Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

No estoy loco

Resulta sorprendente, y un poco triste, el rechazo que sigue generando en la mayoría de la gente ir al psicólogo. No es frecuente que ante un síntoma físico no se quiera acudir al médico, que parezca que uno es raro por pedir cita con su médico de familia, pero si se trata del psicólogo lo más habitual es que se utilicen expresiones del tipo “yo no estoy loco”. Incluso entre las nuevas generaciones que han sido educadas con mayor conciencia de la existencia de problemas psicológicos y que deberían verlo como algo natural, se produce este mismo rechazo. Tampoco es habitual que alguien diga que va al psicólogo con la misma naturalidad que dice que va al oftalmólogo; ya he hablado de este tema en otro artículo. En esta ocasión quiero centrarme en otro punto de vista, no en el del que ya sabe que tiene un problema psicológico y ha buscado ayuda, normalmente porque el problema es grave, sino en el del que tiene pequeñas alteraciones que atajadas a tiempo por un buen psicólogo tendrían fácil solución, pero no acude a él porque le parece una aberración hacerlo.

Se podría pensar que ello se debe a que no tienen fe en que el psicólogo le vaya a solucionar el problema o en que la psicología sepa cómo resolverlo (lo que puede ser cierto en algunos casos), pero no se trata de eso. De hecho, la mayoría sí aconsejan a otras personas que busquen este tipo de ayuda. Es más bien que siguen con la vieja idea de que un psicólogo va a hurgar en su interior y va a responsabilizarle de todo aquello que hace mal; no deja de ser una nueva versión de la culpa. Espera en cierto modo encontrarse con un adivinador de los pensamientos que uno no quiere revelar y que va a poner en cuestión sus ideas. Y está claro que todos tenemos una parte de nuestra intimidad que no queremos compartir, claro que tenemos apego a nuestras ideas, pero eso no es lo que le interesa al psicólogo. Es cierto que gran parte de este temor se debe a la fuerte influencia de la terapia psicoanalítica (a la que por otra parte tanto le debemos en el reconocimiento de la existencia real de los problemas psicológicos) intentando buscar en nuestro pasado la causa del mal, pero la mayoría de las terapias no se centran en eso.

Dándole vueltas a esto, muchas veces me pregunto si tan importante es conocer la causa cuando se trata de dar una solución. Desde un punto de vista científico el conocimiento de las causalidad es fundamental, pero no siempre es condición necesaria para obtener una solución en un momento dado y a una persona concreta.

Si la causa sigue presente y tengo que combatirla para solventar el problema, conocerla será de vital importancia. También es importante el análisis cuando las causas pueden ser múltiples y en función de la causa tengo que elegir una solución u otra. Pero muchas veces se puede atajar el problema sin importar mucho la causa, por ejemplo, si se me rompe una pierna, independientemente de la causa, necesito una reparación e incluso sin conocer la causa pueden solucionarme el problema tranquilamente.

Pero cuando uno va al psicólogo cree que le van a dar este tipo de explicación causal, que además no le va a gustar. Y eso es lo que pasa muchas veces con los niños y adolescentes, cuando algunos profesionales no expertos en psicología (con buena intención) tratan de explicarle a uno la conducta de su hijo en función de lo que ellos perciben: “lo que ocurre es que tiene celos de su hermano y quiere llamar la atención…”. Pero esta explicación no tiene la más mínima utilidad para el que lo recibe, puesto que aún en el remoto caso de que eso fuera cierto, no le dicen cómo solucionar el problema. Como si cuando uno va al médico y le diagnostican un cáncer le explicaran por qué se ha desarrollado sin proponerle ninguna alternativa para atajarlo.

