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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Experiencias Esper Stadie Cable Utilizantes

El matrimonio de Dwain Esper y Hildergarde Stadie es uno de los asuntos que más vienen a mi cabeza ante los desesperados intentos de los canales de cable de encontrar nuevas formas de lograr audiencia.

Esper y Stadie se conocieron a finales de la década de los ’10 y para 1920 ya se habían casado. Él era un próspero constructor, ella una mujer creativa. Juntos tuvieron dos niños y, a continuación del Crack de 1929, también varios deudores, uno de los cuales les tuvo que pagar con su propiedad, un laboratorio de película. Ahí fue cuando a Esper se le ocurrió dar al salto al mundo del cine, acompañado por su mujer. Ella escribiría los guiones, él dirigiría las películas, él se encargaría de la distribución y ella de los trámites administrativos; es decir, a pelearse con la Motion Picture Producers and Distributors of America (MPPDA) y el famoso Código Hays que su presidente, William H. Hays, había instaurado.

La forma en que decidieron arrojarse al mundo del cine fue buscando las vueltas al código para proporcionar un entretenimiento sensacionalista que se colara por los resquicios del Código. Mostrarían películas sobre los peligros y problemas de diversas lacras, llenos de imágenes explícitas y chocantes, todo desde el escudo de lo educativo.

Desde la primera película, antes habían hecho un corto sobre los fumaderos de opio de Egipto, llamada The Seventh Commandment (1932) y que fue considerada por Joseph Breen, director del Production Code Administration entre 1934 y 1954, como “La película más meticulosamente vil y desagradable que jamás he visto”; lamentablemente la película está ahora desparecida pero quedan las opiniones sobre ella y algunos comentarios en prensa y libros —Sin ir muy lejos, en Hollywood Babilonia y otras fuentes documentadas por Eric Schaefer para su libro Bold! Daring! Shocking! — hablan de esta obra que pretendía educar sobre la necesidad de higiene sexual y los peligros del adulterio hablando de una mujer que pillaba sífilis y se la pegaba a su marido. Entre las imágenes presentadas estaba un primer plano de la enfermedad avanzada o una cesárea realizada a una moribunda. Algunos críticos señalaban la inclusión de material ajeno introducido bien por su valor revulsivo o por reforzar el flojo e inepto propio.

La ineptitud de Esper como realizador se sumaba a los delirantes guiones de Stadie, algunos de los cuales tienen trazas autobiográficas, como el de su siguiente obra, Narcotic (1933), denuncia de los males de las drogas en general y el opio en particular, basado en parte en el tío de Hildegarde que había viajado con ella por todo Estados Unidos vendiendo un bebedizo milagroso, el Tiger Fat, para el que empleaba cuando aún no era ni adolescente a su propia sobrina, desnuda y con una serpiente enroscada en su cuerpecito. Unos antecedentes que ayudarían al matrimonio a decidirse por una vida nómada.

Dada la general incompetencia de Dwain para dirigir y lo escabroso de los temas, no digamos ya la tendencia a coger material de otras películas e insertarlas en las propias, pronto se quedaron fuera de los circuitos tradicionales. No solo las grandes cadenas de cines no proyectaban sus películas, también muchas de la de la serie B las rechazaban. Pero no todos los cines de América tenían acceso a las novedades de Serie A, ni a sus reposiciones, ni a las de serie B siquiera. Cuanto más apartadas las poblaciones o más restringido el negocio del espectáculo en ellas, más fácil le resultaba a Esper y Stadie llegar a acuerdos para promocionar y exhibir sus espectáculos educativos en ellas. Luego, una vez llegados al cine, lo convertían en un espectáculo, llenaban de carteles y artículos promocionales las marquesinas, sacaban anunciadores para avisar a la gente de lo que podían ver dentro y lo bien que haría por su salud y moral como si estuvieran en una feria —con las que, en ocasiones, colaboraban como un espectáculo más— y usaban reclamos como un cadáver momificado para hacerse notar. Y vaya si lo hacían: en ocasiones tenían que salir corriendo del pueblo con lo puesto al actuar en comunidades puritanas o chocar contra alguna mafia local. De ahí que Dwain Esper decidiera usar por sobrenombre King of the Celluloid Gypsies , El Rey de los Gitanos del Celuloide.

Sus contribuciones, además de estas locas presentaciones y representaciones que les ocuparon durante todo los años treinta antecediendo a otros grandes como William Castle o Roger Corman y a las películas de medianoche y otros modelos de exhibición contracultural de los años setenta, fueron un puñado de películas propias y ajenas. A las ya mentadas se añaden Maniac (1934) —que según el caso podía llamarse Sex Maniac— como catálogo de problemas mentales, los films de educación sexual Modern Motherhood (1934) y el corto How to Undress in Front of Your Husband (1937) o How to Take a Bath (1937), además de la nueva denuncia de las drogas Marihuana (1936) y de los peligros del sexo desenfrenado en Sex Madness (1938). A los que unían adaptaciones de películas extranjeras. Así podía convertir la película sueca Sången om den eldröda blomman (1934) en la mucho más educativa merced a sus insertos Man’s Way with Women (1935) o remontar Tell Your Children (1934), cinta sobre los peligros de la marihuana, en la magnífica locura que es Reefer Madness (1938), con una trama criminal añadida absolutamente indescriptible. No contento con lo cuál compró una cinta italiana que adaptaba el Infierno de Dante, le añadió planos de desnudos frontales femeninos, adaptó un poco la historia narrada y sacó Hell-A-Vision (1936).

