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Kliong! por Carlos Acevedo

Kliong!, a razón de cada martes, se encargará de desmenuzar el mundo del tebeo y del cómic desde una perspectiva que llama a la rotura y al trompicón. Kliong tiene más que ver con una olla que cae por torpeza que con un arrebato o un golpe, aunque a buen seguro no saldrás sin moratones.

¿Es posible que una imaginación sea tan detallada?

“No están vivos ni muertos; están desaparecidos” dijo un cabrón con bigote y no mentía, pero sí se equivocaba: la obra de Oesterheld sigue ahí, al alcance del lector curioso. De hecho, apenas se le empieza a extrañar, Hector Germán Oesterheld siempre vuelve, su obra siempre vuelve. Guionista desaparecido junto a buena parte de su familia por un régimen criminal que no se detuvo hasta que envió a los jóvenes al frente como quien los manda a comprar pan, como si fuera un trámite sin riesgo alguno, este argentino hijo de inmigrantes le dió a su escritura compulsiva una línea de continuidad vestida de viñetas y aventuras que no sólo formó a los jóvenes y niños de la mitad del siglo veinte en Argentina sino que, a su modo, renovó lo que hoy entendemos por cómic.

En el estupendo documental que lleva por nombre Imaginadores (Daniela Fiore, 2008) la presunta viuda de Oesterheld, y digo presunta porque la mujer sigue buscando los restos de su marido, afirma que en más de una ocasión le dijo a este emprendedor de la cultura popular que tenía demasiado bagaje cultural para los cómics, para las historietas, para las cosas de críos. “¿Qué hacés, Germán?” Y Oesterheld le respondió que estaba haciendo lo suyo, con lo que le tocaba. Que sí, que era muy culto, que se sabía hombre de letras, pero que antes tenía un compromiso con su época: hacer que los niños leyeran, iniciarlos en la lectura, porque en ahí descansaba la cultura del país y porque si lograba inocular el leer en los niños y jóvenes, él sentía que ya había utilizado su bagaje para algo más que para sí.

Y de esa manera se encerraba y escribía y escribía, planificaba y entregaba guiones a algunos de los dibujantes más gloriosos del cómic mundial (Solano López, Alberto Breccia y Hugo Pratt, por citar tres indiscutibles), cosa que no dejó de hacer siquiera cuando le obligaron a esconderse, cuando una panda de hijosdeputa se hizo con el poder, ni cuando la editorial que formara con su hermano quebró cuando cada casa empezó a estar presidida por la televisión.

Cuando hablamos de Oesterheld no sólo hablamos de un guionista, sino que, más bien, hablamos de un hombre con un proyecto cultural que entre las bazas del cómic de aventuras encontró los mimbres para erigirse como un bastión que merecía pasar por todas las penurias posibles para mantenerse. Y ahí se ha sostenido, así le vemos hoy, indemne al paso del tiempo y pleno de lecturas que aún hoy se alejan de la mera creación de un personaje y de un emporio; porque, repito, hablamos de una labor que veía en la cultura popular la posibilidad de un futuro mejor a partir de la lectura. Porque Oesterheld decide humanizar al cómic para entregarlo como legado a los suyos, por eso lo aleja del ámbito norteamericano; hasta El Eternauta, el norteamericano era el único paisaje posible para las viñetas.

Resulta curioso, con todo esto en la cabeza, releer la preciosa re-edición que la editorial RM ha hecho de El Eternauta; porque exhibe la historia tal cual fue concebida y publicada en la revista Hora Cero Semanal, porque a su modo plantea un viaje en el tiempo y esto aquí puede acabar convirtiéndose en un circo narrativo de tres pistas. Pero más allá de la anécdota, ésta edición nos dice mucho acerca de los modos de operar al establecer un protocolo de lectura determinado; nos habla de cómo la narración por entregas de tres o cuatro páginas prepara para el largo aliento y de como la continuidad, el continuará que en el margen inferior derecho invita a la espera, así como la recapitulación de cada encabezado, llevó a los jóvenes y niños de la época, como señala el mísmismo Negro Fontanarrosa, a comentar de forma contínua y nerviosa la deriva del relato que, en la ficción, el Eternauta, o Juan Salvo, le consignara al propio Oesterheld. Un relato de un futuro cercano que se veía truncado, que acababa en desastre y que, como tal, vaticinaba lo peor.

El afán pedagógico de Oesterheld, su actitud abiertamente militante, que en la segunda entrega de El Eternauta le generó no pocos problemas con Solano López, se inaugura con ésta historia donde más allá de las convenciones de la época, el primer apelo a la nieve que le quita la vida a todo lo que toca es el de radioactivo, se empieza a erigir un nueva tipología de cómic, una que alimenta cuando se apoya en el despiporre de la ciencia ficción de la mitad del siglo veinte para hablarnos de nosotros todos.

Para que luego vengan y nos digan que la madurez del cómic lleva cuatro telediarios.

Carlos Acevedo | 15 de febrero de 2011

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