Y al final, la mayoría de los niños y jóvenes van al psicólogo en contra de su voluntad, lo cual agrava el problema por pequeño que sea. La profecía autocumplida, si te parece mal ir, te sentirás mal por ir y la tarea del profesional será más compleja.
Aunque muchas veces he dicho que a la psicología le queda mucho camino por delante, no es menos cierto que hay mucho camino ya recorrido y que si se acude a un buen psicólogo en los primeros síntomas de algunos problemas, la solución es rápida y sencilla, incluso aunque no se descubran sus causas últimas. Pero si uno se empeña en intentar arreglarlo por su cuenta no hará sino empeorar las cosas. La mente humana está preparada para aprender en pocos ensayos y no para desaprender de forma sencilla. Si uno aprende a nadar por su cuenta, como hemos hecho la mayoría de los de mi generación, luego requiere mucho esfuerzo corregir los movimientos. La nuevas generaciones lo tienen más fácil, hemos decidido que es importante enseñarles a nadar bien desde el principio. Así que en algún momento debe verse normal que si uno no es capaz de subirse en un ascensor y vive en un 7 piso, necesitará que le enseñen a nadar y cuanto antes mejor.

María José Hernández Lloreda | 27 de marzo de 2012

Comentarios

  1. Marcos
    2012-03-27 17:51

    Yo creo que hay otro problema más: la ¿percepción? de que la psicología no es tan ciencia como la medicina. Hay médicos buenos y médicos malos, claro, médicos vocacionales y médicos que odian su profesión, pero a todos se les supone un mínimo de conocimientos científicos que sirven para solucionar la inmensa mayoría de los casos. Sin embargo, todos conocemos psicólogos que, desde nuestra percepción, no tienen ningún tipo de complicidad con los problemas de la gente, que son incapaces de verlos, que no tienen psicología alguna.

    Saludos

  2. María José
    2012-03-27 23:48

    Sí, Marcos, ese sería otro problema, de hecho lo señalo al principio y sería comprensible, siempre hago mucho énfasis en ir a alguno bueno. Lo curioso es que hay técnicas con un rigor tan científico com el de muchas ramas de la medicina, falta que haya más profesionales buenos que se ganen el puesto, como lo han ido haciendo poco a poco los médicos, no hace mucho también se les llamaba matasanos. Pero hablo de lo que piensan que tienen cuando les dices que vayan a un psicólogo, luego vendría este segundo problema. Y la verdad es que es una pena porque hay problemas que serían muy fáciles de atajar al principio si se da con un buen profesional y un paciente con ganas de colaborar y conciencia de un problema tan normal como cuando se tienen dioptrías.

  3. Cristina
    2012-03-28 11:19

    Cierto Marcos, a la Medicina “se le supone” conocimientos científicos, incluso viendo médicos nefastos, que se equivocan, e incluso viendo médicos buenísimos que no saben cómo “curarte” una migraña. Ese es el tema, ¿de dónde salen estas “suposiciones” de conocimientos cientificos en la Medicina” y tan inexistentes en la Psicología? Y en otro orden de cosas, ¿cuánto “más científico” más te ayuda? ¿No hay muchos más estudios, si es eso sobre la diabetes que sobre la rotura de cadera? Existe numerosa evidencia empírica sobre muchos de los tratamientos psicológicos hoy en día, y eso no ha hecho que cambie las suposiciones populares sobre esta disciplina.

  4. Cayetano
    2012-04-01 13:39

    Acabo de leer una entrevista en el Pais semanal a Manuel Gómez-Beneyto donde apunta algunas causas de la desconfianza hacia psiquiatras y psicólogos: Falta de empatía para con el “paciente”, prioridad de aspectos económicos frente a los terapeúticos, “enfermedades” generadas bajo demanda del mercado, disparidad de criterios entre los profesionales etc.

    De muy recomendable lectura :-)

  5. gadmin
    2012-04-07 13:11

    Reflejado en http://unbosqueinterior.blogspot.com/2012/04/no-estoy-cuerdo.html

    Nadie, en ninguna profesión, habla de sus fallos, sólo de sus aciertos. Quizás alguien tenga la solución a mis problemas, mientras tanto, necesito la guía definitiva de cómo elegir psicólogo (y economista, sacerdote o metereólogo de cabecera.). Lo peor es cuándo ves a tu médico desesperado. En esa fase, tú ya estás de vuelta.


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