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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Alumbrado Larson

Para empezar la columna de hoy nada mejor que el siguiente vídeo, historia viva de la televisión:

¿Qué? ¿Le han reconocido? ¿No? Ese rubiales de ahí que hacía al función de cantante barítono — bueno, y de compositor, pero eso no se ve en las imágenes— en The Four Preps es nada menos que Glen A. Larson lanzando su carrera.

La historia empieza en 1956 en el Hollywood High School; un ejecutivo de Capitol Records escucha a un cuarteto de chavalines con 3 discos de oro, unos cuantos millones de discos vendidos y varias canciones que lograron entrar en la lista de las más escuchadas, especialmente esa 26 Miles (Santa Catalina) que les llevó al puesto número 2 de los más vendidos en 1957.

Durante los años sesenta la música — o el gusto musical, ustedes verán— cambia y Larson abandona el grupo para seguir con la escritura, esta vez en la productora QM, dirigida por otro grande, Quinn Martin, responsable —como ya comentamos— de El Fugitivo, Las Calles de San Francisco o Los Invasores. Allí trabajaría por unos años, coordinando guiones para El Fugitivo o ayudando a poner en marcha It takes a thief entre otras series, pero para finales de la década ya estaba claro que necesitaba su propio espacio; de manera que para la nueva década abandona QM para fundar su propia empresa y ofrecer sus servicios a otras productoras, empezando con Universal para la que primero colabora en El Virginiano, para después establecer un trato para crear varias series, la primera de las cuales sería Alias Smith and Jones (Los dos mosqueteros en español).

La buena marcha del proyecto le valió contribuir a la puesta en marcha de El hombre de los seis millones de dólares, una adaptación de la novela Cyborg de Martin Caidin, en la que Lee Majors interpretaría al personaje principal. Un acercamiento a la ciencia ficción —o si prefieren un mayor rigor: al género fantástico, pues en realidad la serie era de aventuras— que le vendría muy bien en sucesivos proyectos.

Una vez rodando El hombre de los seis millones de dólares estuvo dando tumbos por distintos proyectos; series antológicas como Sin, American Style o la extraña aproximación al policíaco y la blaxploitaition de Get Christie Love! que adaptaba una novela policíaca en la que la protagonista era blanca y rubia.

Por suerte su siguiente intentona fue un éxito menor.

En 1975 vuelve a trabajar con Robert Wagner —protagonista de To take a thief— para sacar otro policíaco, Switch, que realizaba una mezcla de ésta con The Rockford Files explicando como un par de tirados, un ex-policía (Eddie Albert) ayudado por un ex-estafador (Wagner, claro), resolvían todo tipo de casos. Lamentablemente la ligereza y el humor —al estilo Rockford— de la primera se fue diluyendo y al cabo de tres temporadas fue cancelada. Dejando para el recuerdo, eso sí, el trabajo de un joven guionista que se unía a la cuadra Larson, un jovencito llamado Donald P. Bellisario.

Pero para aquel entonces Larson estaba muy ocupado porque había logrado sacarse un superéxito de la chistera. De nuevo con el policíaco a cuestas, de nuevo encontrando un giro, esta vez hablando de la importancia de los médicos forenses. Y no, no es un CSI, es su abuelo:

Quincy, M.E. Una serie que tenía muy claro que usaba una fórmula mágica de la que no convenía apartarse. Llegaba un cadáver a la mesa de Quincy, éste sospechaba juego sucio, discutía con la poli y acababa encargándose de resolver el caso. Un reciclaje perfecto para su protagonista, Jack Klugman, que venía de interpretar durante cinco temporadas a Oscar en la adaptación a sitcom de la película La extraña pareja.

En realidad el argumento y la profundidad de la serie en temas de ciencia forense era limitado, un simple ardid para darle un sabor diferente al policiaco más clásico, pero caló lo suficiente como para situarse como un referente gracias, en parte, a su nacimiento como nueva serie en mitad de un proyecto de serie rotatoria de la NBC, en la que compartía espacio con los ya vapuleados Colombo, McCloud y McMillan que acabaron retirándose a favor de esta nueva invención.

