Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

El que busca halla

En el último año hemos asistido a la aparición de este tipo de noticias que muchos estaban esperando, yo diría que casi deseando, que se produjeran. ¿Veis como no podía ser bueno? Somos usuarios compulsivos de la tecnología pero estamos convencidos de que es mala, sobre todo la que utilizan los otros. No es nada sorprendente oír a alguien convencido de lo malas que son las antenas de telefonía móvil, los alimentos manipulados genéticamente o de lo perjudicial que son para la salud mental de niños y jóvenes el uso de las nuevas tecnologías, mientras ese alguien fuma tranquilamente. Vaya por delante que no digo ni que lo sean ni que no lo sean, simplemente no lo sé. Pero hay mucha gente convencida de que sí, y a mí me sorprende.

¿Cuál es la evidencia en que sustentan su opinión? Mucho me temo que ésta tiene mucho más que ver con un modelo personal que con un modelo empírico. No se trata de una convicción a la que uno llega tras un análisis racional y científico, donde el conocimiento del mecanismo responsable de producir cáncer o cualquier alteración psicológica lleve a valorar estos “artilugios” tecnológicos como posibles causas de riesgo, es que hay cosas que por algún motivo las debe cargar el diablo. Pero lo más curioso es que estamos empeñados porque nos parece evidente, porque mirando a nuestro alrededor observamos algo que apenas se percibe cuando se mira bajo la lupa de la investigación. Incluso demostrar si existe o no un aumento de la violencia en jóvenes o de determinado tipo de cáncer, una vez que se eliminan aquellos factores que lógicamente deberían llevar a un aumento de los mismos (aumento de la esperanza de vida, aumento de las revisiones que lleva a un aumento de detecciones…) es muy complejo, aunque de esto sabe mucho más nuestro compañero de libro de notas.

Y como ponemos mucho empeño en ello, por fin lo encontramos: el teléfono móvil está en el grupo 2b como “posible carcinógeno”. Y también sabemos que el hecho de que los niños pasen mucho tiempo frente a “monitores” puede provocarles problemas psicológicos.

Si analizamos un poco en detalle la clasificación de la organización mundial de la salud (que desde un punto de vista científico me parece muy loable y recomiendo su lectura a quién le interesen estos temas), el informe viene a decir que:

“Con respecto a exposiciones ocupacionales o del ambienta, así como de otros tipos de cáncer que no sea glioma o neuroma acústico, la evidencia es inadecuada”

Consideran evidencia inadecuada cuando los estudios disponibles no tienen suficiente calidad, consistencia o potencia estadística para permitir una conclusión sobre la presencia o ausencia de asociación causal entre la exposición y el cáncer o no hay datos disponibles de cáncer en humanos.

“Con relación al glioma o neuroma acústico la evidencia es limitada”

Y consideran evidencia limitada cuando se ha observado una asociación positiva entre la exposición al agente y el cáncer y el Grupo de Trabajo considera creíble interpretación causal, pero el azar, el sesgo o confusión no pueden ser descartadas con suficiente confianza.

Es decir, de momento poca cosa. Eso sí, está en todas las portadas de los periódicos. La información que transmiten es más bien mínima. Está en el grupo de los posibles, ni siquiera de los probables. Pero el ser humano no diferencia mucho entre posible y probable, ellos mismos afirman que es una diferencia cualitativa y no cuantitativa. Quizá sí sea fácilmente cuantificable el efecto que ambos vocablos producen en el oyente: si me dicen posible no hago mucho caso, si me dicen probable me parece bastante peligroso.

La misma clasificación podríamos aplicar a lo perjudicial que son para la salud mental de niños y jóvenes el uso de las nuevas tecnologías, en vista de la evidencia disponible.

Y es que no nos gustan los cambios en las costumbres, no nos gusta que las generaciones que nos siguen utilicen tanto y en tantos contextos las nuevas tecnologías y que hayan cambiado nuestra forma de jugar y relacionarnos, así que pensamos que debe ser malo.

Leer en dispositivos electrónicos o pantallas de ordenador, también cuenta con muchísimos detractores. Perjudica a la vista. Resulta sorprendente que se aplique también a los lectores de tinta electrónica, que no emiten luz, pero incluso entre los que emiten luz no existen estudios que demuestren un perjuicio para la vista, más allá del fastidio de no parpadear y que el ojo se seque un poco porque parpadeamos menos (pasar la hoja sirve para refrescar el ojo) y pasamos más horas que frente a una hoja de papel, ni más ni menos la misma fatiga visual que tenemos cuando realizamos cualquier actividad que suponga fijar mucho la vista.

Sin embargo, hay cosas mucho más evidentes y más cercanas, como que los accidentes de tráfico son la principal causa de muerte entre los niños y jóvenes y nadie de esta generación tiene nada en contra de los coches, salvo que contaminan y eso podría tener efectos a largo plazo sobre la salud. Es como si de alguna manera lo que nos preocupara más es aquello que tiene efectos más a largo plazo y más desconocidos.

Cómo haga uso de toda esta información para que afecte a mi comportamiento depende más bien de mis prioridades vitales que de la información de que dispongo. No vamos a renunciar fácilmente al uso del teléfono móvil, como no hemos renunciado a fumar aun sabiendo que el tabaco sí tiene calificación de carcinógeno. Siempre me produjo mucha gracia eso de que nadie quisiera tener una antena de telefonía cerca, pero hiciera uso constante del móvil, con el perjuicio que eso ocasionaba a sus congéneres. Y es que lidiar día a día con este tipo de decisiones resulta un poco agotador y nos dejamos llevar por la corriente.

Esto me recuerda a una señora de mi pueblo, que al final de su vida tenía un poco de demencia y estaba convencida de que su marido la iba a matar mientras dormía y así se pasaba las noches en vela, pero un día cuál no sería su cansancio que antes de irse a su casa, les dijo a su vecinas: “pues yo esta noche, aunque me mate, me acuesto”.

María José Hernández Lloreda | 27 de junio de 2011

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