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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

Cuando no pasábamos de cuartos

Puede parecer que fue hace mucho, pero hace sólo un lustro España era un país de segunda fila en el concierto futbolístico internacional de selecciones. No hace tanto que afrontábamos cada competición con una mezcla de ilusión y escepticismo, conscientes de que muy probablemente los cuartos de final volverían a ser la eliminatoria maldita, el muro infranqueable una vez más. Tal era la desconfianza, rayana en la mofa, que una gran superficie de electrodomésticos decidió hacer un descuento si España superaba los cuartos de final. Probablemente un niño de diez años, que ha crecido en el ciclo triunfal iniciado en 2008 y no ha conocido más que victoria tras victoria, no pueda entender el complejo con el que otras generaciones crecimos.

Esto de los cuartos comenzó en el Mundial de México, en 1986. Dos años antes, España había logrado su mayor éxito desde que en 1964 la cabeza de Marcelino consiguiera la Eurocopa en el Bernabéu ante la Unión Soviética. Otro cabezazo, el de Maceda contra Alemania, cuando el árbitro estaba a punto de llevarse el silbato a la boca para pitar el final del partido, condujo a España a las semifinales de la Eurocopa en 1984. Arconada fue el héroe esas semifinales al parar todo lo parable, y casi lo imparable, a los delanteros daneses, pero en la final se le escurrió el balón tras el saque de una falta que había botado Platini sin excesiva mala baba. Desde entonces a Arconada se le recuerda más por ese fallo que por sus múltiples paradas. Nadie dijo que el fútbol fuera justo.

Ir más atrás en el tiempo, hasta el Mundial organizado en casa en 1982, ya es hacer sangre de forma innecesaria, así que dejémoslo. Además, aquí hemos venido a hablar de los cuartos. Volvamos a México.

Aquel Mundial empezó regular, con un gol fantasma de Míchel que el colegiado no otorgó, y terminó mal, fatal. Al partido de cuartos contra Bélgica, España llegó tras golear en Querétaro a Dinamarca por 5-1, la noche que Butragueño se consagró como estrella mundial, al marcar cuatro goles. En realidad, como él mismo ha reconocido en alguna ocasión, ese no fue el mejor partido de la carrera de Butragueño. Tampoco fue tan buen partido de España, que se vio dominada durante el primer tiempo y tuvo la suerte de empatar al borde del descanso en un error de bulto de la zaga danesa, pero lo diremos en voz baja; a las leyendas conviene dejarlas estar.

Entre la goleada a Dinamarca, revelación de la primera fase mundialista, y que el equipo belga tampoco asustaba en exceso, pese a contar con Pfaff, Ceulemans y Scifo, España se plantaba en cuartos como favorita. Pero Bélgica marcó pronto y el equipo de Miguel Muñoz fue siempre a remolque, empatando Señor a poco del final del encuentro. La prórroga sin goles desembocó en una tanda de penaltis donde ya se sabe lo que pasó: todos marcaron salvo Eloy Olalla, el menudo delantero del Sporting de Gijón, que había saltado al campo en el segundo tiempo. Un fallo que, como a Arconada, le perseguiría de por vida. El mismo día que Maradona dejaba el pasto sembrado de jugadores ingleses para marcar el mejor gol de la historia de los Mundiales, nacía la maldición de los cuartos que había de perseguir a España durante más de dos décadas.

En el siguiente Mundial, Italia 90, ni siquiera se alcanzaron los cuartos. Un lanzamiento de falta de Stojkovic, con la cabeza de Míchel encogiéndose mientras el balón volaba, nos mandó a casa en octavos de final. Fue en 1994, en Estados Unidos, donde empezó a consolidarse la maldición. Allí España tenía un equipo, con Clemente al mando, que mezclaba solidez y talento. Estaban Nadal, Alkorta y Abelardo, pero también Hierro, Guardiola, Caminero y el mejor Julen Guerrero, el de los 18 años. El cruce en cuartos fue contra la Italia del excepcional Roberto Baggio, y allí hubo que recurrir a la frase que sería una constante en años venideros: jugamos como nunca y perdimos como siempre. Aquel partido tuvo de todo, pero podemos resumirlo en un mano a mano que Pagliuca paró a Salinas, una nariz rota de Luis Enrique y un mano a mano donde Baggio superó a Zubizarreta.

