Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Hongo: Parte Primera

La casa estaba bastante alejada del pueblo, casi escondida en la sierra. A su alrededor sólo había pinares y crestas de roca que parecían leviatanes fosilizados. Anochecía. El taxi que había cogido en la estación de trenes me dejó junto a la puerta de entrada. Alia salió cuando escuchó ladrar a los perros y se quedó mirándome desde el porche.

Empuja la cancela, dijo. Está abierta.

La miré a ella y miré a los perros, dos mastines enormes. El porche estaba a unos quince metros de la entrada. Ni hablar, dije. Me quedé quieto, con el paquete que había traído bajo el brazo.

No te van a hacer nada, dijo ella. Silbó y los perros se calmaron, se acercaron a ella y se frotaron contra sus piernas. ¿Ves?

Empujé la cancela sin tenerlas todas conmigo. Los perros eran muy bonitos, uno negro y otro canela. Apaciguados, ni se inmutaron con ella vino corriendo y se me echó en los brazos. Había crecido desde la última vez que nos vimos y su herencia libanesa se había impuesto en su aspecto. El pelo muy negro, la piel morena. Me besó las mejillas y me llamó por mi nombre. Te he echado mucho de menos, dijo.

Yo a ti también, dije.

Me invitó al interior de la casa. Estaba como la recordaba. Parecida a la casa de los Pirineos de mi abuelo, una vivienda cargada de recuerdos y curiosidades de países lejanos, cuadros, fotografías, máscaras ceremoniales.

¿Dónde está tu padre?, dije.

Ella negó con la cabeza. Está en su despacho.

Me volví hacia las escaleras que iban al segundo piso y ella me detuvo. No, dijo.
Ahora su despacho está en el sótano.

¿Cómo? ¿En serio? Esto… ¿Es cierto que te ha escrito una carta? Sí. Fue toda una sorpresa cuando llamaste. No sabía nada, aunque seguro que eché yo misma la carta al buzón. Envía y recibe docenas de cartas a la semana. Seguro que me dio la tuya entre otras muchas, sin decirme nada. Quizá la envió él mismo. Para darte una sorpresa.

Negó con la cabeza. Hace meses que mi padre no sale de casa.

Me quedé atónito. ¿Por qué? En la carta mencionaba problemas de salud sin importancia…
Será mejor que bajes a verle, dijo ella, muy seria. ¿Qué llevas ahí?
Bueno, lo que me pedía que le enviase en la carta. Decidí que era mejor venir en
persona.
Suspiró. Ya sé qué es, dijo. Ni me lo digas.

Me puso un brazo en el hombro. Ven, te llevo al sótano.

De acuerdo, dije.

Había reformado toda la planta baja. Trasladado cada uno de los objetos de su despacho, todos los libros de la biblioteca y todos los matraces y retortas del laboratorio. Vio una foto en la que salíamos los cuatro, Alia, su madre, su padre, y yo. Su padre era Pedro Devries, el hombre que se encargó de mi educación entre los trece y los diecisiete años. Un reputado alquimista e historiador y el segundo hombre, tras mi abuelo, en formar parte de las Siete Sociedades Secretas. También eran amigos, mi abuelo y él, y me dejó a su cuidado cuando tuvo que ausentarse por sus negocios, y mi padre vivía en Estados Unidos sin ningún interés por ocuparse de su hijo.

Por aquel entonces Devries vivía cerca de la Torre de los Gorriones, no muy lejos de donde después tuve yo mi oficina. Un barrio castizo, de casas viejas y calles estrechas, que no ha cambiado y donde todavía resido. Conviví con Devries, su mujer y su hija, apenas una cría, durante cuatro años. No fui su mejor estudiante pero sí uno aceptable, y todo lo que sé de trabajo de laboratorio, de alquimia y de la historia secreta del mundo lo aprendí de él. De mi abuelo aprendí otras cosas, casi siempre más prácticas, y con frecuencia relacionadas con hacer daño a otras personas. O criaturas. En realidad viví durante dos periodos con la familia Devries, esos años de adolescencia, justo antes de la desaparición de la segunda esposa de mi abuelo y nuestro viaje a Massachusetts, y otro más breve tras mis viajes por Asia y África, cuando volví convaleciente y herido. Poco después de eso la mujer de Devries murió y él se trasladó junto con su hija a la casa de la sierra. Siempre había tenido problemas de salud, relacionados con las vías respiratorias, y esperaba que el aire de la zona lo mejorase.