No contento con esto siguió dándole vueltas al género en una serie de películas y proyectos televisivos como las adaptaciones de los Hardy Boys y de Nancy Drew, ninguno de los cuales llegó a cuajar. Parecía que era la Ciencia Ficción, y no el Policiaco, la que estaba llamada a conquistar al público juvenil; así que preparó un proyecto que incluía los conceptos de space ópera con sus creencias mormonas y logró arañar un altísimo presupuesto de 1 millón de dólares por capítulo, asegurando a los señores de la NBC que el furor por Star Wars tiraría sin problemas de una muchedumbre enfervorecida. Incluso accedió a cambiar el título original de Adama’s Ark por uno que incluyera la palabra star, es decir

Las 12 tribus, el presidente, los Cylon, cada cual con su significado más o menos cargado según lo readaptado que tuviera que ser para colar en una gran producción como ésta. Sólo el piloto —triple, nada menos— costó 7 millones de dólares, marcando un record como el piloto más caro jamás filmado. El éxito inicial fue enorme, y si hoy en día puede parecer algo sencillo, barato o —dios no lo quiera— cutre es más por nuestros problemas de contextualizar que por los recursos invertidos en aquel entonces.

En cualquier caso a la Fox — la 20th Century Fox, al canal le faltaba aún casi una década para empezar a emitir— le faltó tiempo para demandar a la serie por plagio de Star Wars a lo que Universal respondió con demandas contra Star Wars por saquear los seriales de Buck Rogers y la película Naves misteriosas. Como la justicia, en fin, funciona en todas partes igual, para cuando empezaron a tramitarse las demandas sobre estos bonitos zambullidos en la piscina del lugar común, la serie ya hacía tiempo que no estaba entre nosotros.

Sí, empezó con fuerza, y sin duda tenía dinero detrás. Pero existía un presupuesto y había que atenerse a él, especialmente reutilizando imágenes anteriores, sobre todo cuando la CBS decidió contraatacar dándole con todo lo gordo: All in the Family y Alice, sus dos comedias con más audiencia, a la vez que el enroque salvaba Mork & Mindy, la comedia de nuestro Garry Marshall que mezclaba el humor de Happy Days con pequeños toques de ciencia ficción —en fin, de nuevo—, que acababa de estrenarse con gran éxito hasta la llegada de Galactica.

La treta, en cualquier caso, salió bien a la CBS porque los de la ABC decidieron que ante el bajón de la audiencia no se podía justificar el presupuesto de la serie. Así que al llegar al 24 se terminó de emitir lo grabado, y hasta ahí. Bueno, hasta ahí no, porque hubo —claro— protestas que llegaron a su máximo cuando un jovenzuelo algo descentrado decidió suicidarse como protesta por la cancelación.

Por supuesto el estreno en 1980 de El imperio contraataca hizo que se lo pensaran dos veces y dio lugar a Galactica’80 que en vez de un programa de variedades era una reinvención de la serie original —siendo benévolo— que logró superarla… en cuanto a su cancelación. 10 episodios lograron emitirse, el 11 estaba en desarrollo y no fue.

Naturalmente no es lo último que sabríamos de Galactica, para eso estaba el SyFy —aún Sci-Fi—, que no dudó en volverla a lanzar completamente reimaginada con la bendición de Larson, el desarrollo de Ronald D. Moore y la oportunidad de siempre, a tiempo justo para adelantarse al estreno de El ataque de los clones. ¿Qué puedo decir? Hay costumbres difíciles de superar.

Volviendo a Larson, y dado que ni él ni su discípulo predilecto —es decir, Donald P. Bellisario— lograron salvar la Battlestar, hicieron lo lógico: pasar al siguiente nivel.

Que en el caso de Glen A. Larson —en una de estas empiezo a abreviarlo GAL y me quedo tan campante— significó un par de telefilmes —como el tremebundo Evening in Byzantium— y un par de extrañas series; una de ellas llamada Sword of Justice, que no es una de capa y espada ni mucho menos una de piratas, si acaso está más cerca de ser una empanada gallega.

