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Kliong! por Carlos Acevedo

Kliong!, a razón de cada martes, se encargará de desmenuzar el mundo del tebeo y del cómic desde una perspectiva que llama a la rotura y al trompicón. Kliong tiene más que ver con una olla que cae por torpeza que con un arrebato o un golpe, aunque a buen seguro no saldrás sin moratones.

La belleza convulsa (Parte 3 de 4).

Decía que Almendros exprimía las posibilidades gráficas del medio y que lo complejo sería saber si lo hacía rompiéndolas, destrozándolas, desconociéndolas o ignorándolas. La respuesta, según la ingente cantidad de entrevistas que van apareciendo en interné, obliga a pensar que las desconoce o ignora: Almendros no lee cómics, se vanagloria de no tener influencias propias del medio y afirma que disfruta de narrar, de contar historias. Y que esto, sumado al hecho de que es ilustrador, pues da lugar a que se dedique a la narrativa gráfica y secuencial, a que se exprese mediante historietas y no, por ejemplo, mediante cortometrajes. De ahí, también, puede venir su talante rupturista. Cosa que, si es verdá que desconoce al medio, sería más complejo de conceptualizar pues, ¿cómo se rompe/termina/destroza aquello que se desconoce?

Felipe Almendros empezó su andadura pública con Pony Boy, editado por Glénat en 2006. Allí explora el extrarradio y da con una concepción de la marginalidad muy afín a la cinematografía de Larry Clark o Shane Meadows. Quicir, se vale de la juventú como quién se acoge a lo inmediato y netamente contingente, no justifica un pasado ni propone un futuro al tiempo que indaga en la concepción de la idea de clase, en qué la define y qué tipo de comportamientos limítrofes dibuja y comporta. En ese sentido, cabe destacar que se trata de una aventura de adolescentes, de jóvenes descuidados y dados al desorden. Jóvenes que prefieren los estimulantes antes que las horas sueño y que por esto de ir por la vida haciendo el tonto acaban sumergidos en la tragedia. Lo que viene a ser lo normal, vamos.

Con Pony Boy ocurren dos cosas. Por un lado, hay una intención clara de retratar un un paisaje periférico sin mayores aspavientos, desprejuiciado. Se trata de un relato que no se sostiene en la construcción de arquetipos y de instancias determinantes, sino que lo hace mediante la instauración roblemática común y silvestre, que tiene que ver con la incomodidad del adolescente, que es lo que lo lleva por el camino del exceso y de la búsqueda constante de un lugar confortable. Por el otro, aparece una búsqueda importante a la hora de entender el resto de la producción de Almendros: se trata de la inclusión de elementos que dinamicen la narración, como la aparición de diferentes pantallas que toman la forma de viñetas que, además de contar con un peso y un valor muy logrados en la página, permiten establecer una narración paralela que indaga, con otro tempo y otras características, digamos, más específicas, en la construcción de los personajes, de las circunstancias que les rodean y de aquello que no forma parte de la narración general. Y que, al mismo tiempo, por no formar parte del relato tiende a acotar su alcance, a matizarlo.

A su vez, en Save Our Souls (Apa Apa Cómics, 2009) Almendros propone la totalidad del relato desde una voz también marginal al relato. Una voz que intenta reconstruir un viaje a México que empieza en la obligación y acaba en la errancia. Allí, Almendros empieza a valerse de su propia experiencia como material para su relato y con ello empieza, a su vez, a labrar su manera de apropiarse de la narrativa gráfica, eso que, en otras manos, se llamaría estilo. Es decir, allí comienza a alejarse de las bazas ya establecidas, allí comienza, sin remilgos, a dejar atrás todo lo que propuso en el apartado gráfico de Pony Boy para relatar lo que vivió con ese tipo de personajes en México, enmpieza relatar como su andadura con adolescentes acabó convertida en una obra de largo aliento donde desafía las normas de la narrativa gráfica con un grafismo libérrimo y corrosivo, con unas soluciones que, a pesar de la dificultad que imponen, resultan sumamente eficaces; como las diferencias de trazos, como los matices que evocan el trazo recto/de regla y el nervioso/a mano alzada. Hablo, también, de que la narración esté incorporada al tránsito de las viñetas como una conversación con un amigo mediante un chat, manteniendo los gestos, las derivas que toda conversación conlleva, al tiempo que se permite incluirlo como compañero en esas aventuras que se le hacen difíciles, complicadísimas, dado el carácter cerrado y la incapacidad para relacionarse con el entorno de Felipollas, el protagonista.

Sin embargo, a pesar del cambio de tercio se mantienen dos constantes: por un lado, la dificultad del protagonista para relacionarse con el entorno, y, por el otro, la idea de que el sexo es namás una catarsis. También hay una tercera: la familia desestructurada abordada desde diferentes nociones. Precisamente, el aspecto que (se) resuelve en RIP.

Continuará.

Carlos Acevedo | 03 de enero de 2012


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