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El mundo gira sobre un eje podrido por Alber Vázquez

Alber Vázquez es escritor. “El mundo gira sobre un eje podrido” es una columna de opinión que se publica todos los lunes y que alberga como firme propósito convertir a este planeta en un lugar más habitable donde los hombres y las mujeres del mañana puedan compartir su existencia en condiciones igualdad y justicia. Estamos seguros de poder lograrlo. El mundo gira sobre un eje podrido dejó de actualizarse en abril de 2008.

Delatar es guay

Cuando yo era niño, iba a un colegio de curas en el que la delación no sólo no estaba mal vista, sino que era obligatoria. Cada vez que alguien realizaba una fechoría, el profesor podía dirigirse a cualquier alumno y preguntarle directamente quién o quiénes se hallaban metidos en el ajo. Y se esperaba que, con toda la naturalidad del mundo, el alumno inquirido señalara a los culpables. Así, con el dedo, sin cortarse un pelo.

Por no hablar de ese suplicio chino que consistía en sacar a alguien a la pizarra y, mientras el profesor se ausentaba del aula, pedirle que anotara los nombres de los que se portaran inadecuadamente. Y advertirle de que como a su vuelta no hubiera al menos dos nombres anotados en el encerado, el marrón se lo iba a comer él. Las SS nunca torturaron más sutilmente.

Recuerdo casos de chavales que, nublado su entendimiento por el pánico, no sólo no dejaban de apuntar apellidos en la pizarra, sino que, encima los atiborraban a palotes uno detrás de otro. Así:

Palacios IIIIIIIIIIIIIIIII
Vázquez IIIIIIIIIIIIIII
Artola IIIIIIIIIIII

Vamos, la juerga padre. Aquello era aniquilar el proceso delator a través de una estrategia inflacionista. La releche para unos cuantos chavales de doce años.

Por suerte, cuando los chavales nos íbamos haciendo mayores, dejábamos poco a poco de delatar alegremente. Es más, ahora pienso que ese, precisamente, era uno de los síntomas de que un niño estaba dejando de serlo: ya no se iba de la lengua con tanta facilidad. Recuerdo que una vez, un servidor le rayó el coche a un profesor. No tengo la más mínima idea de por qué lo hice, pero sé que sucedió. Y sé perfectamente que el tipo aquel era un hijo de puta integral que se merecía no sólo que le rayara el coche, sino que se lo rociara con gasolina y le acercara un mechero encendido. Bien, pues a pesar de que hubo al menos media docena de testigos, cuando el sátrapa en cuestión apareció y, tras ponerse hecho un basilisco, exigió a los presentes que confesaran alto y claro el nombre del pre-cadáver, allí no cantó ni la Chelito. Yo, que como puede comprenderse tenía para entonces la espalda empapada en sudor helado, experimenté una sensación de agradecimiento tan grande que debió ser casi como un éxtasis religioso.

Y es que en una sociedad hecha y derecha, en una sociedad de gente decente y buena, nadie se chiva. Nadie se chiva, joder. Incluso cuando no te hace demasiada gracia lo que el de al lado ha hecho, tú te callas. Es una simple cuestión de solidaridad entre iguales y de reacción lógica ante el poder omnímodo: si este tío le ha rayado el coche a ese hijo puta que nos amarga la vida todos los días, pues no seré yo el que lo delate. Aunque rayar coches no esté bien. Listo. Ni siquiera hace falta que seamos todos amigos del alma. Basta con ser personas reconociendo que los que están junto a él también lo son. Punto final.

Pero eso sucedía hace veinticinco años. Digamos que los que delataban, delataban en modo analógico. Y lo analógico, quieras que no, tiene su plus ético. O sea, que te podías chivar, pero al menos no te cabía la menor duda de que eras un chivato. O un chivato de mierda, por decirlo con todas las palabras.

Ahora no. Ahora todo es digital y nadie tiene conciencia de nada. Delatar ya no es un acto perverso y vil. No, al contrario. Ahora delatar es guay. Y mola tanto que si delatas mucho y delatas con gracia, puedes llevarte un magnífico regalo a casa. Para que lo disfrutes a tus anchas. Colega.