A medio camino entre El Conde de Montecristo e It takes a thief, la idea de una agencia secreta e independiente del gobierno que ayuda al desamparado contra los criminales que actúan por encima de la ley parecía estar tan condenada al fracaso que costó terminar la temporada. Se ve que aún no era el momento del cruzado contra el crimen, habría que esperar.

Así que de 1979 a 1981 Larson se entretuvo en otra serie de aventuras y sentimientos. B.J. & the Bear que iba de…

Lleguemos a un acuerdo. Yo os cuento de qué iba la serie y vosotros no me miráis como a un loco. ¿OK? Pues bien, seguimos.

La serie iba de B.J., un camionero que recorría USA viviendo aventuras junto a su amigo del alma Bear, un chimpancé, todo ello mientras les hostigaba y perseguía el Sheriff Lobo, que…

¡¡¡Quedamos en que no os reiríais!!!

¡La televisión en los ochenta era así!

Menos mal que tengo pruebas…

La popularidad fue suficiente, no ya para mantener tres temporadas el show sino, incluso, para que el Sheriff Lobo consiguiera su propia serie, Las desventuras del Sheriff Lobo (en inglés The Misadventures of Sheriff Lobo), que duró dos temporadas. Y que también tenía opening, claro.

En cualquier casos los cambios que se hicieron en sus últimas temporadas hundieron ambas series pero, claro, para entonces Larson ya estaba en su siguiente proyecto, una revisión de Buck Rogers llamado Buck Rogers in the 25th Century —esto es lo que pasa cuando te pones a demandar gente, que recuerdas lo que tenías en el zurrón—, que duró un par de temporadas con más pena que gloria.

Eso sí, os pongo el tema inicial, que sé que es lo que os gusta:

Así que escaldado por partida doble de la ciencia ficción y un tanto quemado de los criminales, Glen A. Larson quedó a la espera de su siguiente gran proyecto. Y no tuvo que esperar mucho porque el siempre activo Donald P. Bellisario tenía ya una idea para 1980. A ver qué os parece:

Se trata de colocar a un investigador al servicio de un autor desconocido que iría resolviendo misterios y ayudando al necesitado con la hermosa Hawaii de fondo. Y si parece poco, siempre se le puede añadir un bigote.

Magnum, P.I. fue un gran éxito de los años ’80, quizá no de las series más vistas pero si más constante; sus 8 temporadas y su inclusión en el imaginario popular sirvieron para darle gran popularidad a Tom Selleck y lanzar una vez más la carrera de sus dos grandes responsables.

Durante ocho temporadas seguimos las andanzas de Magnum y sus amigos TC y RICK, junto a su antagonismo con Higgins, más un amplio reparto de personajes recurrentes y de apariciones de famosos. Lo que bastaría para rellenar historias sobre la serie por un buen rato incluso sin contar con dos datos más: la decisión de crear una trama en las dos últimas temporadas sugiriendo que Higgins era, en realidad, el célebre Robin Masters, que pagaba servicios y caprichos de nuestro héroe —y que en un par de ocasiones tuvo la voz de Orson Welles—, junto con un clásico problema de Sherlock Holmes. Al final de la séptima temporada parecía que por fin Selleck se saldría con la suya y se cerraría la serie —sí, antes de House estas cosas también pasaban— por lo que decidieron dejarlo bien claro matando al personaje. Luego quejas —sin ninguna muerte esta vez, las épocas templan los nervios, supongo— y, al final, tuvieron que traer de vuelta al detective para su última y triunfal temporada.

En cualquier caso, Glen A. Larson ya estaba centrado en otros asuntos para entonces. Desde 1981, de hecho. Porque Lee Major le necesitaba. En 1978 había terminado la exitosísima El hombre de los seis millones de dólares y en apenas unos meses tocaría terminar también con su matrimonio con la no menos conocida Farrah Fawcett. Así que si buscas algo sólido en lo que apoyarte parece que nada mejor que un Productor Ejecutivo y Creador, claro.

