Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Gul: Parte Quinta

Mi segundo día en Nueva Inglaterra, resacoso como si aquel trago de whisky fuera cargado de veneno, lo dediqué a recorrer el jardín nevado de las estatuas. Las había enormes, como el hombre que luchaba con la jauría o la cabeza de ogro que surgía de la tierra con la boca abierta, y también otras pequeñas, de factura muy tosca, que imaginé que representaban pequeños elementales, diosecillos olvidados diez mil años antes de que fueran adorados Apolo y Atenea, también representados en el estatuario. Las esculturas de los elementales apenas levantaban un par de palmos del suelo y los rasgos esculpidos estaban muy gastados. Los ojos de piedra asomaban de la nieve acumulada con una expresión entre el acecho y el vacío absoluto. Las nevadas intermitentes habían cubierto las huellas de mi abuelo. Me interné en el bosque de las lápidas y esta vez me dirigí hacia la cripta. Los árboles crecían muy juntos, cernidos sobre el sendero. Los miré con atención pero no pude identificarlos, con sus hojas negras y estrelladas, ni hacerme una idea aproximada de su edad. Las lápidas que aprisionaban con troncos y raíces parecían centenarias, desmigajadas por el tiempo. La entrada de la cripta, bajo la luz invernal casi cristalizada, no era tan ominosa como la noche anterior. Los escalones estaban recorridos de raíces gruesas y agrietados. Allí, frente a los escalones que se hundían en la tierra hasta una puerta de madera con remaches metálicos, muy poco funeraria, más bien de fortín, cerré los ojos y escuché. Controlé la respiración. Las señales podían ser muy sutiles. Escuchaba el viento en la punta de las hojas, las ramas crujir bajo el peso de la nieve. El mar al otro lado de la colina, gris como la luz, cristalizado y sin embargo fluido, lleno de ballenas inmortales y serpientes gigantes que se deslizaban como espectros por las ruinas hundidas de los primeros hombres, despeñándose graciosa y lentamente hacia los abismos, al compás de los cardúmenes y los bancos de algas. Devolví mi atención al bosque, arrancándola casi con violencia de aquellas lejanas señales submarinas que no esperaba encontrar. Repetí los ejercicios de respiración. De no haber estado el suelo tan mojado y enfangado me habría tendido y hundido el rostro en la tierra. Solo tenía que escuchar. Escuchar y escuchar mientras los sonidos se borraban, se desmigajaban las lápidas y se desmigajaba el cielo en silencio, escuchar si había algo que escuchar, bajo el invierno y el olor a sal, bajo el rumor de mi sangre, el cálido circular de humores y toxinas, y no había nada, nada en absoluto. No sonaban las campanas remotas. Abrí los ojos, me limpié la boca de la saliva me había ido cayendo en un hilo con la manga del abrigo. Los dientes me dolían por el frío. El lugar era normal, no una puerta al otro lado. Mi abuelo no me había mentido. No había ninguna señal y ya por aquel entonces era capaz de percibir las más sutiles. Ni siquiera un fantasma andrajoso y colonial rondaba el cementerio. Me sentí profundamente decepcionado. Triste. No tenía nada que hacer allí, no sería la cripta ningún alivio para los dolores que me afligían. Era ridículo haber esperado otra cosa. Decidí volver a la mansión y pedirle algo de comer a la señora Avalon, algo que no vomitara y me diera fuerzas. Leería un poco. Dejaría pasar las horas y los días hasta que mi abuelo expurgase de una vez la biblioteca del muerto, encontrase lo que sea que buscara, y volviésemos a casa. No a la casa de los Pirineos, a mi auténtica casa, que era la de Pedro Devries y su familia. Jamás volvería a pisar la casa de los Pirineos. Jamás volvería a hablar con mi abuelo. Jamás volvería a pensar en Giovanna y desde luego jamás volvería a buscarla en cualquier sitio extraño, en bosques y cementerios que no eran otra cosa que vulgares, vulgares como mi dolor y como mi espanto. Decidí todo aquello y entonces recordé el pelo de Giovanna, los gestos de Giovanna, el tacto de Giovanna, su susurro metiéndose en mi cama un amanecer, justo tras la partida de mi abuelo, lenta y cálida, encontrando un hueco perfecto, su molde exacto junto a mi cuerpo rígido, llevando su boca a mi oído y diciendo qué hay entre las montañas, qué se esconde en los bosques de pinos y hayas, qué son esas campanas remotas, con su acento napolitano, su olor inundándome, su tibieza ablandando poco a poco mi espalda envarada, todo eso dijo, y todavía medio dormido intenté desasirme, negarme a algo que todavía no me había pedido. Sólo quiero escuchar esas campanas de nuevo. ¿Dónde están esas campanas?, dijo. Esas campanas no están, dije. Esas campanas son. ¿Y qué son?, dijo ella. Son otra cosa. ¿Qué cosa, niño, qué cosa? El otro rostro del mundo, dije. Hablas como tu abuelo, dijo ella, dime algo que pueda comprender. No es sencillo de explicar, es muchas cosas al mismo tiempo, es un lugar, es… ¿Un lugar?, dijo, un lugar desde el que suenan campanas remotas, dijo ella como para sí. Esas campanas, yo solo quiero escuchar esas campanas otra vez. Intenté decirle que las campanas no significaban nada, que no eran más que un eco, no exactamente un sonido, en absoluto auténticas campanas. Es mejor que lo olvides, dije, olvida las campanas. No puedo, no puedo, dijo ella, no quiero, no quiero. Sus dedos se engarfiaron en mi brazo y dijo: Todavía escucho sus voces, sus voces de monstruo, llamándome desde muy lejos, desde un lugar muy frío y muy oscuro, como un útero congelado. Sé que están muertos, todavía más muertos de lo que estaban en vida, porque tu abuelo los mató ante mis ojos. Les cortó las cabezas y las quemó en un bidón, dentro de un almacén en un polígono industrial a las afueras de Nápoles. No quedó más que una ceniza negra y asquerosa, una pasta casi líquida como de aceite de motor. El hedor era insoportable y los matones que había contratado tu abuelo, tipos duros con las narices aplastadas y las cejas partidas pero que estaban blancos y temblorosos por todo lo que habían visto, se tapaban la boca con las manos y uno se puso a vomitar sin disimulo. Así que están muertos, sus cuerpos decapitados y desmembrados y quemados por separado, pero oigo sus voces. Quieren que vaya con ellos, desde tan lejos y todavía me desean, quieren el poco calor que me queda dentro y nos unen pactos y vínculos que trascienden el mundo normal. El otro día, en el bosque de hayas, escuché esa campana remota. El tañido lo llenaba todo. Un pulso, un latido que no cesa. Ahogaba sus llamadas. Aquella campana era silencio, un silencio que me alejaba de ellos. ¿Cómo se llama ese lugar? Tiene muchos nombres, Giovanna, le dije. ¿Cómo lo llamas tú?, dijo. Se lo dije en un susurro casi inaudible. El país borroso, dijo ella, el país borroso. Me tocó el rostro con las manos y me hizo mirarla a los ojos. Entraba la luz del amanecer y eran oscurísimos, sus ojeras absolutas y sus mejillas estaban hundidas como si algo la devorara por dentro. Llévame, por favor, llévame.

Comencé a bajar a la cripta.

Francisco Serrano | 07 de abril de 2013

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Gul: Parte Tercera [08/03/13]
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Gul: Parte Segunda [21/02/13]
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