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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Realidad falsificada filmicada

Los programas que buscan o intentan mostrar la realidad a la vez que ofrecen un entretenimiento —esto es, en contraposición con aquellos que lo hacen buscando documentar o informar— son aquellos de los que acabaron surgiendo lo que hoy en día conocemos como reality.

Tranquilos, no contengáis el aliento con temor. No voy a trazar una historia de los programas de telerealidad. Este año no toca. Creo que está apuntado para 2015.

En cualquier caso, suelen saltar motivos para hablar de ellos de cuando en cuando y en esta ocasión es el estreno de Los juegos del hambre. Lo típico es hablar de ella como si fuera una versión reality de Battle Royal, en realidad su tono —adolescente pero no por ello menos oscuro— está más cercano al de la Trilogía de los Trífidos y en cuanto al tratamiento de la muerte y los realities el referente más claro es La larga marcha de Bachman (la mitad oscura de King) así como El fugitivo, que fue… ¿convertida? ¿adaptada? ¿ninguna de las anteriores? a película.

¿Otra vez hablando de adaptaciones?

Entendedme, me gusta la película de Schwarzenegger tanto como a cualquiera que sepa escribir su nombre en tres intentos o menos. Pero frente a la ira y el pesimismo marca de Bachman —que se centraba en un padre de familia que decide participar en un concurso de entre los muchos juegos mortales que ofrece la cadena global para pagar la asistencia médica, y todo va mal, claro— para convertirlo en un espectáculo de acción que, de entrada, cambia la trama familiar por una de camaradería militar —por lo visto Arnie no les daba la imagen de tipo familiar, se ve que se perdieron Comando— pero incide incluso más claramente en la importancia del reality, porque aunque la competición resulte también aquí asesina la auténtica maldad está en la forma en que la cadena falsea la realidad, llegando a remontar, editar e incluso amañar el destino y situación de los participantes. La realidad resulta ser mentira.

Para los que llevéis años leyéndome ya sabéis que los realities son un punto importante para la reflexión en esta columna. Lo que es verdad y lo que no lo es, más importante aún, lo que se disfraza de cierto aunque sea falso, y lo que logra convencernos de que lo verdadero en realidad es falso porque lo falso brilla más. El contacto continuado con lo falso y la falta de conocimiento de lo auténtico hacen girar los pesos con los que se deberían medir las cosas. Una locura, pero así estamos.

Obviamente en Los juegos del hambre (LJdH) hay muchos más ingredientes. La parte juvenil de La larga marcha pesa casi tanto como la crítica televisiva de ambas versiones de The running man y la existencia reciente de Battle royal ofrece un punto cercano al que agarrarse. Pero eso no resta importancia al hecho de que en el primer libro fuera uno de los grandes temas. Que, obviamente, se magnifica en el segundo y se transforma en el tercero. Pasamos de los realities a cómo modifican la realidad y de ahí a lo que podemos creer.

Está lejos de ser una novedad. Network trataba magníficamente varios de estos temas con el añadido de que disparaba en general pero se centraba en las noticias. Pero tiempo habrá de hablar de ella después de verano. Centrémonos en algo importante. Esta película es de 1976.Y vayamos un año antes.

Los Estados Unidos acabaron destrozados en los años ’70 tras una nueva crisis. La organización emergente, de tintes autoritarios y bastante dictatoriales mantiene a la plebe entretenida gracias a un evento especial, llena de protagonistas carismáticos que les entretiene y les hace interesarse, apostar, un auténtico delirio nacional que encubre otras carencias y manipula a la gente. Incluso la competición tiene sus propias manipulaciones internas. Por ejemplo, el personaje más querido y popular no es realmente quien aparenta ser sino alguien muy claro de la importancia de esa audiencia, alguien que no duda en presentar una imagen pública durante esos programas bien distinta a la que debería mostrar.

Sólo que en lugar de estar hablando de una competición que tuviera como objetivo matar a otras personas aquí sólo era una forma más de lograr puntos. Un añadido a la mezcla de una de las más deliciosas y aprovechables —y aprovechadas— cintas de serie B de los años ’70. Uno de los grandes triunfos del igualmente grande Roger Corman que ejercái de productor supervisando que el director Paul Bartel y los guionistas Robert Thom y Charles B. Griffith adaptaran el relato del ahora clásico Ib Melchior The Racer —siempre en movimiento, así estamos hoy— que se convertiría para el cine en La carrera de la muerte del año 2000.

Paul Bartel seguiría con los coches en Cannonball y con los clásicos en ¿Y si nos comemos a Raúl? pero lo más cercano que estaría a tratar el tema de los medios sería en su guión para Not for publication.

Tampoco es que fuera a hacer mucha falta, los años ’70 pusieron a los medios en el centro del huracán, sólo que entonces aún eran más importantes las noticias que los entretenimientos.

Con los años, la llegada de los ’90 y el auge de estos formatos incluso en el cine — Asesinos natos, El show de Truman— así como la popularización de ideas que podrían satirizalos, como vimos al hablar de Charlie Brooker.

Ahora, con esta alegre masa de puré de patatas que es Los juegos del Hambre, tenemos una continuación en algo que llevan años diciéndonos: No se puede confiar en lo que se ve por la tele. Especialmente cuando nos están diciendo que es, simple y llanamente, la realidad.

¡Cómo si la realidad pudiera ser en alguna ocasión simple o llana!

Jónatan Sark | 09 de abril de 2012

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