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Estilo familiar por Arístides Segarra

Arístides Segarra es escritor. Anteriormente ya fue construyendo Estilo familiar en Almacén. Estilo familiar dejó de actualizarse en octubre del 2006.

Mi Londres

A Irene le tengo prometidos dos viajes importantes antes de que abandone la infancia. No debo demorar el momento de hacer planes al respecto, porque Irene crece, tempus irreparabile volat, y por tanto sólo me quedan seis o siete años para realizarlos. Son dos ciudades: la segunda en importancia para mi, aunque, por razones que creo obvias ella la prefiere, es Paris. La primera es Londres. Mi Londres. Visitar ambas conmigo será su tour. Ya. Ya sé que debería esperar a que acabe la universidad, pero la modernidad ha encontrado la forma de democratizar el tour: ahora se llama Erasmus, y espero que para entonces yo, si sigo aquí, ya no le sea necesario.

No lo he comprobado experimentalmente todavía, pero puede que, de las dos, Londres sea la más inhóspita para un niño, así que deberé aplicarme en mis labores de cicerone paterno-filial para extraer de esa ruda y enérgica ciudad los matices necesarios para que mueva sus pasiones.

Aunque dudo mucho que su Londres sea mi Londres. Dudo que mi niña llegue a llorar de pura felicidad escondida entre los pasillos de esa joya de la bibliofilia y de los estudios clásicos, medievales y renacentistas que es el Warburg Institute, al que tan magníficamente le conviene la sobriedad del edificio georgiano de cinco plantas que lo contiene, milagrosamente salvado de los bombardeos nazis durante la segunda Guerra Mundial, que devastaron su entorno. Dudo que Saint Martin in the Fields le proporcione la misma paz de espíritu que a mi, que cada vez que visite Charing Cross crea ver aún el duelo de una ciudad por su Chère Reine, que pase horas en un banco de un viejo cementerio judío que quedó encerrado en un rincón del Queen Mary College, en el East End. Y dudo, aunque lo intentaré, que le embargue la misma emoción que a mí cuando, en mi primer viaje, después de dejar las maletas en la pensión cuáquera en que nos alojábamos, nos acercamos al bar del Russell Hotel y nos emborrachamos con su delirante arquitectura victoriana y con su güisqui.

Son sólo unas pocas imágenes, fragmentarias y deslavazadas, las primeras que me han asaltado en cuanto he sabido de las explosiones en el metro y en el autobús. De nuevo han atacado una ciudad, ¡qué imbéciles! Una ameba sería mejor estratega que ellos. Pero ¿qué se puede esperar de quien organiza un infierno para ganarse el cielo?

Espero que en ese tour, aunque pequeñito y por etapas, cual carrera ciclista homónima, Irene comprenda que la ciudad, la civilización y el progreso humano son indisociables, y que es por ello que quienes quisieran detener el tiempo y abolir la historia las atacan. A las ciudades les debemos, retomando la tradición greco-romana, el proceso continuo de progreso material y social que desde el siglo XII, el siglo de las ciudades, se produjo en occidente. Es contra eso contra lo que apuntan los atentados de Nueva York, de Madrid y de Londres: contra la forma de organización social responsable de la democracia y del progreso científico y técnico.

Arístides Segarra | 08 de julio de 2005

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