente. La novela se muere porque la lee mucha gente. ¿Qué clase de razonamiento es éste? Uno según el cual la cultura popular y la alta cultura tienen criterios de juicio distintos, pero en ese caso no podemos meterlo todo en el mismo saco. Otra cuestión es si la literatura subsidiaria tiene valor artístico, pero en eso también pierde la perspectiva, al centrar el valor de la literatura en el placer, esa engañifa que proclaman las tan erradas campañas de promoción de la lectura. La literatura culta es el espacio de la satisfacción diferida, algo así como la contemplación de la gloria de Dios sólo después y a condición de que se haya atravesado un valle de lágrimas. Es el éxtasis del asceta. Es una putada. Gozosa, pero putada. Y, por tanto, no está al alcance de todo el mundo. Más o menos como dijo Magris, “lo que se dice en el Evangelio a propósito de la palabra de Jesucristo vale también para la literatura: tampoco ésta trae la paz, sino la espada; ha venido a separar al hijo del padre y al hermano de su hermano”. A Verdú le ha faltado ese paso: en lugar de maldecir la placentera pobreza intelectual de la literatura subsidiaria, proclamar la superioridad de la literatura que nos hace mejores a través de un arduo trabajo, y el placer que ello conlleva.

Verdú acierta cuando predica el acercamiento a las formas emergentes de comunicación como premisa, o regla, de la literatura culta, puesto que toda literatura culta que ha merecido ese título de honor en la cultura occidental toma impulso a partir de las formas populares de comunicación (¿habrá que citar El Quijote?), y son ellas las que han conducido al lector desde finales de los 90 por el camino de la ironía y de la “literatura del yo” (es que no me gusta la denominación, pero nos entendemos, vaya), al desplazar los centros tradicionales del poder intelectual y con ello multiplicar las sensibilidades del lector, como proclama Verdú con razón.

¿Y qué decir de las reglas? Que todas me parecen bien, aunque en ocasiones le pierda su afán generalizador. Con todo, mientras leía me asaltaba permanentemente la sensación de lo ya pensado. Verdú llega tarde, y es en ese sentido en el que evocaba los paseos con Roger hace ya algún año: hace tiempo que la literatura culta va por ese camino, afortunadamente. Y si no que se lo pregunte a su reciente compañero de suplemento, Enrique Vila-Matas. Pero es lo que tienen las poéticas, que, al contrario de los manifiestos, siempre van a remolque de lo ya sucedido, y es por ello que funcionan.

Josep Izquierdo | 23 de noviembre de 2007


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