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Colorado Post por Raúl Pérez Cobo

Raúl Pérez Cobo es poeta y articulista. Edita la bitácora inculatorias. Colorado post se dejó de actualizar en abril de 2006.

Piedra filosofal

Una vez, dicen, existió una piedra filosofal. Su filosofía era la de aparentar ser una piedra para encontrarse a salvo del hombre, a salvo de sus conversaciones estúpidas, de sus pensamientos estúpidos, de su vida estúpida y lenta, como una vía de tren oxidada.
También hubo un hombre, dicen, que tropezó con esta piedra filosofal, y al caer, se golpeó el cráneo con ella. Fue un golpe “de efecto”. La piedra pensó: “le he matado”, e incluso se sintió culpable, o creyó sentirse culpable, o incluso creyó que tenía un corazón dentro que podía haberse sentido culpable alguna vez. Y como era una piedra filosofal, se dijo: “a fin de cuentas, ¿qué es la vida? La vida es solo un proceso inútil que lleva a la muerte. El único proceso natural que parece estar vivo es la muerte en sí, al menos para el hombre”. Y el hombre despertó. Se rascó la cabeza donde había recibido el golpe, y lo miró todo con una nitidez nueva. “Esto de aquí es el mundo”, se dijo. Y aunque este pensamiento no era un logro para la piedra inteligente, tenemos que admitir que sí lo era para el hombre, quien jamás se había preguntado nada, y aún menos se había respondido a nada. Su pensamiento era una respuesta. Puede que fuera una respuesta torpe, pues era una primera respuesta, la primera respuesta del hombre. Incluso él se sorprendió de que una respuesta le cogiese desprevenido. Buscó una piedra tras de sí, tomó la piedra filosofal entre sus manos.
La piedra miró sus manos, pues para una piedra, una mano o un pie son mucho más expresivos que unos ojos, y supo que algo había ocurrido en la cabeza de aquel hombre.
Esta piedra tuvo la oportunidad de despertar a muchos otros hombres, y de matar a otros tantos, cuando fue atada sobre un palo, como una mártir. Sin embargo —cosa extraña—, jamás volvió a sentirse culpable como la vez en que alumbró la inteligencia dormida de aquel primer hombre que ahora la blandía.
Esta piedra pensó que su única escapatoria era no parecer inteligente, o al menos, no más inteligente que sus hermanas piedras, pues si el hombre la descubría, todos vendrían a darse cabezazos contra su cuerpo, y aquí había una idea que no acababa de gustarle. Cuando el hombre murió, enterraron un hacha junto a su cuerpo. Era la piedra filosofal, y allí, bajo el mundo, esta piedra tuvo mucho tiempo para pensar a solas, y así evitó los disgustos de la erosión – que es el camino de la muerte para una piedra.
Un día despertó de nuevo bajo el sol del mundo. Volvió a ser una piedra, con su misión de piedra: la de velar porque el suelo se mantenga duro y firme para el mundo, pues un mundo sin suelo acabaría hundíendose en la tierra bajo el peso de su cielo, de sus pájaros, de sus estrellas. Cuando oía a otra piedra quejarse de los cambios bruscos de temperatura, de la debilidad geológica del terreno sobre el que se encontraban, o de la inestabilidad sísmica del sistema natural terrestre, esta piedra le decía a su hermana que ellas eran los cimientos del mundo, y que no convenía en absoluto para su especie, oírsele lamentar sobre su existencia. Le decía: “Ser existencialista, es lo peor que puede sucederle a una piedra”. Tal vez tenía razón. En cualquier caso, esta piedra tuvo que arrepentirse de todos sus pensamientos, cuando un día, otro hombre, tropezó contra ella, cayó, y tomándola entre sus dedos, la estrelló contra sus amigas piedras haciéndola añicos: la piedra es el único ser que tropieza dos veces en el mismo hombre.

Raúl Pérez Cobo | 14 de octubre de 2004

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