El resultado fue The fall guy (Profesión peligro también), serie sobre un especialista cinematógrafico que, una vez más, tenía que hacer justicia contra los malos, generalmente como cazarrecompensas. Habitualmente aprovechando sus conocimientos, especialmente de los espectaculares números que abrían cada capítulo y que solían ser reutilizados durante el episodio. El resultado final fue una serie de 5 temporadas. Lo que demuestra que ciertamente se podía confiar en el Productor.

Por lo menos si no tenías la desdicha de los Smother Brothers, que vieron durar sólo 5 episodios su serie sobre dos periodistas de investigación aficionados a meter demasiado la nariz en casos turbios. Quizá ayudó que no interpretaran a hermanos, quizá que se trataba de los agitados años de la huelga de guionistas y actores, o puede que fuese por ser una de esas ideas de la NBC.

Pese al borrón la fama —y fortuna— de Larson parecían incrementarse con el tiempo. Era increíble lo que estaba logrando y todo lo que parecía preguntarse la gente era: ¿Qué será lo siguiente?

Y entonces llegó él.

Sí, ya sabéis qué él.

Oh, vamos. Es Larson ¿De verdad no os suena de nada? ¿No sabéis cuál fue su mayor éxito?

Pues claro: Michael.

¿Cómo que cuál Michael?

Ay, señor… ¿Cómo explicarlo…? Ah, sí, ya sé. Michael, te necesito.

Ahí está. Larson 100%, el hombre misterioso que resuelve problemas a los desaparecidos con un misterio en torno a su existencia y trabajando para la ley pero no para el gobierno. Incluso con esa luz Cylon que algunos llaman Luz Larson y toda la carga emocional y de los infructuosos intentos de reboot.

¿Y queréis saber lo mejor?

Duró sólo cuatro temporadas.

Sí. En serio. Cuatro. 4. De 1982 a 1986. Magnum duró ocho temporadads —como Quincy — y llegó hasta 1988, The Fall Guy empezó un año antes y terminó el mismo 1986. Pero miremos el lado positivo: Duró una temporada más que B.J. & the Bear.

Dice David Hasselhoff que es muy poco habitual que un actor encabece dos veces un megaéxito. Y es cierto. Probablemente si KITT hubiera tenido las tetas de
Pamela Anderson ahora Hasselhoff sería gobernador de California y no el anti- Ronald McDonald. Claro que, al fin y al cabo, a KITT le daba voz William Daniels, el Sr. Feeney de Yo y el mundo. La magia de la televisión todo lo puede, como se ve.

En cualquier caso, y gracias a su éxito internacional, la serie vivió dos intentos de revivirla en los años ’90 que quedaron en sendos pilotos, una continuación llamada Team Knight Rider que si estaba argumentalmente cerca de algo era de los Power Rangers y, finalmente, la NBC —¿quién si no?— mantuvo toda una temproada un remake. Eso sí, con todos estos movimientos Larson se ha ocupado de ir cobrando pasta. Incluso de los Weinstein, que picaron como chin… y están desarrollando una película basada en el capítulo piloto y con guión del propio Larson. Desde 2006. Es imposible no admirar a Larson.

Lamentablemente, el éxito de El coche fantástico pareció terminar con la suerte de Glen A. Larson que empezó a sufrir reveses inesperados. El primero de los cuales no se hizo esperar ni un año. En 1983 su serie Manimal se convirtió en una más de las víctimas de la temporada en blanco que la NBC sufrió con sus novedades en 1983-84.

Y yo que no acabo de entender qué pudo fallar aquí:

El Dr. Jonathan Chase vivía en la selva con su misionero padre, a su regreso a la civilización escondía un secreto, podía convertirse en cualquier animal que deseara —aunque tendía a desear sólo dos, pero ese es otro tema— y ayudar con sus habilidades a la policía.

La culpa, claro, fue de la NBC que, confiados por la suerte de Larson, decidieron enfrentarla a Dallas. Y no.

