Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

Pan y circo

Si observamos la evolución de las sociedades, aunque sea de forma poco profunda y sólo en el breve periodo de tiempo en el que somos testigos, no deja nunca de sorprendernos. Este es el motivo por el que me cuesta mucho creer en las conspiraciones sobre las fuerzas que guían nuestros designios. No digo que no haya intereses que no conozcamos y que a lo largo de la historia no haya habido y seguirá habiendo grupos de poder que intenten y consigan que triunfe alguno de sus intereses, pero guiar a toda una sociedad en una dirección concreta es realmente complicado. No siempre las causas tienen las consecuencias previstas. Y esto se ve muy bien reflejado en las películas o en los dibujos animados, donde la mayoría de las veces los malos piensan en provocar un gran cataclismo como la vía más segura para conseguir sus fines, porque eso de ir modelándonos a todos poco a poco es realmente complicado, casi imposible, salvo por medio del miedo atroz (que, en cierto modo, equivale a un gran cataclismo).

Esta idea me viene siempre a la cabeza cuando pienso en cómo ha evolucionado la televisión. Recuerdo que antes las noticias de fútbol, o de deportes en general, ocupaban más o menos unos cinco minutos al final de los telediarios y sólo había algunas retransmisiones deportivas los fines de semana; los realities o programas similares eran impensables. Estas dos secciones han ido ganando terreno, de manera que la parte dedicada al deporte puede ocupar en los telediarios una proporción casi equivalente a la del resto de noticias nacionales, internacionales y culturales (la verdad es que esta sección es casi inexistente, puesto que parece que no hay más cultura que el deporte). No estoy haciendo ningún juicio de valor; sólo muestro mi sorpresa. Habría pensado que con el aumento de la alfabetización y el número de estudiantes universitarios, lo que se habría producido es el aumento de programas tipo la clave o más creativos aún.

He oído muchas veces eso de que estos medios de comunicación son la vía para adormecernos y atontarnos, para que no pensemos por nosotros mismos, eso del pan y el circo. Pero me pasa como con las conspiraciones, no lo veo. Veo más bien que al pueblo le gusta el circo, y no se lo reprocho. El problema es que cuando más oferta debería haber habido, puesto que hay más medios, más se ha reducido la misma, circo y circo, y a los que no nos gusta el circo, ajo y agua.

Pero lo más curioso, lo que no me deja de sorprender es que el formato es más o menos el mismo de mi añorado programa, un presentador y un conjunto de contertulios expertos defendiendo diferentes puntos de vista. El contenido nada que ver, el nivel de discurso de los contertulios tampoco, pero el nivel de implicación emocional infinitamente mayor. Y ahí debe estar el quid. Recuerdo que los debates de la clave que más interés suscitaban eran los más cercanos a la política, en los que los contertulios más se acaloraban. Reconozco que a mí los que más me gustaban eran los de ciencia, por mi propio sesgo personal.

Los participantes en estos nuevos “debates” deportivos argumentan de cualquier trivialidad como si estuvieran hablando de física cuántica, con tesis y datos a favor y en contra, tratando de hacer argumentos objetivos y racionales. Pero en este caso no tiene ningún sentido, gran parte del encanto del deporte es el componente emocional que despierta, si no, sería imposible que ocupara el lugar que actualmente ocupa en los medios de comunicación y en la vida de tanta gente. Y, si la objetividad es casi imposible en cualquier ámbito de la vida, incluida la ciencia, cuanto más cercano esté a la emoción el hecho que se juzga más se aleja la objetividad.

En las áreas de la ciencia donde interviene el ser humano, tanto como observador o como sujeto de la observación, se ha generalizado el procedimiento del doble ciego, en el que ni el observador ni el observado saben en qué condición experimental están, qué les están evaluando o haciendo, para que no puedan influir en los resultados, ni siquiera de manera inconsciente. No creo que ninguno de los comentaristas, ni de los aficionados resistieran un estudio ciego sobre los partidos de fútbol, una simulación en la que un aficionado no supiera si es o no de su equipo el que está implicado en la acción. Pero, comos hemos sido alfabetizados, nos han enseñado que hay que ser en cierto modo objetivos y tratamos de convencer al contrario de que lo nuestro se basa en un análisis de lo que vemos, partido tras partido. El contrario por su parte hace lo mismo. Por supuesto, utilizamos todos los trucos de la argumentación, hacemos ciertas concesiones, “ves, cuando es un penalti injusto, yo lo reconozco” y nos lo creemos, pero no cuela. La emoción y la objetividad son incompatibles en la mayoría de las ocasiones, aún poniendo todo nuestro empeño en que no lo sean y, seguramente, sea adaptativo tener que defender a los míos aunque no tengan razón, para eso están mis emociones que se encargan de dársela.

María José Hernández Lloreda | 27 de febrero de 2012

Comentarios

  1. don Gerardo de Suecia
    2012-03-03 15:28

    Gracias por la info! Esa evolución ha tenido lugar en Suecia también. Deportes, deportes y deportes. No me gusta. Cordiales saludos desde Suecia!


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