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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

El día que perico salió tarde

Un extraño revuelo se estaba formando en torno a la plataforma de salida de la etapa prólogo del Tour de 1989. Se trataba de la típica contrarreloj corta, de sólo 7,8 kilómetros, que suele abrir las grandes vueltas, un mero trámite apenas útil para tomar contacto con la carrera y marcar mínimas diferencias de pocos segundos. Los ciclistas iban saliendo con un minuto de lapso entre ellos. El penúltimo en salir, con el maillot del PDM, el irlandés Sean Kelly, lo hizo a las 17:16. Un minuto más tarde debía partir Pedro Delgado, con el maillot amarillo y el número uno a la espalda que acreditaba su victoria en el Tour de 1988. Delgado acababa de ganar la Vuelta a España y era el favorito para lograr victoria en la ronda francesa por segundo año consecutivo.

Sin embargo, 30 segundos después de la partida de Kelly, Delgado aún no había comparecido en la rampa de salida. Instantes de desconcierto. Miradas nerviosas alrededor. Cuando se cumplió un minuto de la salida del irlandés, el reloj echó a andar. Pedro Delgado aún no había dado señales de vida.

El reloj seguía corriendo y el ciclista segoviano no aparecía. Nadie entendía nada. Carlos Vidales, el mecánico del equipo Reynolds, que había estado a su lado pocos minutos antes, se volvía loco buscándolo en las inmediaciones. José Miguel Echávarri se bajaba del coche, nervioso, sin poder creerse lo que estaba viviendo. Los fotógrafos se arremolinaban en torno a la salida.

Los segundos iban cayendo. Un minuto. Minuto y medio. Dos minutos.

Pasados los dos minutos compareció Delgado, con semblante tranquilo, ajeno a todo el trasiego. Todos le gritaban para que se apresurara, pero él parecía más asombrado que otra cosa. El ciclista se subió a la rampa, perdiendo un tiempo innecesario, aún sin terminar de entender a qué venía tanto alboroto. Cuando al fin rodó sobre el asfalto ya se había percatado de todo.

Habían pasado 2 minutos y 40 segundos.

No hizo mala contrarreloj Perico, invirtiendo solamente 14 segundos más que Breukink, el ganador, en completar el recorrido. Pero los 2 min 40 s pesaban como una losa y salió del primer día último en la general, a 2 min 54 s del líder holandés. Su rostro al cruzar la meta era un poema. Se habló de que Delgado se había perdido por las calles de Luxemburgo. La realidad, como él mismo se encargó después de aclarar, es que, a falta de unos minutos para su salida, decidió calentar en su bicicleta por los alrededores y perdió la noción del tiempo. Se cruzó con el ciclista francés Thierry Marie, que ya había completado el recorrido, y éste le estuvo comentando detalles del mismo. Cuando volvió a la línea de salida, convencido de que iba sobrado de tiempo, se encontró la escena comentada.

Delgado ya nos tenía acostumbrados a su ciclotimia. Un día asombraba al mundo bajando el Peyresourde y otro sufría una pájara y perdía 25 minutos. Un día se dejaba una minutada contra el reloj y al otro recuperaba con una prodigiosa exhibición en las cumbres pirenaicas o alpinas. Perico era así y así había que aceptarlo. Pero lo de Luxemburgo resultaba excesivo hasta para él. Y lo peor estaba por venir.

Al día siguiente se disputaban dos sectores. Por la mañana, un trazado en ruta; por la tarde, una contrarreloj por equipos de 46 kilómetros. En la prueba matinal, Delgado atacó al afrontar un repecho. Fue una muestra de orgullo y coraje, pero un gasto de fuerzas inútil, quizás poco inteligente. En la contrarreloj de la tarde, el Reynolds empezó bien, marcando unos tiempos correctos hasta el kilómetro 30. Pero a falta de 15 kilómetros a Perico se le vino todo encima: la tensión de las últimas 24 horas, la falta de sueño de la noche anterior, el gasto inútil en la prueba matinal. El segoviano era incapaz de seguir el ritmo del resto del equipo. Hundido física y moralmente, Delgado se quedaba una y otra vez y sus compañeros tenían que disminuir la marcha para esperarlo. Los últimos kilómetros fueron una agonía. El Reynolds marcó el último tiempo en la prueba, a 4 minutos y 32 segundos del vencedor, el Super U de Laurent Fignon.

El ganador del Tour de 1988 salía del primer fin de semana con casi 10 minutos de retraso con respecto al líder, el portugués Da Silva, vencedor del sector matinal. Los principales favoritos estaban todos por encima de los 6 minutos. 7 min 20 s separaban a Delgado de Fignon y seis minutos y medio de Lemond y Kelly. Charly Mottet, Andrew Hampsten y Steven Rooks estaban a poco más de 6. La carrera estaba perdida cuando casi no había echado a rodar.

Perico

El resto del Tour fue para Perico un desesperado intento por recortar distancias, una esquizofrénica carrera a la contra donde cualquier día era bueno para arañar unos segundos, cualquier repecho, por nimio que fuera, era apto para atacar y cualquier aliado coyuntural era adecuado. En Cauterets atacó y redujo 30 segundos. Camino de Superbagneres, con el Tourmalet de por medio, se escapó junto a Mottet y Millar para recortar tres minutos y medio a Lemond y Fignon. Unos segundos más en la contrarreloj de Orcieres Merlette. En las rampas de Alpe d’Huez se marchó junto a Fignon y le quitó 1 min 20 s al norteamericano. Pedro Delgado se convirtió en el gran animador de la carrera, en el tercero en discordia entre el arisco Fignon y el chuparruedas Lemond.

Todo fue inútil. No había Tour suficiente para tanta remontada. Delgado terminó tercero, a 3 minutos y 34 segundos de Lemond, que ganó el Tour a Fignon por 8 segundos en la famosa contrarreloj final de París. Aun descontando el tiempo perdido por el despiste de Luxemburgo, no habría ganado aquel Tour. Pero si tenemos en cuenta la terrible pájara sufrida en la contrarreloj por equipos… mejor no pensarlo.

Entonces todos imaginamos que habría más ocasiones. Delgado tenía sólo 29 años, al fin y al cabo. Al año siguiente, una inoportuna colitis lo dejó fuera de combate. En 1991, Indurain se escapó con Chiapucci bajando el Tourmalet y Delgado se convirtió en gregario de lujo. Ya saben lo que pasó después.

Javi Martín | 15 de marzo de 2013


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