Larson, imperturbable, pasó a darle una vuelta al concepto de El coche fantástico Total, si el coche podía hablar, ¿por qué no otras cosas? Eso, junto con el estreno de Tron el año anterior, sirvió para que lanzara

La presencia de Desi Arnaz Jr. como protagonista y el actor de teatro musical Chuck Wagner interpretando a… lo que podría denominarse como el hijo del amor entre KITT y la Lisa de Weird Science —si bien la película de Hughes no se estrenaría hasta dos años después— no sirvió, sin embargo, para salvar una serie de la que se estrenaron sólo 12 de los 13 capítulos rodados.

Una vez más Glen A. Larson se repuso y preparó una nueva serie: Cover Up o Camuflaje. Atentos que querrán estar sentados cuando vean esto:

Sí, efectivamente, Holding out for a hero de Bonnie Tyler era la canción inicial, y es que Larson estaba que lo tiraba. Y, de hecho, esta vez las cosas le iban bien con la serie. La historia de una fotógrafa que descubre, tras la muerte de su marido, que éste era un agente de operaciones encubiertas de la CIA logrando, de paso, el puesto que tenía para —una vez más— ayudar a los pobres, los desprotegidos y arreglar los entuertos allá por donde existieran, formando equipo —claro— con un agente de la CIA que se hacía pasar por modelo, estaba yendo muy bien en las audiencias.

Pero eso no significaba que la tragedia no le reservara algo a los envueltos en esta serie porque cuando el actor Jon-Erik Hexum que interpertaba al agente encubierto Mac Harper decidió hacer el tonto fingiendo jugar a la ruleta rusa con una Magnum .44 similar a la de Harry el sucio sin contar con —a saber— la presencia de un cartucho de fogueo en la recámara, que desplazó con la fuerza de la explosión un trozo del cráneo causándole la muerte. Una idea peligrosa y un atraso más en la reputación de los modelos barra actores.

La serie entró, claro, en una larga parada pese a ir sólo por el séptimo episodio. Volvió con otro actor para interpretar un papel similar pero era tarde ya y aunque se emitió la temporada completa de 22 capítulos no hubo posibilidad de que se legara a realizar una segunda temporada.

Tras un par de años dedicándose más a los telefilmes y con la cancelación de Magnum en puertas, Glen A. Larson intentó en 1988 poner otra serie en pie. Esta vez el actor principal es sobradamente conocido por su afición al cómic, o al menos a interpretar a sus personajes: Sam Jones, el Flash del Flash Gordon de principios de década que acababa de adaptar el Spirit de Eisner es el elegido para The Highwayman, una serie que partía de uno de esos telefilmes que estaba realizando Larson para convertirse en serie:

Parte revisión de El coche fantástico, con Jones interpretando a un fuera de la ley/ dentro de la ley que tiene un pasado misterioso y un camión superchulo —acabaría usándose para los Power Rangers, por cierto— que lo mismo lleva un helicóptero que un deportivo o toda la tecnología que se te pueda ocurrir. Salvo hacerse invisible, eso sólo podía en el piloto.

No fue la única diferencia. Aunque seguía en un futuro cercano y seguía hablándose de un equipo de Higwaymen dándole un cierto aire a lo Mad Max casi todo lo demás, especialmente secundarios, desaparecieron. Sólo Jones siguió ahí para los 10 episodios que duró la serie.

Inasequible al desaliento, Glen A. Larson siguió intentándolo, y en 1991 logró su primera serie de la nueva década: P.S.I. Luv U (Contacto en California). Tranquilos, no se había pasado a la comedia romántica. O no necesariamente, porque esta vez los protagonistas eran un chico —Greg Evigan, el protagonista de… ¡ B.J. &the Bear !— y una chica… Ya veréis, ya. Porque la nueva serie iba de esto:

—Tal vez quieran tomar su medicación preventiva, les advierto que la siguiente intro tiene ese estilo que puede causar digestiones pesadas y, quizá, epilepsia—

¡¡¡ Connie Sellecca !!! Sí, recién salida del Hotel y con El gran héroe americano aún vivo. Y mezclada en una producción —para la CBS esta vez— sobre dos detectives diferentes con tendencia a un cierto tipo de humor que resuelven casos de maneras heterodoxas. Sobre todo teniendo en cuenta que el papel de Sellecca aquí es el de una timadora —sí, eso es, de nuevo To take a thief o Ace of Spades — junto con un policía. Como era poco para digerir además resulta que están en protección de testigos tras un golpe contra una red de crimen organizado que salió mal.

