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Estilo familiar por Arístides Segarra

Arístides Segarra es escritor. Anteriormente ya fue construyendo Estilo familiar en Almacén. Estilo familiar dejó de actualizarse en octubre del 2006.

Reacciones aireadas

Irene debe aprender que, a veces, si no las más de las veces, la verdad se manifiesta en el error, y que incluso el más lerdo y necio de los hombres puede ofrecer la respuesta que a los más sabios les es negada. Es así. Pero también es cierto que en el error no hay mérito, y que aunque los pobres de espíritu posean la llave de la verdad, de nada les sirve, pues no saben ni que existe la cerradura.

Irene se revolcaba en el sofá muerta de risa mientras me oía decir que una reacción aireada debe ser la de una señora ofendida que grita “¡sinvergüenza!” mientras se abanica. O la del marinero que maldice por el precio del gasoil desde la proa de su barco mientras vuelve del Gran Sol. O la de Marilyn Monroe sobre el respiradero del metro, sujetándose la falda con las manos estratégicamente situadas sobre el sexo. Literalmente, reacciones aireadas.

Pero el periodista de Telecinco a quien se lo oí durante las noticias del mediodía ni siquiera sospecha cuánta verdad esconde su error, su necia demostración de dominio lingüístico, su fracasada exhibición de superioridad intelectual, su nada. Y sé que no lo sospecha porque en su seguridad, en su aplomo, percibí la soberbia, ese sudorcillo que emanan quienes creen saberlo todo, quienes no pueden soportar vivir en la incertidumbre, en la duda, en la inquisición constante, en la curiosidad que se autoalimenta. Creen que no cuestionarse nada y saberlo todo es lo mismo, quemando así las etapas que llevan al primero de los pecados con el que el judeocristianismo cargó nuestras almas. Aunque el lector amable crea que Adán y Eva pecaron primero, hubo otro antes más perverso, mucho más peligroso y estéril que la adquisición del libre albedrío con que los primeros padres nos obsequiaron.

Vivimos entre aspirantes a ángel caído. No, no he padecido una sobredosis de “La semilla del diablo”, tuve bastante con verla una vez a los diez años para quedar traumatizado. Ni ninguna de esas patraña que proliferan hoy en día para saciar en los adolescentes el hambre de inseguridad y miedo que necesitan para crecer, y que no encuentran en la muelle vida que les proporcionamos.

Aquí donde me ven ustedes, lectores amables, aquí donde me ves, mi niña, soy un gran amante de esa hermosa fábula que ni siquiera los santos padres permitieron que figurara en el texto canónico de la Biblia. Aunque hay quienes atribuyen su caída al libre albedrío o a la lujuria, prefiero con mucho el orgullo como causa. Si fuese el libre albedrío, Dios hubiese sido un mal guionista, repetitivo hasta ser cansino. Si la lujuria pudiese tentarles, no veo qué les distinguiría de los hombres. Así pues, sólo queda el orgullo.

La vanitas, sí. Esa enfermedad mortal del alma saciada y satisfecha, está detrás de la lectio facilior acomodaticia, perezosa y egoísta, aireada, ahora sí, por el periodista que ha provocado mi reacción, ahora sí, airada.

Para disculpa del errorista, la verdad que encierra su error no podría haberse dado sin él. Sin el periodista y sin el error. Asumió que, en su mundo, en su contexto, toda reacción es pública, toda exaltación difundida, toda pasión secada a la intemperie de nuestras vanidades, de nuestro orgullo. Todas las reacciones son “aireadas”. ¿Qué puede haber de más lógico y propio de los inicios del siglo veintiuno que reacciones “aireadas”? Nada. Porque mi ira, mi santa ira, es más bien atemporal.

Arístides Segarra | 28 de octubre de 2005

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