Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Harpía: Parte Primera

Bajé al bar porque se había estropeado el televisor y mi apartamento, sin los sonidos estridentes de los dibujos animados que veía durante el desayuno, me parecía asfixiante, diminuto, un cerco que se estrechaba sobre mí, saturado de estanterías llenas de libros, los matraces y retortas de la mesa del laboratorio, los baules de cosas diversas, ropa, artilugios, recuerdos, que nunca había colocado. También estaba convaleciente de una herida recibida durante mi último caso y tenía un largo costurón en el pecho, que habría de dejar una larga cicatriz con forma de ciempiés, y una costilla fisurada. Dolía al respirar. Se llamaba Café Bar Templo. Lo regentaban unos chinos y tenía un sótano en el que durante las noches, las largas madrugadas, la gente ocupaba sofás de terciopelo raído y fumaba y bebía, a puerta cerrada. A esa hora de la mañana, un domingo, estaba vacío a excepción del camarero y una pareja de extranjeros sentados a una mesa. Hablaban alemán, demasiado alto, convencidos de que nadie los entendería.

Pedí un té al camarero, un hongkonés que apenas hablaba español. Dijo: No té.

¿Café?

No, café no. ¿Manzanilla?

No, no. No manzanilla. No té. Café.

No quiero café. ¿Tienes alguna infusión? ¿Tila?

Se rascó la cabeza. Flores chinas, dijo. Muy fuerte. Flores chinas. Muy fuerte.

Vale, dije. Ponme flores chinas.

Me dio la espalda y se puso a trastear con una tetera para calentar agua. En el televisor del bar había un noticiario chino. Soldados que desfilaban junto a carros de combate y misiles. No había volumen. Escuché la conversación de los alemanes. Él decía que tenían que hacer las cosas mejor. Ella no decía nada. Él era tan alto y rubio como uno imaginaría a un alemán y muy joven. Ella era morena y menuda e igual de joven. Dijo que estaba haciendo todo lo que podía. Tenían acentos diferentes.

Harpía: Primera Parte

Él dijo que lo sabía, pero que tenían que esforzarse más. Ella asintió. Los observaba de soslayo. Ella mantenía las manos cerca del rostro, los codos sobre la mesa, como si fuera a echarse a llorar. Bebían café con leche.

El camarero puso la tetera en la mesa y un vaso con hierbas secas en el fondo. Flores chinas, dijo. Muy fuerte. Cogí el vaso y miré lo que contenía. Distinguí pétalos y tallos secos a medio machacar. De un color amarillento como la mostaza caducada. Olisqueé.

Pero qué es esto, dije.

Flores chinas, dijo.

Ya, vale. Está claro.

Olía a campo. Eché el agua caliente. El aroma se intensificó. Despertó un recuerdo lejano que no pude concretar. Algo relacionado con el verano y los incendios.

El alemán decía que todo iba a salir bien. Dijo que estaban lejos de casa pero que eso no importaba porque estaban juntos. Dijo cosas que uno sólo dice a la persona de la que está enamorado cuando nadie escucha.

Ella dijo que quería algo de paz. Ella dijo que sólo podía dormir cuando cogía sus manos en la oscuridad. Dijo cosas que ningún extraño debería escuchar. Probé la infusión. Estaba demasiado caliente pero me gustó el sabor. Muy fuerte, le dije al chino. El camarero sonrió. Cogió un cepillo y salió de la barra para barrer un poco.

Él tocaba las rodillas de ella bajo la mesa. El líquido en mi vaso era amarillo como un sol aguado. Ellos no tocaban sus tazas de café. Podía escuchar la sangre circulando en mi interior.

Dos hombres entraron en el bar. Vestidos con jerseys viejos y pantalones de pana. Zapatones negros. Uno de ellos tenía una ceja partida. Se sentaron a una mesa y el camarero fue a atenderles. Pidieron café y coñac.

La infusión de flores chinas me calentaba el estómago. Me notaba más despejado. Una claridad intensa se coló por las ventanas del bar. El día avanzaba. Ella se puso unas gafas de sol. Él estaba de espaldas a la luz. Los dos hombres miraban a la pareja. Bebían coñac, se sonreían, hablaban en susurros que no podía escuchar.

Ella dijo que a veces se sentía muy cansada. Él se llevó un dedo a los labios y le pidió silencio. Ella asintió. Agachó la cabeza. Con las gafas y el pelo negro sobre el rostro parecía un insecto, una criatura voladora y oscura posada al borde de un precipio, de una altura inconcebible.

