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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

Theodoros Papaloukas, el baloncesto en su cabeza

Sería muy sorprendente que Theodoros Papaloukas no emprendiera, ahora que abandona las canchas, una carrera como entrenador. Él, que lleva años diseccionando el baloncesto, siendo una prolongación en la cancha de Giannakis, Ivkovic y, sobre todo, Messina, aguardando en el banquillo durante los primeros minutos de cada partido para analizar la situación y salir con las soluciones en su prodigiosa cabeza. Papaloukas se retira del baloncesto, pero no nos cabe duda de que dentro de poco lo veremos a pie de pista, habiendo cambiado tirantes y pantalón corto por traje y corbata, analizando los partidos como siempre ha hecho, sintiendo una punzada de impotencia por no poder salir al campo a administrar clase y sensatez. El Papaloukas entrenador necesitará un jugador que sea su voz en la cancha, alguien que signifique para él lo que él significó para Messina.

A los 36 años, Papaloukas ha dicho basta. Se retirará al término de esta temporada, cuando finalice la VTB, competición que reúne las ligas de varios países del este y donde el CSKA se encuentra en cuartos de final. Lo anunció al término de la Final Four de Londres. El año pasado sufrió en el Maccabi, relegado por David Blatt a un papel de reparto. Este año volvió al CSKA junto a Ettore Messina, hijos pródigos ambos, pareja ideal, ejemplo inigualable de compenetración durante tanto tiempo, para devolver al CSKA la Euroliga que el año pasado dejaron escapar cuando la tocaban con la punta de los dedos. No pudo ser y Theodoros debió de pensar que ya está bien, que con 36 años ha llegado el momento del adiós.

Papaloukas

El de Papaloukas siempre fue un caso extraño. No es usual que la estrella de un equipo no salte a la cancha nunca en el cinco inicial. Tanto en el CSKA como en el Olympiakos o la selección griega, Papaloukas empezaba el primer cuarto sentado en el banquillo, desde donde estudiaba cómo respiraba el partido antes de pisar el parqué con las ideas claras.

Nunca ha sido Papaloukas un gran anotador. No posee un tiro demoledor ni es un portento físico. Apenas se despega del suelo. No es demasiado rápido ni especialmente fuerte. No tiene nada que a priori le hiciera destacar sobre los demás. Solamente una cosa: una inteligencia superlativa para el baloncesto, una capacidad fuera de lo común para entender el juego, para desentrañar las claves de este deporte. Eso le ha bastado para ser uno de los mejores jugadores continentales de la última década y ser elegido por la FIBA como mejor jugador europeo en 2006, por encima de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. También tiene un tremendo carácter, ganador y a veces problemático. Que se lo pregunten a la afición del Buesa Arena, que nunca olvidó aquel gesto mafioso (el dedo pulgar deslizándose por el cuello en señal de degüello) que dedicó al banquillo vitoriano en un partido de cuartos de final de la Euroliga de 2004.

Fue el Panionios el primer club de la máxima categoría en que militó Papaloukas, entre 1999 y 2001, antes de dar el salto al poderoso Olympiakos. En el club del Pireo sólo estuvo una temporada. Una oferta del CSKA de Moscú le hizo cambiar de aires en 2002. En la capital rusa vivió Papaloukas, entre 2002 y 2008, su mejor etapa, sobre todo a partir de 2005, con la llegada al banquillo de Messina, su media naranja baloncestística, el entrenador con el que llegó a tres finales de Euroliga en tres años, ganando dos y perdiendo una contra el Panathinaikos, y siendo nombrado MVP de la competición en 2007. Fueron años del mejor baloncesto en Moscú, con el italiano dirigiendo desde el banquillo y el griego desde el parqué.

En 2008 los dos cerebros mediterráneos partieron de Moscú. El entrenador, rumbo a Madrid, donde le esperaban más sinsabores que alegrías, y el base de vuelta a casa, al Olympiacos. Ninguno consiguió por su cuenta los éxitos que habían logrado juntos. Este año ambos volvieron a reunirse en Moscú, como en los viejos tiempos, cuando no había nadie mejor que ellos. Seguramente echarían de menos a Smodis, Holden, Pashutin o algún otro de aquel invencible grupo salvaje. Regresaban más veteranos y curtidos ambos; con más partidos en las rodillas uno, con alguna decepción a cuestas el otro. El Olympiacos, el otro club de la vida de Theodoros, les chafó la reunión con una defensa tremenda y una determinación espectacular en las semifinales de la Final Four. Esta vez Papaloukas, fuera de foco, no brilló como antaño. Jugar un papel secundario en una Final Four no debe de ser fácil para quien ha sido el mejor. Quizás eso le ayudó a tomar la determinación.

Se retira el tercer vértice de ese extraordinario trío exterior del baloncesto griego, que formó junto a Diamantidis y Spanoulis. Tres talentos enormes, diferentes y complementarios que llevaron a Grecia a la victoria en el Eurobasket 2005 y derrotaron a los Estados Unidos de Dwayne Wade, Chris Paul y LeBron James en las semifinales del Mundial de Japón en 2006. Difícil será que Grecia, o cualquier otra selección, reúna en el perímetro una tripleta de un talento tan especial. De Diamantidis (33 años) y Spanoulis (30) seguiremos disfrutando aún, quién sabe durante cuánto tiempo. Papaloukas se va, pero soñamos con verlo pronto a pie de pista, muriéndose de ganas de saltar al parqué, botar la pelota con parsimonia y ordenar jugada una vez más.

Javi Martín | 15 de mayo de 2013


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