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Ciencias y letras por Salvador Ruíz Fargueta

Ciencias y letras, trata de acercar las dos culturas , favorecer su mestizaje. En realidad, sólo es una cultura que nos puede acercar más a nosotros mismos, a las complejas relaciones humanas, al mundo y a sus interrogantes. El autor, ingeniero y físico, es editor de La bella teoría. Publica los días 1 de cada mes.

El futuro de la ciencia

Para la columna de este primero de año de 2010 había pensado en escribir algo sobre el futuro de la ciencia. Primero pensé sobre el futuro que nos puede deparar la ciencia física y todas las tecnologías que derivan de sus descubrimientos. Todas estas tecnologías son las que más cambios han introducido en la vida social si pensamos que de ellas ha derivado la revolución industrial y la nueva revolución de las comunicaciones e Internet. Finalmente decidí escribir sobre el futuro de la ciencia en general y lo que se puede esperar de sus avances. Buscando sobre este tema encontré un escrito de Bertrand Russell, “Ícaro o el futuro de la ciencia”. El escrito es de 1924, pero mantiene toda su actualidad. Al final, lo que importa no es la ciencia del futuro, sino el propio futuro de nuestra civilización que dependerá no tanto de esa ciencia sino de nuestra actitud ante ella y ante nuestros semejantes.

Como Dédalo enseñó a su hijo Ícaro a volar y su imprudencia le hizo perecer, Russell teme el mismo fin de nuestra civilización a la que la ciencia ha enseñado a volar. El peligro no está en el progreso de la ciencia sino en los propósitos perversos o egoístas: “ La ciencia no reemplaza a la virtud; para una buena vida es tan necesario el corazón, o la suma total de impulsos bondadosos, como la cabeza”. En sus conclusiones, que no tienen desperdicio, explica:

Suelen pensar los humanos que el progreso científico tiene necesariamente que ser una bendición para la humanidad, pero mucho me temo que se trate de otra confortable ilusión del siglo XIX que nuestra época, bastante más realista, debería descartar. Sirve la ciencia para que los gobernantes lleven a cabo sus propósitos de manera más completa y cabal. Si esos propósitos fueran buenos, se obtendría, algún beneficio, pero si fueran perversos, estaríamos ante una amenaza. En la época actual, parece que los propósitos de quienes detentan el poder son fundamentalmente perversos, puesto que tienden en todo el mundo a eliminar aquello que hasta ahora la gente tenía por bueno. Por lo tanto, de momento, la ciencia es dañina por cuanto sirve para aumentar el poder de los gobernantes. La ciencia no reemplaza a la virtud; para una buena vida es tan necesario el corazón como la cabeza.

Si la conducta de los hombres fuera racional, esto es, si los hombres actuaran de modo tal que pudieran alcanzar los fines que se proponen, bastaría con la inteligencia para hacer de este mundo un paraíso. En general, lo que a la larga resulta ventajoso para unos es perjudicial para otros. Pero sucede que los hombres se mueven impulsados por pasiones que alteran su percepción de las cosas: si sienten el deseo de dañar a alguien, llegan a persuadirse de que redunda en su beneficio obrar de esa manera. Por consiguiente, no obran de modo tal que sus actos les resulten beneficiosos, a menos que lo hagan llevados de impulsos generosos que los tornan en indiferentes para con sus propios intereses. Por eso resulta ser el corazón tan importante como la cabeza. Por el momento, con lo de «corazón» me refiero a la suma total de impulsos bondadosos. Cuando tal sucede, la ciencia los convierte en efectivos, pero si están ausentes, la ciencia sólo sirve para que los hombres se comporten de manera ingeniosamente diabólica.

Con muy pocas excepciones, pudiera establecerse el principio general de que cuando la gente se equivoca en lo que les conviene, el camino que consideran acertado resulta ser más perjudicial para sus intereses que el que realmente lo es. Son innumerables los ejemplos de quienes han hecho grandes fortunas sólo porque, a partir de supuestos morales, hicieron algo que creyeron contrario a sus mismos intereses. Por ejemplo, entre los primeros cuáqueros, había cierto número de comerciantes que adoptaron la práctica de no pedir por su mercancía más de lo que estaban dispuestos a aceptar, en lugar de regatear con el cliente, como es de uso general. Adoptaron aquella práctica porque creyeron que equivalía a mentir si pedían más de lo que necesitaban. Pero esto resultó tan ventajoso para los clientes que todo el mundo se precipitó a sus tiendas, con lo que terminaron por hacerse ricos. Obsérvese que pudiera haberse adoptado la misma filosofía de venta partiendo de la astucia, aunque el hecho es que ninguno de ellos era lo suficientemente astuto como para obrar así. Nuestro subconsciente es más malévolo de lo que seríamos si nos lo propusiéramos; por eso, la gente que más actúa en beneficio de sus intereses son en la práctica aquellos que, partiendo de consideraciones morales, hacen lo que creen que va en contra de esos mismos intereses.

