Libro de notas

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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Un Wagner de cañas y barro

Richard Wagner: un desafio furero, titulaba El País el sábado pasado un reportaje sobre El anillo del Nibelungo que prepara el Palau de les Arts de Valencia, bajo la dirección escénica de La Fura dels Baus y musical de Zubin Mehta. La entradilla del artículo deja clara y meridiana la emoción que nos embarga por el hecho de que lo mejor de la alta cultura occidental, tradición wagneriana y modernidad furera, desembarquen por fin en la tierra de las flores, de la luz y del amor. Qué felicidad.

Ni el menor atisbo de distanciamiento. Que se ofrezca un relato mítico y místico del montaje valenciano del Anillo le va como ídem al dedo a quienes deciden, pagan, realizan y cobran el trabajo, ofreciendo así réditos artísticos a quienes no se han quedado, precisamente, sin los económicos; que El País crea que el arte no tiene implicaciones ideológicas y políticas es más grave.

Ya sé, ya sé que la ópera se presta para la elefantiasis económica y visual casi tanto como para el jibarismo intelectual. Que en sus orígenes ambos aspectos estuviesen equilibrados en busca de la “obra de arte total” que unificara música, literatura e imagen la hacen muy adecuada para los tiempos barrocos que vivimos, y para la satisfacción del ansia de disfrute estético y de reconocimiento (o autorepresentación) intelectual y social que padece la clase media-alta occidental. Ahora enfatizamos al artista visual frente a músico y libretista que imperaban en su nacimiento y desarrollo: así somos, qué remedio. Se nos ha programado para sentir por los ojos y por la piel, las fuentes de nuestras emociones tercermilenaristas, y La Fura dels Baus ha hecho de ello su razón empresarial a base de despliegue físico y regodeo audiovisual, “Hay muchas pantallas, televisiones, piscinas, grúas…” dice el bajo finlandés Matti Salminen en el reportaje.

En el caso valenciano los fabulosos beneficios de la especulación inmobiliaria que asola su territorio han producido como efecto secundario la aparición de una clase media-alta económica desesperada no ya por serlo, sino por parecerlo. Todo ello aplicable tanto a nivel individual como colectivo: poderes públicos y movimientos sociales (los de verdad, las masas felices con el proyecto de nuevo estadio del Valencia Club de Fútbol) se lanzan a la carrera (y frecuentemente a las carreras, como la America’s Cup o la pretensión de crear un circuito urbano de F1) por conseguir el reconocimiento público de su estatus: arquitectura calatraviana, artes de prestigio como la Ópera, con contenidos que cromen nuestros cerebrines que todavía no se han acabado de sacudir los grumos fangosos de su pasado agrario con modernidad y tradición incuestionables: La Fura i Wagner. El caso valenciano, lejos de ser único (Lyon ha contratado un director de televisión y cine canadiense para realizar la misma operación), simplemente sigue la tendencia, y por ello sus protagonistas también se ven “engagés”: explorar caminos diferentes podría producir una renta representacional más estable, pero menos cuantiosa y, desde luego, más lenta. Hay que pasar del sainete arrozytartanero a la ópera tan rápidamente como se pasó del campo de naranjas al de golf, y de las alcachofas al yate.

No vayan a creer que, en medio de este despelote del subconsciente colectivo de los valencianos acomodados, Wagner, simplemente, pasaba por ahí y le cazamos a lazo. Nada de eso: este proyecto viene gestándose desde el año 2000. En tanto que personificación y culmen del artista romántico, Wagner encarna los valores en los que dicha clase media se refugia para huir de de su consustancial inestabilidad y de su propio pasado: una metafísica de la renuncia a las vicisitudes de la vida real y una búsqueda de la salvación en el más allá, originalmente cristiano, ahora secularmente artístico aunque igualmente salvífico. Lo que repugnó a Nietzsche reconfortará a nuestros nuevos ricos, que asimilarán la salvación de la humanidad a través del amor que propone El anillo del Nibelungo como la justificación perfecta para desentenderse de las consecuencias de sus actos sobre la tierra. Que el proyecto ideológico y cultural de la derecha valenciana se represente y culmine en Wagner y La Fura es, en si mismo, una magnífica performance que, como pueden leer, paladeo con fruición.

