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De lo animal, lo humano y lo divino por José Fco Zamorano Abramson

Psicólogo y músico. Doctorando en comportamiento animal (Etología). Su trabajo se enfoca principalmente en el comportamiento social de los Cetáceos (ballenas y delfines) y otros mamíferos marinos. Tratará aquí, cada día 2, de cuáles son las “pautas que conectan” el comportamiento del ser humano con los demás animales, sustentando la idea de la “interrelación” entre todo lo vivo, a partir de una integración de diversas disciplinas tales como la Etología, la Psicología y la Ecología.

De los Animales a los ANIMATS I

Yo, como admirador del reino animal, por un lado, y estudioso del comportamiento animal, por otro, no dejo de impresionarme, incluso creo haber experimentado en algunos momentos una “crisis de identidad” (qué soy y qué me diferencia de una máquinas) al observar el comportamiento de algunas máquinas autómatas portadoras de la llamada “inteligencia artificial”. Muchos de los avances actuales en el desarrollo de la vida, en general, y la inteligencia artificial, en particular, están absolutamente ligados a las teorías que definen a los seres vivos, los animales y su comportamiento. De hecho, el paradigma evolutivo por selección natural es fundamental en el desarrollo de varios programas que simulan procesos biológicos. Si dirigimos una breve mirada a la evolución que ha experimentado el desarrollo de animales artificiales y virtuales, resulta difícil responder acerca de lo que realmente nos caracteriza y diferencia a nosotros, los animales biológicos, y más en particular, al ser humano, de las demás máquinas inteligentes y animales artificiales. Pero esta cuestión no es algo reciente, esta supuesta “diferencia” ha sido materia de controversia al menos desde que comenzamos a inventar las primeras máquinas. Eso sí, la “respuesta” ha ido cambiando a lo largo del tiempo.

Descartes, el más famoso de los filósofos franceses argumentó que los animales eran meramente bestias mecánicas, bête-machines. Poseían sensaciones y pasiones, pero estas eran meramente reacciones orgánicas, ya que carecían del pensamiento y del lenguaje, por tanto, de abstracción y de metacognición. Los animales eran cuerpos sin mente, al igual que las máquinas y a diferencia de los seres humanos, poseedores de un “alma racional” que existía fuera de nuestro cuerpo y era responsable de dirigir el movimiento corporal a través de la glándula pineal. Los animales quedaban relegados a la categoría de simples autómatas, con un comportamiento mecánico –al igual que relojes–. Frente a esto, la razón humana, a la que denominó el “instrumento universal”, permitía a los seres humanos responder flexiblemente a cualquier condición al mismo tiempo que alcanzar el dominio sobre toda la naturaleza.

El panorama actual es muy distinto. Por un lado, el avance tecnológico en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), y por otro, el avance en el entendimiento del cerebro y los procesos mentales (mejor llamados cognitivos) de animales tanto humanos como no humanos, hacen ya insostenible esta concepción dualista cartesiana por varios motivos. Uno de ellos es que hoy tenemos evidencia de que muchos animales piensan y, además, que algunas máquinas actuales también lo hacen, en el sentido de que procesan información de manera tal que la retienen en su memoria, la recuperan y, finalmente, toman decisiones en el presente basadas en esta información. Incluso en algunos casos llegan a demostrar la capacidad de planificar hacia el futuro (pero eso da para un nuevo tema). En todo caso, parte de nuestro conocimiento actual, tanto el biológico como el tecnológico, podría calzar mejor con las ideas posteriores que tuvo el filósofo La Mettrie, quien estando de acuerdo con Descartes en que los animales eran meras máquinas y carecían de alma, llevó esta idea al extremo hasta afirmar que incluso los seres humanos también éramos meras máquinas carentes de alma, éramos “l’homme machine”. Sospecho que este filósofo tampoco debía creer mucho entonces en el libre albedrío en el ser humano, y menos en el de los animales. Ver esto y esto.

Influenciado por ambos filósofos en el año 1738 el ingeniero Francés Jacques Vaucanson llevó estas ideas a una realidad técnica al crear la anatomía en movimiento (anatomie mouvante) a través del diseño del “Pato con aparato digestivo”, el primer animal autómata de la historia. El pato tenía más de 400 partes móviles, y podía batir sus alas, beber agua, digerir grano, y ¡defecar! (eso sí en términos muy burdos, ya que no había ninguna clase de metabolismo o transformación de la materia en todos estos procesos).

Aunque haya sido una máquina muy básica, con este invento, Vaucauson influenció gran parte de las ideas en las ciencias psicológicas acerca del comportamiento y la mente animal, que se mantienen hasta nuestros días. Básicamente son dos las implicaciones filosóficas que este primer autómata animal ha tenido desde su invención, 250 años atrás: que los animales son meramente máquinas y que la vida animal es reducible a mecanismos.

