Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Hongo: Parte Séptima

Seguimos hablando durante la madrugada. Devries fumó varios de sus cigarros y me narró su proceso de descomposición y transformación, cómo se le habían caído primero algunos dientes, después el pelo se le fue afinando hasta desaparecer, incluso en las extremidades y el pecho, empalideciendo más y más cada día, hasta que se le cayeron las uñas y pareció que su piel se renovaba por completo, borrando huellas dactilares, líneas de expresión en el rostro, pequeñas marcas y cicatrices. La piel blanca y fría como un valle nevado e incólume. Durante ese proceso de transformación no faltaron visitas a médicos y especialistas, desde lo más convencional a lo más heterodoxo, galenos alquímicos, chamanes e incluso un brujo apache que viajó ex profeso desde Sonora. Ningún supo dar explicación o cura a lo que le pasaba y él prefirió no hablar de sus viajes al otro mundo ni de los hongos lunares.

¿Por qué no?, le dije. Quizá así podrían haber…

Ya te he dicho que el secreto del viaje entre mundos pertenece a un grupo de gente muy limitado, el auténtico gobierno del mundo…

Sobre eso también quiero hacerte algunas preguntas.

Devries negó con la cabeza. No todavía, dijo. Es un asunto terrible al que ya llegaremos pero no es el momento aún.

¿Entonces?

¿Entonces qué?

Para qué me has hecho venir.

No te he hecho venir. Sólo quería que me enviases los cigarros.

Sabías perfectamente que vendría a traértelos en persona.

Devries sonrió. O eso creo. Era difícil leer expresiones en aquella máscara blanca, tersa y aplanada, con la boca sin labios y fina como una cuchillada.

He llegado a aceptar mi situación, dijo. Esto es un proceso irreversible. Tu abuelo y yo bromeábamos sobre algo así con frecuencia. Con ir demasiado lejos y ser castigados.

¿Hubris?

Hubris, sí. Él se burlaría de oírme decir algo así. A veces pienso que si él siguiera vivo… Pero quizá también fue demasiado lejos y fue castigado, como yo ahora. Le echo de menos. Era mi mejor amigo.

Nadie entiende del todo lo que le pasó a mi abuelo, dije, pero no creo que su caso tenga nada que ver con el tuyo.

Quién sabe. La maldición de cada hombre es diferente. Los dos desaparecemos, yo bajo esta materia blanca y él devorado por una criatura invisible…

Devries, dijo. Deberías haberme llamado antes.

El hombre me contempló sobre las velas casi consumidas de su mesa. Ojos ilegibles, entornados, muy oscuros. Tienes razón, dijo. No puedo dejar de pensar en ti como en mi alumno, un adolescente demasiado serio y aplicado. Pero ahora te miro y veo el vivo retrato de tu abuelo y sé que eres mejor que él en todos los sentidos, lo que significa que también eres mejor que todos los demás.

No soy en nada igual o mejor que mi abuelo, dije. Él era un hombre extraordinario, para bien o para mal.

Devries rió. Bueno, chico, ya te he dicho que era mi mejor amigo pero no me llamo a engaño. En lo único que tu abuelo era verdaderamente extraordinario era en la violencia. Tenía una habilidad especial para causar daño. Siempre me he preguntado si eso podrías haberlo heredado como lo hiciste con la xenoglosia.

No respondí. Sus ojos me escrutaron durante unos segundos como si conociera un secreto sobre mí que no quisiera explicitar todavía.

¿Qué quieres de mí pues?, dije

Ayuda, dijo. Pero no para revertir esto, puesto que ya sé que no tiene remedio, quiero que ayudes a Alia cuando yo me haya ido…

Devries…

Tengo una idea aproximada de cómo acabará esto. Sé que no me queda mucho tiempo. Hay cosas que he hecho, cosas que no vienen al caso, que tengo que poner en orden. Voy a estar muy atareado y no me queda mucho tiempo. Afortunadamente ya casi nunca duermo ni me siento fatigado. Pero sé que no falta mucho. El proceso está llegando a su fin, la metamorfosis se completará pronto.

¿Y qué pasará?

No lo sé con seguridad. Moriré. Me transformaré en un hongo sin mente ni voluntad. Quién sabe. Entonces es cuando necesitaremos tu ayuda. ¿Estarás dispuesto a hacer lo que haya que hacer?

Sí, dije.

Devries se inclinó sobre la mesa, luz roja en sus facciones inertes, ojos negros, hundidos, y comenzó a recitar sus últimas voluntades.

Francisco Serrano | 21 de junio de 2012

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Gul: Parte Cuarta [21/03/13]
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Gul: Parte Tercera [08/03/13]
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Gul: Parte Segunda [21/02/13]
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Gul: Parte Primera [07/02/13]
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Hongo: Parte Sexta [07/06/12]

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