¿Dónde está?, dije. Tenía a la vista su mesa de trabajo, desocupada, sin un papel a la vista, tan limpia como lo estaba el laboratorio, sin ninguna sustancia quemándose en el crisol, sin el rumor constante de una extractora de humos. Está en su otro despacho, dijo poniendo un énfasis particular en la frase.

Me guió por un corto pasillo alfombrado hasta una puerta negra. Había un teclado alfanumérico en la pared y un interfono. La puerta no tenía pomo.

Alia, dije. Qué…
Estoy harta, dijo. Que te lo explique él.

Pulsó el botón del interfono. Hubo un crujido en el altavoz y una voz que no reconocí dijo: ¿Sí?

Papá, dijo ella. Está aquí.
¿Quién?
Ya sabes quién. Tu camello.
Oh, dijo la voz. No le dije que viniera él.
¿Quieres que se vaya?
No, no. Que pase.

Alia me miró. Si antes me había parecido víctima de un enfurruñamiento adolescente, pues era así como casi siempre la recordaba, ahora parecía abatida. Muy cansada. Adulta de una manera muy triste.

Alia… Habla con él. Yo ya no puedo más.

La puerta negra se abrió con un chasquido. Entré en la estancia. Me sorprendió la penumbra. Un par de complicados candelabros iluminaban la entrada y dejaban en sombras el fondo. Distinguí una mesa, un par de sillas, gran cantidad de alfombras afganas dispuestas de cualquier manera por el suelo.

Devries estaba en las sombras, de pie tras la mesa. Dijo mi nombre y de nuevo su voz me sonó diferente, más suave, contenida.

Acércate, por favor, dijo. ¿Qué haces ahí? Estaba a oscuras, dijo. Últimamente la luz me molesta demasiado.

Encendió una cerilla y dio lumbre a una pequeña vela que llevaba en la mano. La llamita sólo alcanzaba a iluminar una mano muy pálida. Devries iba envuelto como en un rebozo negro.

¿Has traído eso? Sí, dije. Devries me había escrito pidiendo que le comprase y enviase una caja de cigarros Faraón, una marca que sólo vendían en una tienda de productos exóticos de Madrid que llevaba un persa nonagenario. ¿Puedes dejar el paquete en la mesa?

Me acerqué. Él retrocedió unos pasos. Rasgué el papel de estraza del paquete. Asomó el rostro adusto de un faraón niño, con su mitra y su fusta enjoyada, cincelado con extrema delicadeza y pintado de negro. Abrí la caja y saqué un cigarro.

Sabes que no me voy a ir hasta que te eche un vistazo, dije. Acércate y fúmate uno. Alia me va a matar por traértelos. Esa niña, dijo Devries. Pretende mantenerme a salvo de mí mismo.

Olisqueé el cigarro. El olor era muy fuerte. Me recordó a mis horas de estudio en la biblioteca, mientras él fatigaba volúmenes y comentaba cosas al azar, eventos históricos, y me daba una perspectiva inesperada, una idea diferente de lo que era el mundo y de lo que en el mundo sucede. Había llegado a odiar aquella peste de tabaco oriental. Ahora me ponía nostálgico. Dejé el cigarro en la mesa.

Él se sentó en su silla. Me invitó a hacer lo mismo. El rebozo le cubría incluso la
cabeza. Al verle el rostro no supe qué decir. Tragué saliva. ¿Qué te ha pasado?

Nada de importancia, en realidad, dijo. Se quitó el rebozo de la cabeza. No tenía un pelo, ni siquiera cejas o pestañas. Su rostro se había vuelto blanco y liso como el papel, inmaculado. Una versión aplanada de sus rasgos, rejuvenecidos de manera aberrante, inhumana. Una mano igual de blanca y lisa, sin uñas, cogió el cigarro.

¿Qué te ha pasado?
Bueno, dijo Devries. No estoy seguro. Comenzó tras uno de mis viajes. Por algo que comí. No es contagioso. Creo. Por lo menos Alia no se ha contagiado. Ni ninguno de mis otros visitantes.
¿Qué te ha pasado? Era incapaz de decir otra cosa. Devries, o lo que sea que tenía delante, estaba relajado, palpando con delectación el cigarro.
Es muy sencillo, dijo. Viajé demasiado lejos y ahora estoy pagando el precio.

Encendió el cigarro con la vela. Chupó y sopló el humo.

Me estoy convirtiendo en un hongo, dijo. Pero no es tan terrible como parece.

Francisco Serrano | 07 de marzo de 2012

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Gul: Parte Cuarta [21/03/13]
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Gul: Parte Tercera [08/03/13]
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Gul: Parte Segunda [21/02/13]
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Gul: Parte Primera [07/02/13]
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Hongo: Parte Sexta [07/06/12]

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