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Kliong! por Carlos Acevedo

Kliong!, a razón de cada martes, se encargará de desmenuzar el mundo del tebeo y del cómic desde una perspectiva que llama a la rotura y al trompicón. Kliong tiene más que ver con una olla que cae por torpeza que con un arrebato o un golpe, aunque a buen seguro no saldrás sin moratones.

Un trabajo que se dejó contaminar

Uno de los momentos a los que más vuelvo de un tiempo a esta parte lo vi en diferido. Se trata de cuando Chuck Klosterman le pregunta a James Murphy, en el marco de una entrevista que forma parte del documental Shut Up and Play the hits, a qué clase de personas quería gustarle cuando, de jovencito, se hacía el interesante leyendo a Pynchon. Cuál era la audiencia que él esperaba reaccionase al verle leer un libro difícil. Lo que desencadena la pregunta es algo que dejo a tu curiosidad, avispado lector, pero la traigo a colación porque me gustaría señalar que se trata de una pregunta que atesora en su posible respuesta un proyecto que, queriendo, podríamos tener por programático. Me explico: el cómo cada uno responda a esa pregunta le ubica de una determinada manera respecto al funcionamiento de la cultura, de la circulación de sus testimonios. Estoy prácticamente convencido —a no preocuparse; en breve saldré a tomar aire— de que darse el trabajo de responderla con seriedad y responsabilidad podría desencadenar una crisis. Eso es lo que me interesa: el momento exacto en el que al intentar responder a algo no sabes hacerlo precisamente porque aquello que motiva la pregunta se vuelve inestable.

De esa inestabilidad quise hablar en esta columna hace algunos meses, cuando ya la había abandonado, y me encontré releyendo Playground de Berliac. También hace menos tiempo, cuando terminé de leer Spleen de Esteban Hernández. Lo mismo hace un par de días cuando cerraba Potlatch de Marcos Prior y Danide con la certeza de que algo muy importante había ahí, entre tapa y contratapa. También pensé en la inestabilidad cuando Alberto me escribió para formar parte de una despedida. Entonces me pareció sensato intentar explicar por qué Paco Roca había tenido que salir de casa para formular una idea de memoria histórica sumamente atractiva, cuando quise leer su último trabajo comparándolo con obras que recalan en la idea del testimonio directo, de la construcción de ese testimonio; de cómo funciona esa construcción y qué tipo de abordajes nos deja a nosotros, los felices lectores. Abandoné la idea por falta de tiempo y pensé en hablar de lo último de Fontdevilla, quizás lo más interesante que he leído sobre política, sobre las maneras de intervenir en el presente y con ello en el futuro inmediato, ahora que todo es política porque se subraya que es así, que es política, y que se lee de esa manera (política) única y exclusivamente porque es el único protocolo de lectura que se aplica. Al abandonar también esa idea pensé en listar lo más interesante que he leído en el último tiempo y lo único que supe balbucear fueron los cuatro tomos de Frank, a los que vuelvo una y otra vez con una intensidad malsana. También pensé en hablar en las implicaciones que conlleva rescatar determinado tipo de obras, en lo llamativo que resulta que un evento como el GRAF crezca o en que la independencia sea cosa de la crisis y en que cada vez me resulta más incómodo ver al mundillo reírse mutuamente las gracias (si no las riéramos qué sería de nosotros, ai). Una última opción fue defender el acto de escribir gratis y porque sí. Incluso pude abocetar una idea que me gusta mucho: los críticos no saben leer. Pero lo que flotaba en el aire, lo que me movía, era la pregunta de Klosterman y sus variaciones Goldberg.

Es posible, del todo probable, que detrás de la pregunta de a quién querías gustarle cuando leías tal o cual cosa estuviese también la posibilidad de que única y exclusivamente estuvieses aprendiendo a estar solo. Algo así era lo que quería decir, parafraseando a un autor que admiro, pero precisamente esa soledad resulta tan concurrida que se vuelve inestable hasta admitir una última posibilidad: dar las gracias, saludar respetuosamente y volver una y otra vez a la misma pregunta, anterior a la de Klosterman y mucho más inocente: ¿por qué no?

Carlos Acevedo | 20 de diciembre de 2013


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