La llegada de la Segunda Guerra Mundial paralizó sus trabajos, aunque pudieron regresar a la sífilis en No Greater Sin (1939) y hacer un inesperado exploit sobre la guerra en Horrors of War, que unía clips de noticiarios sobre la primera guerra mundial con algunas imágenes de heridos y muertos para sazonarlo. Aunque aún les daría tiempo de trabajar juntos en Curse of the Ubangi (1946), conocido en los mercados españoles como La maldición Ubangi, una obra de aventuras con pretensiones de ser educativa sobre lo desconocido del África negra con lo que parecen nativos de Brooklyn, que parece reciclar trozos de otras películas usando una narración sobre la superstición en esas culturas como excusa. Hasta llegar al combo The Strange Love Life of Adolf Hitler (1948) o Slaves of Stalin (1948) que fueron teniendo distintos nombres, el primero siendo más conocido como Will It Happen Again?, en el que trataban de denunciar al público las atrocidades de nazis y comunistas, sobre todo las más… picantes.

Y esa entre las más conocidas, que aún hay cosas apareciendo, como Bo-Ru, The Ape Boy, un documental de poco más de media hora fechado a mediados de los treinta con un documental sobre un chico criado por monos que especulaba sobre la posibilidad de que fuera el resultado de una hibridación de humanos y primates, y de la que se sospecha que fuera el acompañamiento de alguna atracción de feria. O como antecedente de la película Angkor o Forbidden Adventure in Angkor (1935 a ’37, según fuentes) producida por él y vendida como documental a partir de metraje encontrado —el famoso found footage — que pretendía revelar de aventuras selváticas y, en realidad, se entretenía con mujeres semidesnudas y hombres en traje de gorila.

Quizá su mayor éxito fue adquirir en los años ’40 los derechos de La parada de los monstruos (1932), Freaks en el original, de manos de MGM. Aunque en su estudio original no encontraban nada útil o valioso en la obra Esper corto, unió, recortó y movió para exhibirlo como un estudio de atrocidades en sus espectáculos por el país.

Para cuando en los años ’50 se pusieron de nuevo a cargar contra este tipo de explotaciones, el matrimonio de Esper y Stadie había logrado reunir dinero y decidieron pasar a otras ocupaciones.

Sus obras, sin embargo, sobrevivieron. A finales de los ’60 se redescubrió Reefer Madness y fue convertida en todo un clásico de culto de las fiestas universitarias hasta acabar siendo convertida en 2001 en musical, luego llevado de nuevo al cine. Esper no vería ni un dolar de este rescate por haber olvidado renovar sus derechos de autor, pero habiendo sido él mismo un experto en aprovechar las debilidades de los derechos de autor no se lo tomó a mal al considerar que restauraría su nombre y haría que el público se acordara de él . Un camino similar al que vio cuando se recuperó Maniac como antecedente de un cierto tipo de cine de terror. Hoy su forma de rodar, su morro legendario y su labor pionera es extensamente conocida y acreditada, desde antes incluso de la muerte de Dwain Esper en 1982 o de su mujer Hildegarde Stadie en 1993.

Quizá algo más de ellos haya quedado. Hablaba el otro día en los Pilotos Deathmatch que viendo Masters of Sex me acordaba de estas películas y cortos que, con la excusa de la educación en la higiene sexual o la educación en culturas remotas en el espacio, pero también en el tiempo, aprovechaban para colar lo mismo que hace casi 80 años.

Pero no sólo eso, no sólo los temas tratados; también los canales de distribución son alternativos. Las grandes networks americanas no pueden permitirse emitir ese tipo de temáticas, sobre todo con el control de la Federal Communications Commission o FCC, sobre sus contenidos, de manera que las alternativas en Cable, Básico o Premium, lo aprovechan siguiendo el mismo principio. Temas morbosos, sensacionalismo y pretensión de seriedad.

Si las series están llenas de estos ejemplos, serán los realities los que lleven al máximo esta idea, la multiplicación de espacios divulgativos en canales culturales que presentan como documental lo que no es sino explotación. De Amish Mafia a Cuerpos Embarazosos y de Ancient Aliens a Duck Dinasty, las situaciones en las que se trata de dar un barniz de respetibilidad a lo que no es más que explotación afloran y se desarrollan.

Además, las diferentes broncas y artículos subsiguientes, los comentarios que polarizan internet, las diferentes situaciones que llevan los momentos más controvertidos a convertirse en auténticos virales, tienen también algo de esos trucos publicitarios y esas polémicas que obligaban al matrimonio lo mismo a dar servicio a decenas de espectadores que a salir corriendo de la ciudad.

En realidad no ha habido tanta variación; no de lo que se produce sino de lo que hace que el público se interese. De ahí el sexo y la violencia en las producciones para cable, de modo que lo que ahora tenemos no dejan de ser herederos directos de lo que ya nos ofrecían Esper y Stadie. Aunque quizá podríamos usar algunos trajes de gorila más.

Jónatan Sark | 14 de octubre de 2013


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