Dos años más tarde, en la Euro 96, la leyenda terminó de coger cuerpo. El rival entonces en la ronda fatal fue la anfitriona Inglaterra y, aunque España lo intentó y fue superior durante la mayor parte del partido, ningún equipo fue capaz de marcar durante los 120 minutos. En la tanda de penaltis, Hierro y Nadal escribieron su nombre junto al de Eloy, dejando aún un par de huecos para lo que estaba por llegar.

El ridículo en la primera fase del Mundial 98 impidió sufrir una nueva derrota en cuartos, pero dos años después, en la Euro 2000, un nuevo penalti — esta vez Raúl —, mandado a las nubes ahondaba en la herida. A esas alturas, lo de los cuartos ya empezaba a ser algo más que una asignatura pendiente.

Muchas esperanzas había fijadas en el Mundial 2002. El equipo entrenado por Camacho había realizado una notable fase de preparación y el plantel contaba con la veteranía de Hierro, la madurez de Mendieta, Helguera, Morientes y Raúl, más la juventud de Casillas, Valerón, Puyol y el pujante Joaquín. Costaba ocultar la satisfacción cuando el cuadro emparejó a España y Corea en cuartos. La selección entrenada por Hiddink ya había llegado suficientemente lejos y su supuesta ventaja por ser anfitriones quedaba sobradamente compensada por la gran diferencia de talento entre las dos escuadras. Además, la maldición de los penaltis ya había quedado conjurada en octavos contra Irlanda, con un enorme Casillas. Sin embargo, España no fue capaz de marcar en 120 minutos y en la tanda de penaltis se repitió la historia de México e Inglaterra, con Joaquín como triste protagonista. Otra vez los cuartos, otra vez los penaltis.

El de Corea fue, estrictamente hablando, el último capítulo de la maldición de los cuartos de final. En la Eurocopa de 2004 ni siquiera se pasó de la primera fase, mientras que, en el Mundial de 2006, España cayó en octavos ante Francia el día que al diario Marca se le ocurrió jubilar a Zidane anticipadamente. En aquella selección de Luis Aragonés ya existía el embrión de lo que acabaría cuajando un par de años después, pero aún inmaduro y poco definido. Todo lo contrario que la veterana Francia de Zidane, Thuram, Makelele, Henry y Vieira, un equipo veterano y curtido. Aquel día perdimos como siempre, pero no jugamos como nunca. Eso vendría después. Lo segundo, quiero decir; de lo primero apenas volvería a haber noticias.

Y llegamos a la Eurocopa de 2008. Otra vez Italia en cuartos, como en el 94; otra vez la tanda de penaltis, como en el 86, el 96 y el 2002. Nada que ver, sin embargo. Güiza coqueteó por un momento con los fantasmas de Eloy y Joaquín, pero Cesc Fàbregas los desterró lejos para siempre de un zapatazo.

Ahora que somos los mejores, los más guapos y elegantes, ahora que todos nos envidian, no viene mal mirar atrás, sólo un instante. Conozco gente a la que le cuesta disfrutar de la victoria y echa de menos aquello. Añoran los tiempos en que éramos unos simpáticos perdedores, eternos aspirantes a todo y ganadores de nada. La nostalgia puede ser muy canalla, puede hacernos creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque fuera objetivamente peor. Disfrutemos de Eurocopas y Mundiales porque llegará el día, seguro que no muy lejano, en que volveremos a no pasar de cuartos. Y entonces la nostalgia volverá cargada de razones.

Javi Martín | 15 de enero de 2013

Comentarios

  1. Rafa Iriarte
    2013-01-24 03:12

    La culpa la tiene Cardeñosa. Él abrió el camino que siguieron Julio Salinas y los aquí citados.



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