Por la misma razón, es de suma importancia preguntarse si existe algún procedimiento para fortalecer los impulsos generosos que posee el ser humano. No me queda la menor duda de que su fuerza o su debilidad dependen de causas fisiológicas aún por descubrir; supongamos que se trata de las glándulas. De ser así, bien pudiera una sociedad secreta internacional de fisiólogos aportarnos el anhelado milenio mediante el rapto, en un solo día, de todos los gobernantes del globo, a los que se les inyectaría cierta sustancia que los colmaría de bondad y generosidad para con sus semejantes… Pero, desgraciadamente, primero deberían administrarse los fisiólogos ese filtro amoroso ellos mismos porque, si no, pudiera suceder que prefieran ganar fortunas y prebendas inyectando ferocidad militar a los pobres reclutas. Con lo que regresamos al viejo dilema: sólo la bondad puede salvar al mundo, y aunque supiéramos cómo producirla, no lo haríamos a no ser que ya fuéramos buenos. Al fallar eso, parece que la solución que los Houynhms adoptaron con los Yahoos, a saber, su exterminio, es la única que queda en pie; es obvio que ya los Yahoos comenzaron a aplicarla entre sí (referencia a los célebres caballos humanizados de Swift, Bertrand Russell no es más mordaz que el autor de Viajes de Gulliver, limítase a registrar la ferocidad humana de los Yahoos contra sus propios semejantes).

Todo lo cual puede resumirse en muy pocas palabras. La ciencia no le ha proporcionado al hombre más autocontrol, más bondad o más dominio para abandonar sus pasiones a la hora de tener que tomar decisiones (y lo lógico, por desgracia, es que así siga siendo en el futuro y además de forma aumentada). Lo que ha hecho ha sido proporcionar a la sociedad más poder para complacerse en sus pasiones colectivas, pero, al hacerse más orgánica la sociedad, ha disminuido el papel que desempeñan en ella las pasiones individuales. Las pasiones colectivas de los hombres en su mayoría son malignas; con mucho, las más poderosas son el odio y la rivalidad con otros grupos humanos. Por lo tanto, todo cuanto en la actualidad le proporcione al hombre poder para complacerse en sus pasiones colectivas es perjudicial (Nota 1). Tal es la razón por la que la ciencia amenaza con causar la destrucción de nuestra civilización. La única esperanza firme parece residir en la posibilidad de la dominación mundial a manos de un conglomerado humano, … dominación que llevaría a la formación gradual de un gobierno mundial económica y políticamente ordenado. Por más que, si se tiene presente la esterilidad en que cayó el Imperio Romano, sería preferible en definitiva el colapso de nuestra civilización.

Nota 1.-Los nuevos ordenadores cuánticos muchísimo más potentes, con unas características de cálculo casi milagrosas comparadas con las actuales, la biotecnología y la genética que revolucionarán la medicina y, posiblemente, las propias características de la especie, los nuevos materiales con asombrosas propiedades, una conectividad aumentada con un flujo de información que sólo podemos vislumbrar… todo contribuirá a aumentar ese poder que nos da la ciencia. Sin embargo hay algo que Russell no llegó a conocer, la tecnología que nos ha traído internet también nos ha dado mayor poder a millones de usuarios anónimos. Nos ha dotado de un formidable instrumento para movilizarnos por miles y miles a lo largo y ancho de todo el mundo. Ese poder, en ocasiones, nos permite enfrentarnos a los poderosos con garantías de victoria. Incluso un solo individuo con su opinión y un blog es capaz de incomodar a más de un régimen. Véase el caso del blog de Yoani Sánchez en Cuba.

Epílogo: Para terminar con una especie de canto de optimismo hacia la ciencia del futuro, acabo esta columna con un párrafo con el que concluía una “nota al margen” de mi blog sobre el futuro de la teoría de cuerdas y sobre la Teoría del Todo definitiva, capaz de explicar desde el comportamiento de la menor de las partículas y del Universo entero: “…De cuerdas podría estar formado nuestro cerebro y nuestro corazón, pero ¿qué tipo de cuerda hace vibrar las ilusiones o nuestros sentimientos?. Puede que la realidad sea todavía más sutil y que las cuerdas estén lejos de representarla completamente. Al final, puede que la Teoría del Todo “definitiva” se parezca a un precioso poema, bello, elegante y conciso. Unos cuantos versos que todos entenderemos y al leerlos nos harán felices”.

Y para seguir contrarrestando el pesimismo que rezuma el texto de Bertrand Russell añado la lectura de la columna del uno de enero de 2009, que titulé Historia, dignidad y efecto mariposa.

Feliz año 2010.

Salvador Ruiz Fargueta | 01 de enero de 2010


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