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Kliong! por Carlos Acevedo

Kliong!, a razón de cada martes, se encargará de desmenuzar el mundo del tebeo y del cómic desde una perspectiva que llama a la rotura y al trompicón. Kliong tiene más que ver con una olla que cae por torpeza que con un arrebato o un golpe, aunque a buen seguro no saldrás sin moratones.

Una cierta tendencia al desbordamiento

Lo que pasa es que le falta entidad”, me interrumpió un amigo. Y entonces supe que aquello que intentaba explicar —por qué una obra no valía ni un ápice del desmedido entusiasmo que la cobijaba— se podía sintetizar así: le falta entidad. Una obra, me dije, entre el mareo de la epifanía y el encuentro con un concepto prístino, ha de tener entidad. Sobre todo entidad, subraye mentalmente, y desde entonces se ha convertido en un baremo inalienable en mi vida como feliz lector.

Desde entonces, la de la entidad es la primera pregunta que me hago al acabar una lectura, básicamente porque la del durante —siempre ajustada a la forma, al cómo— está cubierta con lo que William Gibson, en una entrevista más o menos reciente, sintetizó como celebración del statu quo.

Así las cosas, mi condición de lector y espectador se dirime en esos dos ejes. De la relación entre ambos puedo establecer, por ejemplo, por qué determinado volumen me ha acompañado por cuatro países y en seis ediciones así como puedo advertir por qué una obra me parece bien tan sólo como obra primeriza o por qué no puedo decir nada bueno de otra, a pesar de que sea capaz de reconocer sus logros, a pesar de que perciba en ella la bendita entidad esa que un amigo puso en mi camino.

Si le explico esto, amable y paciente lector, es porque preciso de un punto donde apoyar una declaración que, según se mire, puede resultar caprichosa (que lo es, en último término). Allá voy.

No tengo duda alguna de que, en lo que llevamos de año, los mejores y más interesantes volúmenes realizados por autores españoles son aquellos firmados por Esteban Hernández y Marcos Prior. Me refiero, concretamente, a El Duelo (Ediciones de Ponent, 2012) y a El año de los 4 emperadores (Diábolo ediciones, 2012). Obras que, a pesar de ser asombrosamente disímiles, comparten esos dos valores que considero fundamentales: la entidad y la no celebración del statu quo.

En cuanto a lo primero, basta con dar cuenta de que el trabajo de ambos es hiperconsciente de las características del medio. O, dicho de otra manera, además de la clara y evidente noción de unidad, en ambos volúmenes es posible ver una preocupación que hermana al qué con el cómo. Es decir, un cómo que incorpora una problematización del propio medio. Un cómo que, vaya, es efectivo sólo como historieta.

Desde ahí ver la resolución de planos y de página en El Duelo, o la incorporación de elementos ajenos al medio en el caso de El año de los 4 emperadores, invita a pensar en los diferentes acercamientos que permite el medio.

Ocurre, por ejemplo, que Hernández potencia estructuras habituales al medio para dar con la cuidadísima y sutil tensión narrativa que constituye El Duelo, tensión que supone un avance, casi una mejora, de las propuestas que ha desarrollado en trabajos anteriores. Hernández opera sobre un sustrato narrativo que le permite crear viñetas que ubican y posicionan al lector en distintas perspectivas y miradas, lo cual abunda en un extrañamiento muy similar a aquel en el que suelen estar inmersos sus personajes. El Duelo, en ese sentido, llega a cotas difíciles de sintentizar: Altuna protagoniza un relato sobre lo que implica el extrañamiento ante la misteriosa muerte de un ser (muy) querido sin caer —¡jamás!— en el sentimentalismo o la cursilería. Al contrario: El Duelo está más cerca de ser una comedia (negrísima) sobre las preguntas que genera la misteriosa muerte de un ser (muy) querido que de recrearse en la herida.

