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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

Cuando el Atlético de Madrid metía canastas

A caballo entre los ochenta y los noventa, el baloncesto aún era un deporte de moda, aprovechando los últimos rescoldos del ardor ochentero que, impulsado por los éxitos de la selección española, había llegado a convertir los triples y los tiros libres en seria alternativa a los penaltis y los córners. Eran tiempos de proliferación de canastas en patios de colegio y de carruseles baloncestísticos radiofónicos los sábados por la tarde. Los niños soñaban con emular los triples de Epi y los contraataques de Iturriaga tanto como los goles de Butragueño. Jesús Gil y Gil había llegado en 1987 a la presidencia del Atlético de Madrid, con Paolo Futre bajo el brazo, y en un par de años destituyendo y contratando a entrenadores como si no hubiera un mañana no habían brotado los frutos deseados en forma de títulos. Fue entonces cuando se encaprichó del nuevo juguete de moda. Aunque los conocimientos de Gil sobre baloncesto no iban más allá de saber que había que meter una pelota por un aro, el presidente rojiblanco decidió que su club tendría una sección de baloncesto.

Construir un equipo desde abajo, ascendiendo categoría a categoría, año a año, con paciencia y tesón, no era una opción para el impaciente Gil. El primer intento, en 1989, fue comprar la plaza del CB Oviedo, que jugaba en Primera División, la segunda categoría del basket español. El objetivo era conseguir cuanto antes el ascenso a la Liga ACB, pero aquel equipo, entrenado por Mateo Quiros y comandado por el americano Terence Rayford y el veterano Quino Salvo, se estrelló estrepitosamente y descendió a Segunda División, tras caer en el playoff ante el Lagisa Gijón.

El camino del ascenso resultaba demasiado tortuoso. Era preciso abreviar trámites. Así lo entendió Gil, que en el verano de 1990 llegó a un acuerdo con el club de baloncesto de Collado Villalba, una localidad de la sierra madrileña situada a 39 kilómetros de la capital. El CB Collado Villalba militaba en la ACB y pasaba por dificultades económicas tras el abandono de su patrocinador, el BBV. La idea era montar un conjunto que se mantuviera sin problemas en la máxima categoría y que pudiera pelear, más a corto que a medio plazo, si no con los dos grandes gigantes, Madrid y Barcelona, sí con los que estaban un escalón por debajo: Joventut de Badalona, Estudiantes o CAI Zaragoza. Acababa de nacer el Atlético de Madrid Villalba.

El intento de Gil por montar una sección del Atlético para el deporte de la canasta no era el primero de la historia. Hay que remontarse hasta 1922 para rastrear las primeras huellas baloncestísticas del club rojiblanco, aunque la iniciativa apenas duró un año. Posteriores intentos, en las décadas de los 30, 40 y 50 tampoco terminaron de arraigar. La última tentativa se había producido en 1983, cuando el Atlético se asoció con el Fortuna, club que militaba en Primera B. Deportivamente, la campaña fue un éxito, con el logro del ascenso a la ACB, pero al término de la temporada la directiva de Vicente Calderón disolvió la sección por motivos económicos.

Parecía, sin embargo, que en 1990 la cosa iba en serio. Aunque con Gil nunca se sabía, daba la impresión de que estaba decidido a que la nueva aventura no fuera fuera flor de un día. Para ello resolvió armar un plantel competitivo, manteniendo el bloque de jugadores nacionales que ya militaban en el CB Villalba (Ruiz Paz, Carlos Gil, Rementería, Antón Soler, Gorroño), reforzando el equipo con algún hombre solvente con pasado ACB (Javier García Coll) y culminando el proyecto con una rutilante pareja de estrellas americanas que marcaran la diferencia: Shelton Jones y Walter Berry.

Ambos americanos se conocían bien, pues habían coincidido en la Universidad de St John’s de Nueva York, donde Berry había sido una auténtica estrella juvenil, obteniendo la distinción de mejor jugador universitario en 1986. Sin embargo, ninguno de los dos terminó de cuajar en la NBA. Berry tuvo un par de buenos años en San Antonio antes de que Larry Brown llegara al banquillo y le enseñara la puerta de salida. Jones jugó en tres equipos la temporada de su debut, aunque su mayor logro fue quedar cuarto en el concurso de mates del All Star de 1989. Ese mismo año los dos jugadores cruzaron el océano en busca de oportunidades. Walter Berry se convirtió en una de las estrellas de la Lega en las filas del Paini Napoli, mientras Jones utilizaba el Levallois de París como escaparate para el baloncesto europeo.