En fin, casi dura más lo que hablo yo de ella que la serie en sí, que no pasó de los 10 capítulos de nuevo. Otro revés para Larson que superó como siempre: Haciendo telefilmes y buscándose una serie nueva.

Esta vez los ecos de su serie más duradera no podían quedarse fuera. Por eso se creó una serie policiaca en Hawaii llamada One West Waikiki o Waikiki a secas. Y si algo se puede decir de esta serie es que parecía acercar al maestro al alumno, porque quedó ciertamente Bellisario.

Lo más sorprendente fue que tras cortar la serie en el 6º episodio, como si de la más extraña de las miniseries se tratara, le dieron una segunda oportunidad que duró esta vez 13 capítulos. Parece que ni la presencia de Cheryl Ladd ni la de un incipiente Richard Burgi —uno de esos actores a los que uno va viendo aparecer por todos lados— sirvió para mantenerla a flote.

De modo que un cada vez más cansado Glen A. Larson decidió volver a la ciencia ficción. O algo.

Se alió con el gran guionista de cómics Steve Englehart para adaptarle su criatura publicada por Malibu Cómics: Night Man. Que no es sneaky and mean/ “something” inside my dreams como podría creerse, sino una adaptación —básicamente, hicieron lo que les dio la gana— sobre un… ahm… un músico de jazz con habilidades telepáticas. Que… bueno… concretamente… podía reconocer telepáticamente el mal dentro de las personas. Ya, en fin. La parte mala —suponiendo que lo anterior fuera bueno, claro— era que ya no podía dormir. Sí, eso además. Por suerte tenía un traje lleno de chorraditas para enfrentarse al crimen. echadle un ojo:

Esperaréis que ahora os diga que la cortaron en la primera temporada. Pero la verdad es que no. Fue en la segunda. Dos temporadas completas de 22 capítulos. Aunque, eso sí, para la segunda tuvieron que abaratar costes. Así que se mudaron a Canadá. Bueno, mudaron… uno de los puntos del acuerdo era, je je, que todo el personal debía ser canadiense. Les dejaron, eso sí, conservar a Matt McColm un especialista metido a actor —bueno, sólo la puntita— que interpretaba al protagonista, Johnny Domino. Todos los demás fueron reemplazados, y el único que no podía serlo, Raleigh el amigo y confidente de Night Man —que no existía en los cómics, por si os lo preguntabais— paso a… ser interpretado por un actor canadiense. En cualquier caso la temporada en Canadá supuso el final de la serie. Ni siquiera sacar al Manimal en un episodio pudo impedirlo.

—Cuento esto en ADLO! y no se lo creen—

Y con ella, en 1999, el final de la carrera como creador de Glen A. Larson, que aún dirigiría algún telefilm y serviría de consulting producer para el relanzamiento de Ronald D. Moore, pero que no volvería a crear ninguna serie.

Al menos de momento, porque según él ideas tiene y pese a haber cumplido ya 74 años está tan vital y activo como siempre. Y es que tantos años creando a hombres de acción con los que construir pedazos de nuestro imaginario común tenían que notarse en algo.

¡¡¡VIVA LARSON MANQUE LE CANCELEN!!!

Jónatan Sark | 06 de junio de 2011

Comentarios

  1. Erk Lazer
    2011-06-07 07:10

    Buenisimo!!! Lo triste es que de B.J. para acá yo vi todas esas series! Había olvidado el Team Knight Rider, era GENIAL!! Y Nightman, jaa! Por cierto, creerías que de este lado del charco Manimal y Automan fueron exitazos???

  2. EFE
    2011-06-07 11:42

    Oh, yo veía Sheriff Lobo. Err, qué infancia. Y menudo despliegue de horrores…

    Salvo por Magnum, claro. Qué hombre. Qué bigote.



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