Por su parte, Prior parece querer incorporarlo todo a su narrativa. O no. Perdón. Más bien parece querer incorporar todas las posibles narrativas a su trabajo. Desde la charla de bar, hasta el infomercial político con tintes de reality show, desde la enigmística hasta la exposición con power points (!). En ese proceso de incorporación, curiosamente, articula una narración que sólo podría tener lugar en un medio como este. Quicir, que sólo en un medio como este podría gozar de un tempo más o menos detenido y por ello resultar legible y disfrutable. La incorporación de nuevos elementos, en el sentido de que no son tradicionales y que llevan al medio a nuevos lugares, obliga a pensar en categorias propias de disciplinas más consolidadas o con un aparato teórico más asentado y menos tendencioso. Si embargo, en lugar de ponernos de exposiciones y artistas extranjeros, tan sólo es conveniente subrayar que la búsqueda de Prior está tanto fuera como dentro del medio, al menos en cuanto sin aquello que está fuera no podría hacer de lo de dentro un interesantísimo y estimulante campo de recreo.
A partir de la dicotomía del dentro y el fuera también es posible relacionar el trabajo de estos dos autores desde otro punto de vista donde el tempo tiene una particular importancia.

En principio, el tempo de Hernández es difícil de fijar, pues se trata de un tempo de corte cotidiano. Digamos que en lugar de estar por encima de la narración está por debajo, supeditado por aquello que ha de ser narrado y enseñado. Quizá por esto el trabajo de Hernández parece ubicarse, al mismo tiempo, en un pasado remoto o en un futuro cercano. El tempo de El Duelo, en particular, es contingente con ciertas claves de nuestro ahora. Pero lo cierto es que se trata de las claves que nuestro ahora viene arrastrando desde que fueron enunciadas. Pienso, por ejemplo, en los 15 minutos de fama que enunciara Warhol o en los vicios de la representación en televisión que tantas veces han sido acusados desde distintas perspectivas que, dicho sea de paso, son lecturas plausibles a la hora de enfrentar el desenlace de la vida de Altuna, protagonista de este volumen. De esa indefinición temporal y esa conciencia de lo que ha de ser narrado nace el feliz extrañamiento que evoca El Duelo.

Un extrañamiento muy parecido, aunque en absoluto símil, me provoca El año de los cuatro emperadores. Me explico: el extrañamiento de la obra de Prior, que evoca la obra de Prior, tiene que ver con su exagerada contingencia. Prior enuncia un presente absoluto, un hoy a primera hora en toda regla que obliga al lector a posicionarse. El trabajo de Prior, abundante en claves críticas de diferentes disciplinas (Filosofía, Sociología and so on, and so on), es también una puesta en cuestión del presente; de las narrativas que lo conforman y de las ideas que hacen identificables sus fisuras y su irresponsable fatiga. Así las cosas, cabe decir que Prior hace del tempo un componente casi del todo externo, preocupado como está por hablarnos desde prácticamente todos los lugares desde donde se expone un punto de vista y/o se construye realidad. Dicho de otra manera: el trabajo de Prior en ocasiones puede evocar la sensación de miedo y peligro del presente inasible que formulan los medios de comunicación al hablar de, por ejemplo, la prima de riesgo.

He escrito varias veces el palabro ‘extrañamiento’ y eso se debe, básicamente, a que considero que se trata de un estado óptimo para detectar la belleza: dentro del extrañamiento, entendido como una percepción alejada de la automatización y producida precisamente por aquello que se percibe, cabe lo no-utilitario y lo no-funcional, pues en su territorio no es posible celebrar el statu quo. Allí sí caben, por ejemplo, obras que problematizan procesos internos (sean reales o no) y su contaste con la vida cotidiana, como es el caso de El Duelo, como lo externo y contingente, lo que alimenta la alienación nuestra de cada día, como es el caso El año de los 4 emperadores. Dos obras, dicho sea de paso, de extraordinaria belleza y gran entidad.

Carlos Acevedo | 05 de junio de 2012

Comentarios

  1. Alvaro Pons
    2012-06-07 23:27

    Sin duda, dos grandísimos tebeos de los dos autores jóvenes más en forma del actual panorama creativo, con propuestas siempre que obligan al lector a estar a la altura del reto que plantean.



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