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Cuentos por LdN

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Hada de rosa mirada

Franca Velasco

Como tu nombre indica, eres un ser imaginario de sexo femenino dotado de poderes mágicos.
Al alba, cada mañana, escucho entre sueños tu presencia, tímida, discreta, conmovedora, y me acerco a abrazarte, a susurrarte caricias y apretarte contra mi pecho en la oscuridad del cuarto, sólo lo justo para tranquilizar tu infantil agitación, para ayudarte a recuperar el hilo del nocturno viaje.
Luego regreso a mi cama con sonrisa en los labios y cierro los ojos, esperando, casi temiendo somnolienta, pero también deseando la llamada del despertador para comenzar la jornada.
Desde hace tiempo, en vez de buenos días, a los míos les saludo con la frase “¡otro día juntos!”, consciente de la volatilidad de la vida, del regalo que resulta cada amanecer, cada despertar, cada nuevo compartir.
Y tu extensa sonrisa, cada día, tu rosa mirada, llena los espacios de nuestra casa con regocijo. Tu estar aquí es un don, un curar para las heridas, un motivo para continuar, una nota interminable que redondea la melodía, un placer para los sentidos.
Tus poderes mágicos son la recuperación de la esperanza, la confirmación de la inmensidad del Universo, que han llegado volando con tus alas; tus parloteos incomprensibles, la conversación más interesante, tus tímidos besos recién estrenados, la explosión de júbilo más prometedora, tu agitación de brazos, la bienvenida más apoteósica, tu vacilante caminar, el paso más firme hacia el futuro.
Te miro largamente y no puedo dejar de sorprenderme ante la insondable pregunta de cómo has llegado, cómo he conseguido crear tu vida, cómo sin siquiera saberlo, mis entrañas configuraron tus ojos, tu pelo, tus manecitas, esos pies que apenas controlan las pisadas.
E inmediatamente surge la pregunta de cómo conservarte, qué hacer para ponerte a salvo de todo, supongo que es un afán maternal inevitable.
En los periódicos, a diario, me desayuno con terribles sucesos en los que los protagonistas son bebés como tú, niños de apenas algún año más, y aunque no los conociera, ni supiera de su existencia, vuelvo mis ojos a ti e imagino lo inimaginable.
Toma cuerpo un ser de dientes afilados y corazón ausente que se llama miedo, poderoso y mutante. Puede comenzar siendo amor, incluso dolor, o paz, y va convirtiéndose poco a poco en algo que no deseas.
Cuando el miedo te ha llegado, se ha apoderado de ti en alguna ocasión, esos relatos tremendos te hielan el espíritu, y la empatía se transforma en escalofríos.
Recién nacidos abandonados en contenedores, aún latente el cordón umbilical, pequeños a quienes sus padres olvidan en un coche aparcado bajo el sol abrasador, otros que sufren estúpidos accidentes domésticos.
Cuando aún te amamantaba por las noches, escuché en la radio el caso de una madre que se durmió aplastando a su bebé bajo su cuerpo.
En el pecho se encoge la felicidad y azuza la inquietud más desasosegadora.
Ayer alguien dijo que todos estos sucesos no pueden comprenderse desde la razón, sino sólo desde la fe.
Pero yo no tengo.
Sólo te tengo a ti, y me gustaría deshacerme de ese afán de posesión. En una ocasión me dijeron que no se trata de tener, sino de disfrutar. Disfrutar de ti. Convencerse de que no eres mía, de que sólo he tenido la suerte de ser obsequiada contigo, y de que debería dar gracias por ello a diario en lugar de sentir miedo porque esto algún día tendrá fin. Creo que ese miedo no es natural, ¿o tal vez sí?
Llegar a casa después del trabajo matinal y abrazarte es la mayor recompensa. Sólo esa recompensa estos catorce meses ya debería hacerme sentir lo suficientemente bien como para dejar de exigirle al destino.
No tengo derecho a exigir nada, sólo la obligación de agradecer.
Agradecer por ti y en tu nombre que hayas nacido en esta casa, lejos de conflictos familiares que podrían dañar tu cuerpo y tu espíritu.
Qué suerte has tenido, llegando a este mundo en esta época en la que las mujeres tenemos al menos voz para reivindicar, derecho al voto, reconocida nuestra capacidad para decidir, para estudiar, para discernir lo que es justo y lo que no, qué nos merecemos y qué es ofensivo, para exigir lo nuestro, lo propio, para valorarnos y ser valoradas.
Pequeño milagro, enséñame a conformarme con lo que he vivido, a sentirme afortunada por tu rosa sonrisa, alójame en tus transparentes hadas de ser imaginario y llévame contigo en tu viaje nocturno, ese que yo velaré cada día.
Hada de rosa mirada, gracias por venir a mí.

Franca Velasco es periodista y escritora vallisoletana.
Franca Velasco | 09 de octubre de 2004

Comentarios

  1. Chinca C. Salas R
    2011-11-20 13:54

    Maravilloso cuando están pequeños, huelen divino y algunos dicen que su aroma es de nuevo, ya sabes a medida que crecen se va perdiendo el aroma de rosas y su sonrisa cambia y un día se vuelve macabra, se sienten los dientes afilados como agujas y te cobran la pensión, los bienes te los quitan y te sepultan en vida.


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