No duden ustedes pues, ni por un momento, que celebro, incluso con alborozo, semejante retablo de las maravillas. El verdadero espectáculo, lo realmente artístico del evento es la alquimia producida entre esa clase social, sus dirigentes políticos y los empresarios artísticos que la cocinan. Lástima no tener los tropecientos euros para la entrada que me proporcionarían la posibilidad de silbar, abuchear y patalear, derecho que el espectador de ópera ha sido el último en perder de entre el resto de las artes escénicas, y que sería suficiente para justificar mi amor por ella. Sólo por eso ya me parecería bien tanto dispendio y tanta autocomplacencia.

Y también es una lástima que no tengamos a mano un Offenbach que retome y haga perdurable tanta vanidad. Si lo hay, le ofrezco unos versitos contrahechos del final del Anillo: “Ni bienes, ni oro, ni pompa de los políticos. / Ni palacios, ni dominios, ni ostentación de los constructores. / Ni la dura ley urbanística de hipócritas costumbres, / ni las caídas de nuestros valores en bolsa / porque tal vez estemos sobrevalorados / Dejad que, en el dolor y en la alegría, exista sólo el humor”. Convendría que fuesen cantados por un doble de Enrique Bañuelos ataviado como Brunilda, en medio del parqué de la bolsa madrileña.

O como dice Salminen, a quien se adivina un pelín harto de tanta parafernalia: “Ya me he muerto, ¿no? Pues me voy”.

Josep Izquierdo | 27 de abril de 2007

Comentarios

  1. Marcos
    2007-04-27 19:51

    Como yo referencié ese reportaje de El País me siento aludido, Josep.

    Lo siento, pero no entiendo bien tu tesis… o sí la entiendo, pero no acabo de encontrar la relación última con la Ópera. Pudiera compartir tus argumentos, pero de ningún modo la devaluación de la ópera que se deja entrever en tu artículo; en este aspecto, lo único que me interesa es si la música de Wagner es buena, si el montaje total (Wagner+Metha+Fura) es un buen espectáculo o no lo es. Y digo esto porque me da la impresión de que la crítica que haces podrías haberla hecho de cualquier otro espectáculo costoso y espectacular pagado por la Generalitat valenciana.

    Saludos

  2. Josep Izquierdo
    2007-04-27 23:55

    Hola Marcos:

    ¿De verdad se aprecia una devaluación de la ópera en mi argumentación? Nada más lejos de mi intención. Lo que me molesta profundamente es el consenso social por el cual el arte, y por tanto también la ópera, es “inocente”: sin intención, sin ideología, sin interacción con el contexto en el que se crea o se actualiza. ¿Por qué no podemos valorar la intención, o, digamoslo claro, la ideologia social y, por ende, cultural, de quien crea, programa o paga, o la del público que acude a verla? ¿Por qué parece estar prohibido preguntarse (y contestarse), con Nietzche, que si bien estéticamente Wagner nunca ha hecho nada mejor, para qué puede o debe servir una música semejante?

    Puede que mis exclamaciones admirativas ante el espectaculo que se nos ofrece (sociedad+políticos+programadores+empresas+espacio físico+Wagner+Mehta+Fura+público asistente+prensa) hayan sonado en exceso irónicas: no lo son. Realmente deseo que se realice ese montaje con esos ingredientes, y realmente deseo asistir. Como también deseo que otros modelos operísticos tengan cabida en el Palau de les Arts: un Offenbach brechtiano, sin ir más lejos.

    Un saludo

  3. Marcos
    2007-04-28 00:19

    De acuerdo… pero sigo sin entender (estaré espeso hoy). ¿Quieres decir que la elección de una obra de arte (y no de otra) para ser representada en un teatro (auditorio, museo, cine…) siempre tiene implicaciones políticas? Si quieres decir eso, estoy de acuerdo en el planteamiento, pero me niego a admitir que su praxis sea efectiva y universalmente política. Quiero decir, que uno puede coger en el video club “Murió con las botas puestas” y no por ello está apoyando (ni denigrando) la opresión de los indios americanos. ¿Decidir el montaje de Wagner es un acto político? Pudiera serlo, claro, pero simplemente en su vertiente de rendimiento de cuentas, o de “chulearse” de traer a Valencia semejante obra, pero nunca desde la recepción: si en algún momento hubo en Wagner una intención política al crear su obra, el tiempo la ha diluído. Creo.