Quinta

No había duda de que dos estrellas como Shelton Jones y Walter Berry era lo que el Atlético necesitaba para dar espectáculo, arrastrar aficionados y afianzarse en la ACB, así que Gil les realizó sendas ofertas irrechazables. 120 millones de pesetas para Jones y 180 para Berry fueron las cifras que se barajaron en su día.

La táctica del equipo que entrenaba Clifford Luyk era simple. Ruíz Paz o Gil subían el balón, se lo pasaban a Berry o Jones y éstos se la jugaban. Dicho así puede resultar exagerado, pero los números no mienten. En el primer partido de Liga, disputado contra el Pamesa Valencia, con Walter Berry lesionado por un esguince de tobillo, Jones arrancó en plan estelar. Con sus gafas a lo Kareem, encestó 41 de los 71 de su equipo y recogió 14 rebotes. En el siguiente partido se fue hasta los 36 puntos contra el DYC Breogán. Walter Berry debutó en la jornada 4, frente al Real Madrid. La derrota ante los madridistas (99-107), en un emocionante partido que necesitó una prórroga para decidirse, no impidió que Berry diera una auténtica exhibición que aún recuerdan los presentes aquel día en el Polideportivo Municipal de Collado Villalba y los que lo vieron por TVE. 52 puntos y 15 rebotes fueron los números del americano aquella mágica noche. Jesús Gil se frotaba las manos.

Pese a ser un anotador impenitente, Berry no era un gran tirador. Tenía una aceptable muñeca desde media distancia, pero su punto fuerte era, sin lugar a dudas, la penetración a canasta, donde su potencia y habilidad lo hacían imparable. Poseedor de un reverso prácticamente indefendible, la mayoría de sus puntos los conseguía en las inmediaciones del aro; de ahí sus altísimos porcentajes.

El caso es que, a pesar de que Berry seguía dando exhibiciones (40 puntos al Estudiantes y al Huesca La Magia, 36 al Montigalá Joventut, 38 al Taugrés), el equipo no terminaba de arrancar. La entrada de Walter en el equipo había supuesto pérdida de protagonismo de Shelton Jones, que no se terminaba de adaptar a su rol secundario. Las características demasiado similares de los dos jugadores tampoco ayudaban. Tras la derrota en casa frente al Joventut en la novena jornada, Gil aplicó la receta futbolera y prescindió de los servicios del entrenador, Clifford Luyk. El equipo había ganado solamente 2 de los primeros 9 encuentros.

Con el norteamericano Tim Shea en el banquillo, el Atlético fue paulatinamente cogiendo confianza y las victorias llegaron. En enero, Shelton Jones fue apartado del equipo. Sus celos hacia Berry iban en aumento y la incompatibilidad entre ambos se hacía cada vez más patente. En aquellos tiempos —y aún hoy sigue siendo así—, al baloncesto se jugaba con un solo balón. Su sustituto fue Howard Wright, un pívot serio y cumplidor, con un perfil mucho más gris, pero cuya labor se adaptaba más a lo que requería el equipo. Lejos de quitar protagonismo a Berry, su presencia serviría para abrir huecos que el astro norteamericano podría aprovechar.

El Atlético de Madrid Villalba, con Berry de estrella absoluta (promedió 33 puntos y 11,7 rebotes), terminó la temporada regular como quinto clasificado del grupo impar (aquel año la competición se dividió en dos grupos: par e impar), logrando el objetivo de clasificarse para los playoffs por el título. En octavos de final se enfrentaron al Valvi Girona de Quim Costa y Margall, con Alfred Julbe en el banquillo, al que derrotaron en dos partidos. En cuartos, el Joventut de Lolo Sáinz, a la postre campeón, fue un hueso demasiado duro y el Atlético terminó su temporada con la clasificación para la Copa Korac del año siguiente y la satisfacción del objetivo cumplido.

En el verano de 1991, desavenencias de Jesús Gil con el club y el alcalde de Villalba provocaron que el presidente atlético abandonara la nave, después de amenazar con llevarse el equipo a Marbella. El juguete le había durado un año. Así era Gil. Ya sin patrocinio atlético y sin Walter Berry, que se marchó al Aris de Salónica, el Collado Villalba afrontó la temporada 1991/92, cayendo en la segunda ronda de la Copa Korac ante el Iraklis griego y quedando en último lugar en la temporada regular Liga ACB. Aunque consiguió la permanencia en el playoff contra el Gran Canaria, el club, ahogado económicamente, terminó desapareciendo ese verano de 1992. Desde entonces no se ha vuelto a ver baloncesto ACB en la localidad de Collado Villalba. Desde entonces el Atlético de Madrid no ha vuelto a meter canastas.

Javi Martín | 15 de noviembre de 2012


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