¿Que no? ¿Cómo que no? Pero si hasta concursos para delatar se montan ya. Como este, que se llama “¡Denúncialo!“ y gracias al cual puedes pasarte por el forro de los cojones el derecho que tu vecino tiene a que le dejen en paz y ponerlo a parir en toda la internet. Jo, jo, jo, lo que nos vamos a reír. ¿Pero quién no conoce a alguien que merece, con todas las de la ley, ser denunciado? Nadie. ¿Y quién no tiene una camarita de vídeo digital o un móvil de los de ahora, que te lo graban todo, todo y todo? Nadie. ¿Pues a qué esperas, alma de cántaro? Denuncia, por el amor de Dios, denuncia. Pues no habrá gente a la que denunciar por ahí...

Porque eso sí: aquí gente que nos parece mal, la hay a manta. Yo, por ejemplo, no trago a ni Dios. No habría bits en el universo para que yo grabara mis denuncias. ¿Qué? ¿Que exagero? ¿Que no será para tanto? ¿Que toda esa gente a la que yo podría denunciar a lo mejor no se lo merece? Pues sí, pero lo mismo que la gente a la que tú pretendes denunciar. O a la gente que los organizadores de este concurso pretenden convertir en foco de delación.

Porque aquí señalar con el dedo lo molesto les parece a todos una idea genial. Sí, claro, hasta que lo molesto eres tú. Hasta que alguien decida que ese hábito tan peculiar tuyo es digno de ser grabado en vídeo para que, convenientemente expuesto al escarnio público en internet, unos cuantos voten acerca de tus miserias y los más se partan el culo con tu particular particularidad.

Porque antes se delataba a los rojos y a los maricones, y ahora delataremos al resto: ¿Acaso existe alguien que no tenga nada que ocultar? Yo no levanto la mano, porque yo soy un tío raro que escribe poemas, corre sin que nadie le persiga y le gusta mirar los pájaros. Pero mis cosas son mis cosas, y me da la gana de que se me respete el derecho constitucional que tengo a mi propia vida, a mi propia imagen y a mi propia intimidad. Y si a ti te parece que estoy haciendo algo que no debo, pues te vas a la comisaría más cercana y me pones una denuncia. Una denuncia de las que van en impreso oficial. Pero no me grabes con tu puto móvil para que una legión de analfabetos funcionales se ría de mí.

Y debes saber una cosa más, que no por dicha al final es menos importante: los ciudadanos libres no nos vigilamos los unos a los otros porque hacerlo significa crear el estado policial perfecto: hombres y mujeres espiándose y delatándose mutuamente sin que ni siquiera nadie se lo haya pedido. Si Orwell levantara la cabeza, se le volvía a caer de puro espanto.

Alber Vázquez | 03 de diciembre de 2007

Comentarios

  1. Joxan Ruiz
    2007-12-03 17:10

    Amén

  2. elpeor
    2007-12-03 21:46

    muy bueno!!
    yo no iba a un colegio de curas pero había un profesor, que además tuvo mas de 2 denuncias de acoso sexual de niños en el cole, que usaba esas técnicas del tercer reich…
    pero que cerdo que era el tio, la mujer tambien era profesora, y ademas de pasarse con las niñas todos sabíamos que se lo hacía con otra profesora.. esto en octavo.. menos mal que teníamos 2 profes mas que mejoraban la balanza y nos enseñaron a pensar…
    como dicen por ahí se dice el pecado y no el pecador.

  3. Usach
    2007-12-03 23:29

    Al final Orwell si que va a tener algo de profeta!!!! Y creo que esto es nada comparado con lo que se nos avecina, así que será mejor que las nuevas generaciones se vayan despidiendo de la poca intimidad, que razonablemente, creen que disponen. Esto es la era de la comunicación y como tal, aquí se comunica todo.

  4. Juan
    2007-12-03 23:32

    ¿Se da Ud. cuenta Sr Vázquez de que lo que Ud. acaba de escribir es precisamente una artículo-denuncia, mencionando nombres y todo (el del concurso, me refiero)?

    ¿Es la paradoja intencionada?

    En cualquiera de los casos, no hace falta que se sulfure tanto: la figura del chivato o delator está suficientemente vilificada en España. Lo que Ud. menciona son tímidos intentos de acercarnos a una cultura bastante establecida en muchos países civilizados: implicar a la población en el mantenimiento de la convivencia e incluso en la lucha contra el fraude. En España, la gente deja que a su alrededor ocurran todo tipo de tropelías sin mover un dedo, incluso a veces cuando uno mismo es el objeto de ella.

    En una sociedad madura son los propios ciudadanos quienes colaboran en mantener la convivencia ejerciendo presión sobre quienes se aprovechan de los demás. Desde luego, todo es susceptible de abuso y puede caerse en una cultura de desconfianza y caza de brujas, pero la solución para evitar esto no debe ser esconder la cabeza como un avestruz y desentendernos de las conductas incívicas o simplemente delictivas que ocurren a nuestro alrededor inspirándonos en un concepto colegial del honor.