Estas dos ideas se refuerzan aún más debido al avance que ha experimentado desde aquel pato hasta nuestro días el desarrollo de estos animales autómatas. Es cada vez más común ver en los anuncios, tiendas y hogares a estas mascotas electrónicas que semejan animales domésticos verdaderos. Si observamos algunas de estas mascotas autómatas o robots que actualmente se ofrecen en el mercado nos damos cuenta de que la evolución desde el pato digestivo hasta ahora es realmente notable:

Pollitos:

Gatos:

Perros:

…y un cada vez mas largo etcétera. No es extraño que estos animales autómatas puedan llegar a confundir a veces tanto a seres humanos como a los mismos animales. ¿no? Y si no vean la interacción de este gato con un gato artificial:

Aunque… no sé a ustedes, pero a mí no me queda muy claro que el gato finalmente estuviera convencido de su replica. Por ejemplo, en mi experiencia con gatos, perros, gallos y otros animales que he criado he visto como pueden interactuar de la misma forma con peluches, zapatillas e incluso realizar algunas conductas muy similares en el “vacío”, es decir, sin ningún estimulo parecido a un animal presente en el ambiente. ¿Cómo podemos estar seguros, entonces, de que el animal en cuestión realmente confunde al robot con un miembro de su especie?. Un ejemplo gráfico de este mismo problema fundamental lo encontramos en el lanzamiento al mercado de AIBO, el perro autómata de la corporación Sony. Básicamente, este perro artificial dispone de sensores que le evitan chocar contra objetos y una cola que funciona de antena, además de “sentido del tacto”. También es capaz de reconocer los gestos e incluso la actitud corporal de su dueño. Es sensible a las caricias, tiene una enorme capacidad de movimientos, equilibrio y flexibilidad y, lo más importante de todo, es capaz de “aprender”. Según palabras emitidas por la propia compañía, AIBO “verdaderamente tiene emociones” e instintos programados en su cerebro. Así, según la situación, AIBO moverá las piernas vigorosamente o “mostrará mal humor” si no recibe la atención que pide. El modo en que nosotros los humanos respondemos a las “expresiones emocionales” de AIBO afectarán enormemente, por tanto, a su “personalidad y crecimiento”. Muchos de los dueños de AIBO no dudan en atribuir estas y otras capacidades a sus mascotas robóticas, los tratan igual que a perros mimados, los llevan a concursos de adiestramiento, deportivos e incluso de belleza. Estos perros artificiales no solamente pueden confundir a algunos seres humanos sino también a los mismos perros. En un estudio reciente llevado a acabo por expertos tanto en comportamiento de perros como en el diseño de IA se concluyó que AIBO puede en efecto confundir fácilmente a un perro real al interactuar con éste. En el estudio se utilizaron perros adultos y cachorros de entre 4 y 5 meses de edad. Los perros fueron observados en situaciones en las que se encontraban con 4 tipos de compañeros distintos: (1) un coche con mando a distancia, (2) un robot AIBO, (3) un robot AIBO pero cubierto de pelos y de olor a cachorro, y (4) un cachorro real de entre 2 a 4 meses de edad. Los resultados mostraron que si bien los perros diferenciaban en cierta medida los perros reales de los artificiales, el AIBO cubierto de pelos y de olor aumentó significativamente las respuestas evocadas en comparación con el coche. Según los autores estos experimentos muestran los primeros pasos hacia la aplicación de este tipo de robots en los estudios de comportamiento, a pesar de que en la actualidad la limitada capacidad de movimiento del AIBO supone un obstáculo para su eficacia como compañeros sociales para los perros.

Ver video

mas detalles del estudio en cuestión en:

http://www.fkaplan.com/en/multipage.xml?pg=6&id=96650&from=1&to=10

Creo que falta mucho avance para esto pero vamos en esa dirección. Claramente si emulas y añades estímulos naturales y al final tienes una configuración “artificial” que incluye todas las variables de una situación animal natural la respuesta que evocará tanto en animales no humanos como en nosotros será similar a la que evocaría la configuración de estímulos natural. Pero basta que quitemos algunos de estos estímulos para que la artificialidad sea de algún modo “descubierta”. Por ejemplo, el músico y diseñador de juegos japonés Masaya Matsuura que habita con un perro y un AIBO describe cómo el perro perdió interés rápidamente por su AIBO, atribuyéndole esto a la falta de olor de la máquina y, por ende, a su imposibilidad de reproducirse con ella.

Puede llegar a ser fácil que los animales artificiales actuales confundan tanto a seres humanos como a los mismos animales, pero eso hablaría de nuestra dificultad de reconocimiento o de la calidad de la “apariencia” pero ¿acaso esto implica que los procesos que le ocurren internamente a los animales artificiales son de naturaleza similar a los del resto de los animales e incluso a los nuestros? Esta distinción es fundamental, tanto a la hora de evaluar el comportamiento de los animales artificiales, que en el fondo son robots, como a la hora de evaluar el comportamiento de robots, se parezcan o no a animales, incluso aunque sean programas virtuales emulando los mecanismos de funcionamiento de los animales, y por ende quizás si que se pueda afirmar que sean en cierto grado como éstos. Estos “agentes animales artificiales” que están inspirados en los mecanismos internos de funcionamiento de los animales son los denominados “Animats” de los cuales ya hablaremos…

José Fco Zamorano Abramson | 02 de abril de 2011


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