El camarero cambió de canal. Puso una telenovela de época. Dos amantes chinos con trajes del siglo diecinueve. Se asían de las manos en un salón cargado de ornamentos. Eran el espejo perfecto de los dos jóvenes alemanes. Pero a los amantes de la telenovela tenían todas las victorias a su alcance. Ésa era la diferencia, el reverso especular.

Los hombres bebían café y susurraban. Mantenían sus sonrisas. El alemán se levantó y saludó en español. Se inclinó para hablar con ellos. Susurró también. Los hombres tenían ojos calculadores, ojos que medían y mensuraban. Ojos que despedazaban como carniceros. Invitaron al alemán a sentarse. Miraron a la mujer con sus ojos de lobo. Ella era ilegible tras sus gafas de sol. Los tres hombres conferenciaron en susurros. Comprendí que ya se conocían, que estaban citados, que todo estaba decidido y arreglado de antemano. El hombre de la ceja partida tocó el hombro de su compañero. El alemán mantenía una sonrisa que parecía un grito. Los susurros continuaron.

Tenía que beber con cuidado para no tragarme las flores chinas. Partícular diminutas flotaban en el agua caliente. En el fondo del vaso los posos se reconfiguraban con cada trago y explicaban un porvenir diferente.

El hombre de la ceja partida puso una mano en el hombro del alemán. Casi grito. El alemán se dejó tocar. El otro hombre miraba a la mujer y luego al alemán y luego a su compañero. Acordaron algo. El hombre retiró su mano del hombro del alemán. El alemán transpiraba. Pestañeaba mucho, insinuaba muecas de dolor, de adicto, de fotofóbico. Se levantó y fue hasta su mesa. Ella mantenía la cabeza gacha. Le dijo algo. Ella negó con la cabeza. Él insistió. Ella asintió y, ahora sí, se cubrió la cara con las manos. Los hombres se habían puesto de pie. El camarero nos daba la espalda a todos, mirando la telenovela. No pasaba nadie por la calle. Sólo entraba esa extraña claridad, esa luz de un sol diferente.

Había una puerta al fondo. Los hombres fueron hacia ella. El alemán los siguió. Los hombres bajaron unas escaleras mientras el alemán sostenía la puerta. Cariño, dijo. Cariño.

Ella no se movía. Al final él bajó las escaleras y la puerta se cerró. No quise moverme. En mi vaso apenas quedaba infusión. Los posos eran como heces descompuestas. Ella se puso en pie. Como sonámbula. Se encaminó hacia la puerta. Hubiera gritado si la luz, la luminosidad imposible que ardía en la barra, en los bordes de la máquina tragaperras, en las sillas y en las mesas, no me lo impidiera. Dejé el vaso. Llamé al camarero. Eh, dije. Eh.

El camarero se volvió. Tenía ojos de loco. Sudaba. No más flores chinas, dijo. Volvió a mirar la televisión.

Me aparté de la barra. La infusión me calentaba el estómago. Me sentía muy despierto. Supe lo que había que hacer aunque lo que quería era volver a mi apartamento y fingir que no había visto nada, que no había pasado nada, que no era responsable en absoluto. Fui hasta la puerta. La escalera era de hormigón y había manchas de humedad en las paredes. Bajé con calma porque ya era demasiado tarde. El horror había comenzado. Habían plegado la ropa con pulcritud. Largos salpicones de sangre en el cemento basto del suelo. Él estaba arrodillado y desnudo, con los ojos muy abiertos, las manos, el pecho, el vientre y hasta el rubio vello púbico encostrado de sangre del hombre a su lado, también desnudo y con los ojos muy abiertos, pero que yacía de costado, inerte, con los brazos estirados como si intentara huir. El otro hombre estaba sentado en una silla con los pantalones por los tobillos. Ella le había clavado las garras en las costillas y se sostenía así, las alas desplegadas cubiertas de plumas negras brillantes como el petróleo. El pico naranja, largo y afilado arrancó un jirón de carne del rostro y lo tragó con movimientos convulsivos del cuello. Una bombilla pelada iluminaba la escena. La sangre tan era negra como las plumas.

Harpía: Primera Parte

Él comenzó a gritar. Ella saltó al suelo y se irguió en toda su envergadura. Se podían ver los pezones de sus pechos menudos entre el plumaje y su vagina estaba rodeada de un suave plumón violeta. Sus garras arañaron el cemento con un chirrido. Cerré los puños y me dispuse a hacerle frente. Dolía al respirar.

Francisco Serrano | 07 de noviembre de 2011

Comentarios

  1. Claudio
    2011-12-02 03:03

    Grande!! Te dejé un mensaje en hotmail, ya me cuentas. Salut!!


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