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Ciencias y letras por Salvador Ruíz Fargueta

Ciencias y letras, trata de acercar las dos culturas , favorecer su mestizaje. En realidad, sólo es una cultura que nos puede acercar más a nosotros mismos, a las complejas relaciones humanas, al mundo y a sus interrogantes. El autor, ingeniero y físico, es editor de La bella teoría. Publica los días 1 de cada mes.

El desayuno en la cocina ingrávida

Este mes os invito a leer esta pequeña maravilla de la divulgación, que le debemos a Yakov I. Perelman , escrita en 1914 y publicada en un capítulo adicional a la novela de Julio Verne, De la Tierra a la Luna . Fue su primer trabajo de ciencia ficción, y pronto fue incorporado a la segunda parte de Física Recreativa que estaba en preparación en aquel momento.

Calentando agua ingrávida – Queridos amigos, aún no hemos desayunado – dijo Michel Ardan a sus compañeros de viaje interplanetario-. El hecho de que hayamos perdido nuestro peso en este cohete no significa que hayamos perdido también el apetito. Ahora mismo les haré un desayuno imponderable que sin duda será el más ligero de cuantos se han hecho hasta ahora en el mundo.

Y sin aguardar contestación se puso a cocinar.

- Esta botella de agua simula que está vacía – murmuró para sí Ardan, mientras abría una gran botella -. Pero no me engañará. Yo sé por qué no pesa … Bueno, ya hemos sacado el tapón. Haz el favor de verter en la cacerola tu ingrávido contenido.
Por más que inclinaba la botella, el agua no salía. – No te canses, querido Ardan – dijo Nicholl, acudiendo en su ayuda — Recuerda que en nuestro cohete no existe la gravedad y por eso el agua no se derrama. Tendrás que sacarla de ahí como si fuera un jarabe espeso.
Ardan no se paró a pensarlo y dio con la palma de la mano un golpe sobre el fondo de la botella. Le esperaba otra sorpresa. En la boca de la botella se formó una bola de agua como un puño de grande.

- ¿Qué le pasa al agua? – se extraño Ardan -. ¡Esto sí que es una sorpresa! Decidme, amigos científicos, ¿qué le pasa al agua? – Esto no es más que una gota, querido Ardan, una simple gota de agua. En el mundo de la ingravidez las gotas pueden ser todo lo grandes que quieras. Recuerda que si los líquidos toman la forma de los recipientes que los contienen, si se derraman formando chorro, etc., es debido a la gravedad. Aquí no existe gravedad, por lo tanto, el líquido está sometido únicamente a sus fuerzas moleculares internas y deberá tomar la forma de esfera, lo mismo que el aceite en el célebre experimento de Plateau.

- ¡Qué me importa a mí Plateau con su experimento! Lo que me hace falta es hervir el agua para el caldo y no hay fuerza molecular que me lo impida – dijo Michel acalorado.
Empezó a sacudir el agua sobre la cacerola, que planeaba en el aire, pero parecía que todo se había confabulado contra él.
Las grandes bolas de agua llegaban a la cacerola y se extendían por su superficie. Pero esto no era todo. Desde las paredes internas el agua se corría a las externas y seguía extendiéndose por ellas. Pronto la cacerola estuvo envuelta en una gran capa de agua. En estas condiciones no había manera de hervirla.

- Esto es un experimento muy interesante que demuestra lo poderosa que es la fuerza de la cohesión – le explicaba tranquilamente Nicholl al furibundo Ardan — No te pongas nervioso, esto es el caso corriente de un líquido que moja a un sólido, con la particularidad de que en este caso la gravedad no impide que este fenómeno se desarrolle con toda su fuerza. – ¡Qué lástima que no lo impida! – repuso Ardan -. Moje o no moje, el agua debe estar dentro de la cacerola y no alrededor de ella. ¡Vaya novedad! ¡Qué cocinero puede hacer un caldo en estas condiciones! – Si tanto te molesta que el agua moje la cacerola, puedes evitarlo fácilmente – intervino Barbicane para tranquilizarlo. Acuérdate de que el agua no moja los cuerpos que están recubiertos de grasa, aunque la capa sea muy delgada. Engrasa por fuera tu cacerola y verás como el agua se queda dentro de ella.

El mechero de gas – ¡Bravo! ¡Esto es sabiduría! – celebró Ardan y puso en práctica el consejo. Después empezó a calentar el agua a la llama de un mechero de gas.
Realmente todo se unía contra Ardan. El mechero de gas también se encaprichó. Ardió medio minuto con llama mortecina y se apagó sin saber por qué.
Ardan le daba vueltas al mechero, cuidaba con paciencia su llama, pero todo era inútil. La llama se apagaba.

- ¡Barbicane! ¡Nicholl! ¿Es posible que no haya manera de hacer que arda este mechero como es debido, como mandan las leyes de vuestra Física y las normas de las compañías de gas? – exclamó Michel, dirigiéndose a sus amigos. – Lo que ocurre no es ni extraordinario ni inesperado – le explicó Nicholl -. Esta llama arde como mandan las leyes de la Física. En cuanto a los compañías de gas … creo que se arruinarían si no existiera la gravedad. Durante la combustión, como tú sabes, se forma anhídrido carbónico y vapor de agua, es decir, gases que no arden. En condiciones normales estos productos de la combustión no se quedan junto a la llama, sino que, como están calientes, son empujados hacia arriba por el aire fresco, que es más pesado. Pero aquí no hay gravedad, por lo tanto, los productos de la combustión se quedan allí donde se producen, rodean la llama con sus gases incombustibles e impiden que llegue hasta ella el aire puro. Por eso aquí arde la llama tan débilmente y se apaga pronto. Los extintores de incendios se basan precisamente en esto, en rodear la llama de un gas incombustible.

