Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

Mirar sin ver

Recuerdo la sensación de irrealidad y artificio que me produjo el final de Marianela de Galdós que tuve que leer como texto obligatorio en el colegio. En ese momento no sabría explicar muy bien por qué, más allá de que me pareció un libro un tanto cursi y aburrido. Pero lo más curioso es que ahora que estoy interesada por la percepción visual, esa primera impresión no podría haber sido más adecuada y muchas veces me viene a la mente aquel final. Para quién no lo haya leído, o no lo recuerde, el hecho es que un chico muy guapo ciego se enamora de Marianela, que no es que sea un dechado de cualidades físicas. Cuando finalmente un oftalmólogo consigue que recupere la vista, como resultaba previsible, cae completamente rendido a la belleza de otra chica, la guapa del libro. Nada original, el viejo tema de la importancia del aspecto físico frente a otras cualidades morales. Pero no voy a entrar en el tema, que daría para mucho y del que no soy muy experta, de hasta qué punto podemos sustraernos de la influencia del aspecto físico de una persona (variable según la cultura) y cómo otro tipo de cualidades deben multiplicar su efecto para contrarrestarla. Me interesa mucho más el otro aspecto: qué ve alguien que es ciego si de repente recupera la vista. La respuesta es compleja y no del todo resuelta desde un punto de vista científico, pero sobre la que se está arrojando cierta luz.

Aunque parezca sorprendente, tenemos que aprender a ver a través de una interacción entre la predisposición innata, la maduración del cerebro y la experiencia perceptiva con nuestro entorno. Ver no es tan fácil como nos parece, aunque no nos haya costado el mínimo esfuerzo conseguirlo.

Si este texto lo hubiera escrito hace décadas, habría tenido que decir que a partir de cierta edad si alguien recupera la vista no ve prácticamente nada, muchos oftalmólogos consideraban que a partir de los 7 u 8 años no valía la pena operar la ceguera congénita provocada por causas reversibles. Se basaban en lo que se denomina la hipótesis del periodo crítico: si durante el periodo crítico en el que se desarrolla la visión, uno es sometido a deprivación sensorial, aunque desde un punto de vista óptico se pueda recuperar el ojo, el cerebro no ha aprendido a ver y, por tanto, uno es ciego funcional.

Sin embargo, investigaciones más recientes, como las del admirable proyecto dirigido por Pawan Sinha, están demostrando que la plasticidad neuronal es algo mayor de lo que se pensaba y que no están tan claras las consecuencias de la deprivación ni si podrían existir algunos programas de entrenamiento que ayudaran al cerebro a “ver” mejor. Como además la construcción de la realidad no la hacemos sólo a través de uno de los sentidos, el cerebro va componiendo una imagen de la realidad donde luego van encajando las piezas nuevas, de manera que a medida que la experiencia visual de estas personas avanza van integrando la información adquirida mediante diferentes sentidos. La transferencia no es inmediata, requiere de la experiencia, por lo que por fin queda resuelto el problema de Molyneux.


“Supongamos a un hombre ciego de nacimiento, ya adulto, y que ha sido enseñado a distinguir, por el tacto, la diferencia existente entre un cubo y una esfera, hechos del mismo metal y aproximadamente de igual tamaño, de tal suerte que pueda, tocando a una y la otra figura, decir cuál es el cubo y cuál la esfera. Supongamos, ahora, que el cubo y la esfera están sobre una mesa y que el hombre ciego recobre su vista. Se pregunta si por la vista, antes de tocarlos, podría distinguir y decir cuál es el globo y cuál el cubo”

La respuesta, como defendían los empiristas, es no.

Así que el protagonista del libro no habría podido tener un imagen nítida de ninguna de las protagonistas cuando abrió sus ojos. Pero más aún, resulta difícil que, incluso en el caso de que hubiera podido recuperar una visión nítida y parecida a la de alguien con visión normal, hubiera tenido las categorías de perfección y belleza para aplicarlas directamente a las dos protagonistas. No debe ser menos cierto que este tipo de categorías deben ser aún más dependientes de la experiencia con el entorno que la percepción visual sin más. Y en caso de haber habido algún tipo de transferencia de los distintos sentidos, sería su conocimiento previo y, por tanto, unido a una emoción por la protagonista, la que debería haber guiado su concepto de belleza y no al revés. Ya se sabe eso de que el amor es ciego.

Por eso, siempre me hace mucha gracia cuando oigo eslóganes del tipo: “que no te condicionen”, lo único que me viene a la mente es: “imposible”.

Es cierto que Galdós no tenía por qué tener ningún conocimiento de todas estas ideas, pero no puedo evitar recordar esa sensación de artificio que en su momento me produjo el libro y que con el paso de los años la ciencia ha ido confirmando.

María José Hernández Lloreda | 27 de julio de 2011

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