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Educación y transhumanización por Manuel Ángel Vázquez Medel

En el siglo XXI, con la “revolución de la mente” (tras la “revolución del músculo” que supuso la revolución industrial), la educación ocupa el lugar central de todos los procesos humanos. Cada 26 del mes en curso, Manuel Ángel Vázquez Medel, Catedrático en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, ofrecerá nuevas claves educativas para pensar, sentir, comunicarnos y actuar en la nueva sociedad de la comunicación y de los saberes compartidos.

La confianza en el proceso educativo

En ocasiones, más preocupados por las leyes, disposiciones y normas que regulan el desarrollo de la educación en sus diferentes niveles, olvidamos el corazón mismo, el núcleo de las interacciones educativas: capacitar al estudiante para que vaya adquiriendo gradualmente conocimientos, competencias, habilidades, valores, pautas de conducta, que le permitan vivir con plenitud en sociedad, realizarse y realizar para ella un ejercicio profesional que ha de redundar en beneficio de todos.

Para ello, antes que nada y por encima de todo, es preciso tener confianza. Confianza en la capacidad de los seres humanos para transformarse a través de este proceso. Porque si no creemos en ello, ninguna regulación ni procedimiento remediará ese grave lastre.

Educar supone tener una antropología positiva: pensar que los seres humanos somos perfectibles, que podemos cambiar, que podemos enriquecer nuestra mente con contenidos, impulsos y proyecciones muy diversos.

En ocasiones, los errores en la enseñanza se han intentado corregir con más normas y reglas; o, simplemente, con más instrumentos, medios y apoyos. Y se ha olvidado a las personas; se ha obviado lo esencial: ese “pacto fiduciario”, ese acuerdo de confianza que debe estar presente entre todos los agentes del sistema educativo:

  • Confianza y colaboración de los padres con los educadores y con el sistema al que confían a sus hijos para que contribuyan a conformar críticamente sus mentes y a orientar sus vidas;
  • Confianza de los educadores en el sistema de que forman parte, contemplándolo siempre de manera dinámica y crítica y procurando su transformación cuando sea necesario;
  • Confianza de las autoridades públicas en los educadores, a los que deben facultar y dotar de los medios imprescindibles para que acometan su importante misión con éxito;
  • Confianza de la sociedad en la capacidad que otorga el sistema educativo para formar adecuadamente a los ciudadanos y profesionales que necesita;
  • Confianza de los alumnos en sus profesores, que debe estar acompañada del necesario respeto, y reconocimiento de que de ellos depende en gran medida un proceso del que deben estar informados y por el que deben estar motivados;
  • Confianza de los profesores en sus alumnos: en su capacidad de aprendizaje, en sus ritmos y procesos individuales y grupales, en la posibilidad de transformación y mejora, aun en casos difíciles.

Para todo ello, claro está, hace falta un gran pacto social por la educación. Que ya llega tarde y parece que mal, pero que siempre será mejor que la insensata secuencia de bandazos y de cambios normativos en educación, tomando siempre “el rábano por las hojas” y sin acometer las grandes cuestiones.

El problema más de fondo está incluso en que muchos no tienen ni siquiera confianza en que estas formas de acuerdos, estos “pactos fiduciarios” sean posibles. Y por ello ni siquiera lo intentan.

Hace falta cambiar de marco de reflexión, de frame, cuando hablamos de cuestiones educativas y, sobre todo es preciso estar convencidos de que acometer estos grandes problemas con una voluntad crítica y positiva no lo solucionará de inmediato, pero que contribuirá poderosamente a ello.

Porque un sistema educativo basado en la desconfianza y articulado desde normas cada vez más rígidas está condenado al fracaso desde su propia raíz.

Manuel Ángel Vázquez Medel | 26 de enero de 2010


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