- Según dices – le interrumpió Ardan -, si en la Tierra no hubiera gravedad no harían falta los bomberos. Los incendios se apagarían solos, ahogados por su propia exhalación. – Exactamente. Y ahora, para remediar esto, enciende otra vez el mechero y vamos a soplarle a la llama. Yo creo que conseguiremos crear un tiro artificial y que la llama arderá como en la Tierra.


Así lo hicieron. Ardan volvió a encender el mechero y empezó a cocinar con cierta alegría maliciosa de ver como Nicholl y Barbicane soplaban y abanicaban la llama para que no le faltase aire. Ardan sentía en el fondo de su alma que sus amigos y su ciencia eran los culpables de “toda esta barahúnda”. – Mantenéis el tiro como si fuerais la chimenea de una fábrica – susurró Ardan -. Os tengo lástima, queridos científicos, pero si queréis desayunar caliente no hay más remedio que acatar lo que manda vuestra Física.

Agua que no hierve
Transcurrió un cuarto de hora, media hora, una hora y … el agua no daba ni señales de empezar a hervir. – ¡Ten paciencia, querido Ardan! ¿Sabes por qué el agua común, la que pesa, se calienta pronto? Porque en ella se mezclan las capas. Las inferiores, más calientes y menos pesadas, son desplazadas hacia arriba por las más frías. Así se calienta rápidamente todo el líquido. ¿No has intentado nunca calentar agua por arriba? Cuando se hace esto no se mezclan las capas del líquido, puesto que las superiores se calientan y se quedan arriba. Y como el agua conduce mal el calor, se puede hacer que las capas superiores hiervan, mientras que en las inferiores puede haber trozos de hielo que no se derriten. En nuestro mundo sin gravedad puedes calentar el agua por el lado que quieras, el resultado es el mismo, porque como en la cacerola no se puede producir la circulación, el agua se calienta muy despacio. Si quieres que se caliente más de prisa tendrás que removerla tú mismo constantemente.

Nicholl advirtió a Ardan que no era conveniente calentar el agua hasta los 100°C, ya que a esta temperatura se genera mucho vapor, el cual, como tiene aquí el mismo peso específico que el agua (ambos iguales a cero), se mezcla con ella y forma una espuma homogénea.

Los guisantes
Los guisantes jugaron otra mala pasada. Cuando Ardan abrió el saquito en que estaban y lo sacudió, los guisantes se esparcieron por el aire y empezaron a deambular por el camarote chocando contra las paredes y rebotando en ellas. Estos guisantes errabundos por poco ocasionan una desgracia. Nicholl suspiró y se tragó uno de ellos; empezó a toser y poco faltó para que se ahogase. Para liquidar este peligro y limpiar el aire, nuestros amigos tuvieron que dedicarse a la caza de los guisantes con una redecilla de mano que llevaba Ardan para “cazar mariposas en la Luna”.

Cocinar en estas condiciones era verdaderamente un problema. Ardan llevaba razón cuando decía que aquí hubiera fallado hasta el mejor cocinero.
Freír el bistec también costó lo suyo. Hubo que tener la carne sujeta todo el tiempo con un tenedor, porque los vapores elásticos que se formaban entre ella y la sartén empujaban y la carne a medio freír salía volando hacia “arriba”, si es que esta palabra se podía emplear allí, donde no había ni “arriba” ni “abajo”.

En este mundo sin gravedad el desayuno era un espectáculo digno de verse. Nuestros amigos estaban suspendidos en el aire en las posturas más absurdas y pintorescas y con frecuencia se daban cabezazos unos a otros. A nadie se le ocurrió sentarse. Las sillas, los divanes, los bancos, son totalmente inútiles en el mundo de la ingravidez. En realidad, la mesa tampoco hacía falta, pero Ardan se empeñó en que había que desayunar “en la mesa”.

A tomarse el caldo
Tomarse el caldo no fue más fácil que guisarlo. En primer lugar, no había manera de echarlo en las tazas. Ardan hizo la prueba y poco faltó para que echara a perder su trabajo de toda la mañana. Como el caldo no se vertía, se olvidó de la ingravidez y dio un golpe en el fondo de la cacerola para hacerlo salir. De la cacerola se desprendió una enorme gota esférica. Era el caldo en forma de bola. Ardan tuvo que poner en juego sus dotes de malabarista para recuperar la gota y volver el caldo a la cacerola.

Los intentos de usar las cucharas fracasaron. El caldo mojaba toda la cuchara, hasta los dedos, como si fuera una película continua. Decidieron engrasar las cucharas por fuera, para que el caldo no las mojase, pero el resultado no fue mejor. El caldo formaba en ellas una bola y no había manera de hacer llegar estas píldoras ingrávidas hasta la boca.
Nicholl encontró por fin una solución. Hicieron unos tubos de papel encerado y con ellos absorbieron el caldo. Este procedimiento fue el que usaron en adelante, mientras duró el viaje, para beber agua, vino y todos los demás líquidos.

Mi agradecimiento a Patricio Barros y Antonio Bravo, autores de la web Libros maravillosos .

Salvador Ruiz Fargueta | 01 de febrero de 2011


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