Libro de notas

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el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

Humo de paja

Hace poco me remitían una especie de manifiesto poético para que lo sometiera a mi consideración y, aunque he estado tentada a hacer un análisis del mismo, creo que la mayoría de las cosas tienen tanto de déjà vu que caen por su propio peso. Pero al hilo del mismo hay varias ideas que sí han merecido cierta atención por mi parte y que tienen que ver con el tono general de esta sección, donde de nuevo puedo unir mi pasión por la literatura y la psicología.

Vaya por delante que no tengo nada en contra de estos poetas, cuya lectura tengo pendiente en un futuro inmediato y no tendré ningún inconveniente en que entren en mi pequeño parnaso si su poesía así lo merece.

Pero está claro que sus ojos y los míos no ven lo mismo.

Lo que más me descolocó al leerlo fue que, después de años intentando encontrar agujas por tierra, por mar y por aire, no tenía ni idea de a qué grupo de poetas o a qué poetas individuales se estaban refiriendo, quienes eran esos poetas obtusos que no se entienden, que escriben poemas sin ideas y que son los responsables de que no haya lectores de poesía y de que ésta no ocupe grandes estanterías en las librerías. Tampoco acierto a ver en qué momento de la historia la poesía ha ocupado un lugar masivo entre los lectores o las librerías. Dándole vueltas, se me ocurren algunas explicaciones posibles; por ejemplo, que no esté viendo la parte de la red que ellos ven y por más que salte de enlace en enlace, de suplemento en suplemento, de crítica en crítica, de premio en premio… nuestros mundos no se crucen. Y si yo no he conseguido dar con ellos, dudo mucho que hayan echado para atrás a muchos potenciales lectores.

Otra explicación alternativa es que realmente no veamos de la misma forma la dificultad, la comprensión o capacidad de suscitar emociones en un poema. Pero aquí es donde mi vena científica se dispara y no puedo menos que manifestar mi disconformidad con algunas de sus afirmaciones:

“Si un poema no se entiende, el único responsable es quien ha tratado de establecer la comunicación.” Falso, tan falso como cuando los alumnos afirman que si una asignatura no se entiende es culpa del profesor. No voy a entrar en todos los aspectos implicados en la comunicación que hacen que esta afirmación haga aguas por todas partes y son de sobra conocidos. Si el mejor profesor del mundo trata de explicarme la última teoría de física cuántica, no la voy a entender nunca, y no me vale eso de que un buen profesor es capaz de hacer fácil lo difícil porque no es verdad. La divulgación científica da la falsa impresión de que uno entiende algo, pero si con esas ideas uno pretende trabajar en la NASA, se dará cuenta de que no tiene ni la más mínima idea acerca de qué va eso.

Así que en su alegato se olvidan de la condición necesaria para que alguien pueda entender algo y es que tenga el nivel suficiente de partida. Sin ir más lejos, hay lectores que no tienen nivel para entender a Lorca. Si uno no sabe sumar no hay manera de que entienda una ecuación diferencial, ni con el mayor genio del mundo como comunicador. Y los niveles de los lectores son muy dispares, como los niveles de los estudiantes, y si uno explica para los que tienen menos nivel priva a los de más nivel de aquello a lo que tienen derecho. Pero es que además la dificultad de cualquier cosa es algo que va cambiando a medida que uno avanza. Para un niño de 3 años los puzzles de 25 piezas son dificilísimos y para uno de 10 triviales. Así que algo no es fácil o difícil en sí mismo, es fácil o difícil en función de las características del receptor. A esto hay que añadir que la dificultad, siempre y cuando sea adecuada al nivel que uno tiene, es una fuente de placer inmensa, y lo fácil satura y aburre. En poesía, lo trivial aburre a quién ya ha leído mucho.

Pero lo más sorprendente ha sido para mí encontrarme, entre los poetas que han hecho “una poesía perfectamente entendible”, a Lorca (¿El romancero gitano o Poeta en Nueva York?), Alberti (¿Sobre los ángeles?) o Miguel Hernández (¿El rayo que no cesa?). Quizá hayan olvidado que en esta época estos poetas ocupaban en el mundo literario un lugar destacado eclipsando a otros poetas “más inteligibles” que eran los que entusiasmaban a la mayoría de la gente.

Pero es que la propia tesis del texto tendría que demostrarse ¿qué evidencia empírica tienen de que no leemos poesía actual porque no la entendemos? Como siempre, es muy sano comprobar hipótesis alternativas: igual la que entendemos tampoco nos gusta.

Lo mismo podríamos decir de lo que produce emoción: no hay recetas universales. A mí particularmente no han conseguido producirme emoción alguna la mayoría de los poetas vivos que para ellos son destacables. Ergo según su argumento o no es poesía digna de destacar o el poeta no ha logrado su objetivo, porque según parece el lector (en este caso yo) no se equivoca sino que el escritor yerra en su función. Es que los argumentos los carga el diablo.

¿Por qué ese empeño en la homogeneidad? No voy a entrar en el concepto de poesía que defienden, uno de tantos, nada nuevo, ni el objetivo que le atribuyen. A mí todos me valen, yo defendería el suyo y el contrario, siempre y cuando, como decía Borges, se escriban textos de esos que merece la pena releer.

Y cómo no, he dejado para el último lugar la explicación más prosaica y, por ende, más probable, que no sea más que una pequeña reyerta dentro del propio mundo cerrado de las editoriales, premios… y por eso los profanos no nos enteremos de nada.

Así que supongo que el objetivo es dar una cierta forma a un grupo y en eso los aplaudo. Aunque me vienen a la memoria los movimientos que han ido surgiendo en la historia con propuestas más o menos extrañas o más o menos profundas, y uno no puede evitar la comparación. Y para que no parezca que todo tiene que ser complejo, existen otras propuestas curiosas en el séptimo arte. Pero más allá de eso, lo que realmente uno no puede perder de vista es que nunca se habría hablado de ellos si detrás no hubiera habido una creación artística impresionante tanto de los fundadores de los movimientos como de sus seguidores.

Así que espero impaciente los movimientos derivados de este “manifiesto”, aunque parece que no promete mucho porque se echa de menos cierta originalidad, pero nunca se sabe, hay quien es capaz de darle a cualquier idea trillada una nueva vuelta de tuerca.

Todo lo demás es humo de paja.

María José Hernández Lloreda | 27 de mayo de 2011

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