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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

Tres segundos

Tres segundos. Un tiempo muy corto, apenas un instante, que en ocasiones se puede hacer eterno. El tiempo que transcurre mientras el balón golpeado por un futbolista ceutí afincado en Zaragoza surca el cielo de París en una parábola que busca la portería defendida por un inglés bigotudo. Tres segundos en los que una ciudad entera y buena parte de un país contienen el aliento. Tres segundos eternos, inolvidables.

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Pero para llegar a esos tres segundos tuvieron que pasar antes algunas cosas. Un club tuvo que confiar en un entrenador novel, un chaval más joven que algunos de los jugadores bajo su mando. Víctor Fernández tenía solamente 30 años cuando fue requerido para ocupar el banquillo del Real Zaragoza en marzo de 1991, en sustitución del uruguayo Ildo Maneiro, con el equipo coqueteando con el descenso. Víctor entrenaba entonces al Aragón, filial zaragocista, y había sido segundo de Radomir Antic durante su estancia en el equipo maño. Nadie podía sospechar entonces que con esa decisión se iniciaba una etapa dorada que culminaría una noche de mayo en París, cuatro años después. Lo que parecía el típico parche de la casa, un recurso de urgencia, terminó en idilio.

En su primera temporada completa, Víctor logró la clasificación para la Copa de la UEFA. Al año siguiente, el Zaragoza jugó la final de la Copa del Rey, cayendo ante el Real Madrid. Pero fue en la temporada 1993/94 cuando el equipo se asentó definitivamente en la élite del fútbol nacional, maravillando con su ágil fútbol de toque. El Zaragoza se volvió a colar en la final de la Copa, esta vez para ganarla. El Celta de Vigo fue el rival, en un partido sin goles que se decidió en la tanda de penaltis. Alejo marró el quinto lanzamiento y el gol de Higuera dio el título al Zaragoza. La tercera posición en la Liga, solamente por detrás del Dream Team de Cruyff y el Súper Depor, redondeó una temporada fantástica.

En tres años, Víctor había logrado montar un gran equipo, atractivo y competitivo. En la portería estaba el veterano Andoni Cedrún. Los laterales eran Belsué y el exmadridista Solana, con Aguado y el argentino Cáceres como fiable pareja de centrales. Santi Aragón era el eje del centro del campo, el arquitecto del juego. Nayim, Poyet y Pardeza completaban el rombo de la medular. Los dos últimos eran delanteros reconvertidos. El uruguayo se convirtió en un llegador imponente desde segunda línea y el integrante de la Quinta del Buitre encontró en Zaragoza la tranquilidad y los minutos que le habían sido esquivos en el Madrid. El ataque lo formaban Paquete Higuera y Juan Eduardo Esnáider, otro descarte madridista. García Sanjuán, Óscar o Gay eran los recambios habituales de un once que cualquier zaragocista recita de carrerilla.

Si la Copa de 1994 había sido un éxito, la siguiente temporada supuso la culminación. El Zaragoza se plantó en la final de la Recopa, dejando en el camino a Feyenoord y Chelsea. Era la primera final europea desde que en los años 60 jugara dos de la Copa de Ferias con el inolvidable equipo de los Magníficos. Entonces ganó la de 1964 al Valencia y perdió la de 1966 contra el Barça. Habían pasado casi treinta años de aquello. Enfrente estaba el Arsenal de Seaman, Tony Adams, Ian Wright y Parlour, un equipo entrenado por el escocés Stewart Houston, sustituto accidental de George Graham, despedido en febrero por cobrar comisiones ilegales de fichajes. El equipo inglés defendía titulo, tras haber logrado la Recopa de 1994, derrotando en la final al Parma. Era aquel Arsenal un equipo sólido y correoso, de fútbol directo, al más puro estilo del clásico fútbol inglés. Aún no había aterrizado en el banquillo gunner Wenger, que llegaría a Londres en 1996 para cambiar para siempre la historia del club.

Aquella noche París fue una fiesta, con las dos hinchadas que atestaban el Parque de los Príncipes animando sin descanso, adornando una jornada inolvidable. Los dos equipos respondieron con más fe que fútbol elaborado, como mandan los cánones de las finales. Esnáider adelantó al Zaragoza mediado el segundo tiempo y Hartson equilibró el marcador poco después. La final se encaminó hacia la prórroga. No cabía más emoción.

Con el tiempo suplementario casi cumplido, cuando todos daban por inevitable la incierta tanda de penaltis, Nayim recogió un balón rebotado en el centro del campo, escorado a la derecha, unos metros dentro del campo inglés. El ceutí levantó la vista, vio al meta Seaman un poco adelantado y, sin pensárselo, golpeó la pelota, que trazó una parábola interminable. Fueron los tres segundos más largos de la historia del zaragocismo. Tres segundos durante los cuales algunos viejos aficionados quizás vieran pasar por su mente, a modo de película, estampas del pasado: el gol de Rubén Sosa en la Copa del 86, los Zaraguayos de los años 70, el Zaragoza de Los Magníficos que jugó cuatro finales de Copa con la mítica delantera formada por Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Tres segundos de expectación, anhelo y esperanza. Y al cabo de esos tres segundos, algo parecido a la felicidad.

Javi Martín | 15 de febrero de 2013

Comentarios

  1. Jander
    2013-02-16 09:51

    Aquello fue grandioso, por el gol, por el momento del partido y por que un equipo pequeño lograse un título europeo.

    Gracias por recordárnoslo.



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