Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

El rábano por las hojas

Nunca me han interesado mucho los asesinos en serie, ni los asesinos de ningún tipo, y eso a pesar de mi interés genuino por el conocimiento del funcionamiento de la mente, que debería incluir cualquier tipo de mente humana. Pero no despiertan en mí mucha intriga, quizá porque me parece imposible llegar a ningún tipo de comprensión en el momento actual y a estos temas siempre me gusta acercarme desde el planteamiento científico.

Pero me resulta muy curioso el proceso habitual de análisis que se sigue desde la sociedad. Primero se intenta encontrar una conexión directa con el hecho, una relación causa-efecto que lo explique, algo tan evidente que los de su entorno podrían haberlo previsto. La mayor parte de las veces esto falla: los conocidos de los asesinos suelen describirlos como normales, amables, eso sí, tímidos, solitarios… Nada que no se pueda decir de muchos que jamás llegarán a convertirse en asesinos en serie. Con el paso de los días se indaga un poco más y se encuentra a alguien que revela algo de su carácter y su comportamiento que guarda más relación con lo inexplicable, de nuevo nada que no se pueda decir de muchos que jamás llegarán a convertirse en asesinos en serie.

El siguiente paso consiste en indagar en su historia, algo de su infancia y adolescencia que pueda arrojar algo de luz, algo oscuro y horrible que nos pueda dar una explicación. Pero de nuevo la relación causa-efecto falla, incluso encontrando algunas posibles causas, siguiendo con un razonamiento científico, esas mismas causas no producen este tipo de efectos en millones de seres humanos, es más, existen episodios más terribles sufridos por otros seres cuyas vidas y mentes son bastante normales.

Y, al final, vienen las explicaciones de tipo sociológico: nuestra sociedad, nuestro modo de vida acaba siendo la causa. En estos últimos días he leído dos, la primera con el argumento de siempre: es fruto de la sociedad capitalista y competitiva; la otra, más sorprendente, dice algo así como que esto no hubiera pasado si los héroes no fueran sólo los actores guapos sino también, en el caso al que se refiere el artículo, los neurocientíficos. Una propuesta ya en sí misma un tanto preocupante, puesto que parece indicar que conseguir la fama debe ser un fin loable en el caso de que se sea neurocientífico. Y a uno pueden no gustarle muchas cosas de nuestra sociedad, incluso podría estar bien cambiarlas, pero estas cosas no tienen por qué ser la explicación. Aunque sólo sea desde un punto de vista probabilístico, dado que existen millones de seres humanos, millones de jóvenes y adultos varones (el tipo más habitual en estos casos), gracias a Dios sólo unos pocos generan este tipo de comportamiento, por lo que la probabilidad es casi igual a cero y deberíamos concluir que tenemos una sociedad que genera tan pocos individuos de este tipo que deberíamos darla por buena, al menos en este aspecto.

Y es que, como tantas veces he dicho en esta columna, necesitamos explicarlo todo; nuestra mente busca relaciones y patrones para poder prevenir y actuar. Pero deberíamos saber que hay veces en las que buscar una explicación puede resultar más perjudicial que beneficiosa. ¿Qué interés puede tener la explicación que nos den de sus acciones? Nada, enredarnos y aprovecharse de nuestro interés, cuando probablemente ni los propios asesinos tengan una explicación. Puede resultar curioso, puede resultar interesante, pero no nos va a dar una comprensión de unos hechos que están fuera del alcance de nuestras mentes.

Como dice Philip Roth en su impresionante Pastoral americana

“La tragedia del hombre es que no está hecho para la tragedia… ésa es la tragedia de cada hombre”.

María José Hernández Lloreda | 27 de julio de 2012

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2012-08-07 21:29

    María José, un artículo muy bueno. Ayer leí este de Xavier Antich El crimen puro y me acordé de que me había quedado con ganas de comentar el tuyo.
    Tú misma explicas el porqué de dar por buena una causa aunque sea traida por los pelos: «nuestra mente busca relaciones y patrones para poder prevenir y actuar». Si no podemos encontrar una pauta, todo se nos vuelve miedo y lo posible pasa a ser probable. Y, claro, eso es inadmisible. Los primeros malos que conocemos (los que hemos tenido normalidad en nuestra vida) son los malos de cuento, que ubicamos en un mundo lejano.
    El saber que no hay causa ninguna, que alguien tan normal es capaz de algo horrible, nos incomoda y nos hace poner algo entre él y nosotros, cualquier trauma por pequeño que sea…
    Yo creo que el mal no lo tenemos tan lejano; que, como cuando juntas varios niños pequeños en un cumple, lo que no se le ocurre a uno se le ocurre a otro.
    Sí es cierto que la gente se inspira en ideas que le llegan; una amiga mía tiene una hija anoréxica; cuando la veo me cuenta: «la terapia va bien, pero algunas cosas son perjudiciales; a ella sola no se le habría ocurrido nunca la manía de hacerse cortes y eso».
    Y, aunque no haya ningún contagio, ninguna explicación, nada, es verdad que eso nos hace sentir realmente inseguros.
    Un beso. Ana

  2. Ana Lorenzo
    2012-08-09 19:14

    María José, la realidad supera la ficción ;-)
    (Ya sé que es pura casualidad y que esto no contradice para nada tus argumentos).
    Un beso.


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