    Y por último, para remachar con fuerza mis argumentos: hostia puta joder caca culo pedo pis.

  5. Jose
    2007-12-04 00:08

    Yo diría que lo del no ser chivato tiene también su lado oscuro. Del no chivarse se han valido siempre todos los abusones que en el mundo fueron, y probablemente se seguirán aprovechando los del futuro. Porque el no chivarse en los casos que refieres es lo fetén, pero lo malo es cuando se aplica el cuento a palizas gravadas con móviles ultramodernos y demás cachivaches, cuando el dilema no es entre chivarte y que te castigue el profe, que es entre chivarte o que te sigan sacudiendo un día sí y el otro también. El machismo subdesarrollado ese de aguantar las hostias por no delatar al esqueje de facineroso nunca lo entenderé. Supongo que uno lo empieza a ver de esta manera cuando tiene hijos y no sabe muy bien cómo van a volver cada día del cole. Y supongo que me pongo melodramático por momentos..

  6. Bart
    2007-12-04 03:18

    Vaya, vaya, vaya así que al señorito le gusta mirar a los pajaros, ¿eh? ¿Y con qué intención? Nada, nada, denuncia al canto, que yo necesito esa cámara sony DHR que dan de premio.

  7. Cayetano
    2007-12-04 22:35

    Tengo que confesar que los textos de Albert, en general, me resultan interesantes más por cómo lo cuenta, que por el tema en si. Es decir: aprendo mucho sobre el cómo escribir :)

    Sobre denunciar, hay mucho que decir. Depende qué cosas se denuncien y los parametros éticos de cada cual. Tambien es verdad que denunciar según que cosas solo acarrea problemas, además de ser apartado (como un apestado) de grupo social …

    Denunciar, es españa, es algo que implica altos costes personales. De ahí se explica que la corrupción campe a sus anchas. Es más, ni siquiera se llama corrupción a ciertas prácticas comerciales, actividades bancarias o relajación de costumbres entre funcionarios y/o cargos políticos. Sumamos a esto la ineficacia, altos costes y lentitud de la justicia y se preguntan ¿a qué denunciar?

    Lo malo de todo esto es que el silencio “impuesto” es un monstruo que se retroalimenta y engorda hasta que sea imposible controlarlo.

  8. Alejandro21
    2007-12-05 01:11

    La figura del delator es herencia de de la pedagogía jesuítica. En los internados la clase estaba dividida en dos grupos romanos y cartaginenses
    A cada alumno de un grupo le correspondía otro alumno del grupo contrario

    Se lo llamaba Emulo, y la misión de este era delatar las fallas del contrincante.
    La delación era un mecanismo obvio de control, según los jesuitas mediante al emulación y otros recursos los alumnos podría aprender las nociones cristianas de honor.
    Eso siempre me ha intrigado: la obscena separación entre la teoría cristiana y su práctica.
    De más está decir que fui a colegios católicos y solo recuerdo experiencias amargas, hechos de violencia (de todo tipo) y un sentimiento de que todo es falso.
    Justamente todo lo contrario de lo que el cristianismo quiere enseñar.
    En cuanto a filmar dudo de su eficacia, un ejemplo:
    El gobernador de nuestra ciudad es un importante empresario (Ja!) hace unos años atrás un grupo de delincuentes entraron en el banco central de la provincia y abrieron la caja de seguridad donde tenía guardada información sensible, para luego tirar en un descampado los papeles.
    Todo está filmado por las cámaras de seguridad y jamás se llegó a encarcelar a nadie.
    Filmar no sirve sino hay una justicia que condene.

  9. el jukebox
    2007-12-05 03:56

    Por la descripción, creo que fui a la franquicia donostiarra del colegio al que fue Alber. Así que suscribo lo dicho por él de la primera a la última línea. Son los frutos de la educación…

  10. Arturo
    2007-12-09 21:13

    Suscribo lo apuntado por Juan y Jose. Respeto el derecho a la libertad y a la intimidad, pero no cuando se ejercen para abusar y arrollar a los demás. Hay cosas que nos afectan a todos. Uno se cansa de tanto “cada uno a lo suyo”, “sálvese quien pueda” o “que le den”. Es triste reconocer que son imperativos esenciales de una sociedad en la que todos consentimos vivir (con nuestra parte de responsabilidad).



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