    Saludos.

  4. Josep Izquierdo
    2007-04-28 04:00

    Sí, siempre tiene implicaciones políticas: esas elecciones estan condicionadas (presupuesto, A la primera pregunta, sí, siempre tiene implicaciones políticas: están condicionadas (presupuesto, formato, valoración estética, juicio ideológico, relaciones personales de afinidad o rechazo…) como de hecho está condicionada cualquiera de nuestras elecciones cotidianas. No entiendo políticas como una negación del otro, sin embargo, sino como la constatación de que la vida en sociedad implica ese tipo de interacciones entre las elecciones realizadas en el ámbito público y sus consecuencias en el imaginario colectivo. Insisto en que no me parece mal que suceda, puesto que simplemente es imposible que no suceda: lo que me molesta es que no se hable de ello porque se supone que el arte está por encima del bien y del mal. Naturalmente que podemos abstraernos de ello y realizar una contemplación meramente estética del objeto artístico, pero que no las tomemos en cuenta en un momento dado no implica que no existan. Del mismo modo con la película que elegimos en el video club, solo que en ese caso es más fácil abstraernos de sus implicaciones, que sólo a nosotros competen.

    Decidir el montaje de Wagner es un acto político en la medida en que cualquier acto público es un acto político: pretende conseguir determinados fines sobre la ciudadanía a través de determinados medios. Lo que puede suceder, y de hecho sucede con harta frecuencia, es que sus actores no sean conscientes de las implicaciones de sus decisiones y de sus actos. Es muy posible que quien decide programar El anillo con Mehta y La Fura sólo pretenda “chulearse”, pero ello no borra el resto de implicaciones, y dice bien poco de la capacidad de análisis del programador.

    Sin duda Wagner tuvo una intención política al crear su obra (“Ni palacios, ni dominios, ni ostentación de los amos…”). Aunque tampoco me cabe duda que esa intención se “actualiza” (se transforma) en cada acto de recepción individual y colectivo en función del contexto, y que el receptor puede incluso eliminarla (abstraerse de ella), pues la obra no es sólo su intención política. Creo.

    Saludos muy cordiales

  5. Marcos
    2007-04-28 20:55

    Me temo que ya tenemos varios frentes abiertos y que será difícil por lo tanto responder con coherencia, mesura y claridad. Me centraré en dos:

    1. No sé (imagino que ni yo ni nadie) si la intención de Wagner al crear la Tetralogía era política o era artística: cambiar la ópera de su tiempo, musical y espectacularmente; yo creo que primaba esta intención artística sobre cualquier otra, pero sólo lo creo. En cualquier caso, fíjate por donde se pasaron los nacionalsocialistas sus intenciones políticas…

    2. Supongamos (que dios y mi familia me perdonen) que yo soy un concejal de cultura de un ayuntamiento español; supongamos que estoy elaborando el plantel de actuaciones y espectáculos del año venidero. Supongamos que sé de la producción del trío en cuestión; ¿suponemos que si decido traerlo a mi ayuntamiento estoy tomando una decisión política consciente ajena a sus valores artísticos? ¿Cuál pudiera ser? ¿Sería distinta si decido traer en su lugar a la Caballé con un repertorio de lieds? Obvio aquí, claro está, los significados “ciudadanos” de “política” y me ciño a sus significados “concejiles”, de representación del pueblo.

    Saludos

  6. Josep Izquierdo
    2007-05-01 01:28

    Espero responder de forma coherente, mesurada y clara:

    1. Creo que el centro de nuestra polémica se sitúa en la relación entre arte y sociedad. Arenas movedizas, sin duda, pero considero que es mucho más productivo ensayar formas de atravesarlas, como hacemos tu y yo en este intercambio, que quedarse quieto esperando a que se deseque el pantano para llegar al otro lado.
    2. Entiendo por política cualquier intervención, individual o colectiva, en la sociedad. Lo cual engloba lo que denominamos habitualmente “política”, o sea la forma en que las sociedades intentan encauzar las relaciones sociales y su reglamentación. Creo que esto debe parecerse bastante a tu distinción entre los significados “ciudadanos” y “concejiles” de política.
    3. Sostengo que el arte es uno de las formas de intervención en la vida en sociedad, y que por tanto no hay arte incausado ni sin recepción. No dudo que existan emociones, sentimientos y actos estéticos individuales no promovidos por otros seres humanos, ni transmitidos a otros seres humanos, pero no son arte.
    4. Intento, pues, analizar las causas y consecuencias sociales (que engloba, además de otras, culturales, artísticas y estéticas) de la experiencia artística. Que el artista no las preveyese, o directamente las obviase, no quiere decir que no existan. Y que el receptor no las “lea” tampoco: ni él ni yo somos perfectos, pero pretendo que entre los dos seamos mejores.
    5. Estoy de acuerdo con tu apreciación sobre las intenciones de Wagner; simplemente afirmo que la recepción de su obra en cada momento histórico produce nuevos significados y nuevas interacciones en el seno de la sociedad que la recibe, y que la intención de quien programa a Wagner hoy en día no es cambiar la ópera de nuestro tiempo. Y efectivamente, la utilización nacional-socialista de Wagner me parece un argumento más a mi favor.
    6. En cuanto a tu segundo punto: ajena a sus valores artísticos no. Consciente, depende. Conozco a programadores culturales muy conscientes de las implicaciones de su elección, pero con los que no coincido en absoluto, y otros que dimitieron hace tiempo no ya de la conciencia, sino del puro raciocinio, sin que ello excluya que pueda sonar la flauta por casualidad (aunque no sin causalidad…). ¿Ejemplos de intencionalidad política en la elección del trío? Si se es del PP: apabullar con la capacidad de una administración popular para montar eventos de repercusión internacional, demostrar como eres de moderno trayendo a la Fura, al tiempo que aplacas a tu clientela de gustos más conservadores con Wagner y Mehta… Preferir a Caballé puede indicar una predilección por la pedagogía operística antes que empezar la casa por el tejado, o simplemente que, por catalana, te parece más adecuado para tu clientela nacionalista que una producción del PP, aunque también tenga a catalanes. Puede que todo ello no tenga demasiado que ver con las virtudes estéticas de la obra, pero desde luego sí con su recepción.
    7. ¿Que eso pasa con todo? Ahí quería yo llegar: efectivamente. Puedo hacer el mismo tipo de análisis de cualquier evento artístico, lo cual no implica que los resultados sean los mismos, del mismo modo que una crítica puramente estética según los términos convencionales no tiene por qué ser unánime.
    8. Y para finalizar, creo que flota en el aire la impresión de que he puesto a caer de un burro El anillo del Palau de les Arts porque lo produce y programa una administración del PP. No. Lo que me pregunto es por qué el PP valenciano programa y produce a Wagner, y el PP de Madrid programa y produce en el Teatro Real a José María Sánchez-Verdú y su El viaje de Simorgh y me contesto que tal vez la diferencia se deba, entre otras cosas, a las diferencias en los hábitos y las praxis culturales de las clases medias valencianas y madrileñas.

    Y ya me despido, por si quedaba alguna duda, escuchando Die Walküre, en la versión de Keilberth de 1955 en Bayreuth, y llorando por no poder asistir a su estreno valenciano, programado para hoy.

    Saludos

  7. Marcos
    2007-05-03 19:22

    Perdonarás que haya tardado tanto en responder, pero llevo unos días de ajetreo excesivo.

    Veamos, creo que estamos básicamente de acuerdo, y que nos inquirimos (yo yo lo hago) sobre cosas distintas.

    Yo no dudo de la posible intención “ideológica” (política en tu acepción generalista) de los programadores de ambas óperas. El caso es que no me importa: me importa que su elección produzca placer estético, y es eso lo que quiero juzgar. Tema distinto sería si tu crítica (texto) denunciase que lo programado es un montaje decantado ideológicamente, que convierte la representación “original” en una interpretación “particular”, “sincrónica” e ideológicamente cercana al programador: imaginemos, por ejemplo, que el anillo es representado como un símbolo del PP. Pero yo no veo nada de eso en el texto. Creo que lo que te estoy pidiendo es un ejemplo práctico de por qué el programador valenciano escogió esa ópera y de por qué el programador madrileño escogió otra opción, siendo ambas decisiones políticas.

    Saludos.



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