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Causas justas por Camilo de Ory

Camilo de Ory necesita dinero. Cada lunes, en la sección Causas justas de Libro de Notas, lanza al aire una serie de pensamientos tan erráticos como su visión del mundo y tan breves como su jornada de trabajo. Animamos a los lectores a entrar al trapo y crear a pie de página un bullicioso foro de debate en el que cualquier conducta antisocial tendrá, que nadie lo dude, su justa recompensa.

Una tarde en el circo

Ya sé que a ustedes mi salud no les interesa, pero soy alérgico a los leones. Lo noté por primera vez hará veinticinco años, cuando un circo acampó frente a mi colegio. A la salida de clase me acerqué a ver las fieras en su jaula y los ojos se me irritaron de un modo exagerado. Así empecé a darme cuenta de que mi sueño de abandonarlo todo para hacerme trapecista era sólo eso, un sueño y además irrealizable. Después me volvió a ocurrir en un zoológico, y mucho más tarde en la casa de un amigo ‘hippie’ que solía invitarme a comer —tenía la cocina llena de gatos, tantos que sumados bien podían equivaler a un león.

El otro día me ofrecieron un par de entradas para el circo y las acepté como el que acepta un reto. Al final las circunstancias me obligaron a ir solo (algo que en el fondo agradecí: no quería testigos de mi llanto si las cosas se torcían). Llegué antes de tiempo, pero no visité a los animales en sus jaulas por miedo a que la alergia me derrotara sin que hubiese comenzado la función. Mientras guardaba cola para entrar me pregunté dónde habrían fabricado la carpa e imaginé a un ejército de costureras asiáticas cosiendo catorce horas al día por un plato de arroz hervido. En la grada me encontré rodeado de niños que posiblemente desearan ser trapecistas o anhelaran alguna otra insensatez. (De la infancia sólo echo de menos la falta de responsabilidades y que todo es gratis. Aunque sería mejor disfrutar de los regalos y la falta de responsabilidades con la razón ya en uso: no es justo que los niños paguen sólo media entrada si ni siquiera saben que sólo pagan media entrada.)

El espectáculo arrancó con un número de fieras. Por suerte no había leones; en su lugar rugían tres tigres a las órdenes del domador Mr. Máximo, un caballero bajo y musculoso vestido de gladiador romano. Pese a los indudables atractivos del oficio, nunca soñé con dejarlo todo para ser domador. La alergia me lo habría impedido, de cualquier manera. De hecho ignoraba si me iba a permitir seguir la función desde mi asiento: un tigre y un león son médicamente intercambiables. Temía que las fieras me hicieran abandonar el circo —esta vez no el sueño del circo, sino el circo físico—. Pero no tuve problemas, quizá porque el número era breve o quizá porque la distancia que me separaba de la pista era suficientemente larga. Los peores leones de uno son uno mismo y sus limitaciones —sus gafas, sus alergias—. Sólo reconocemos nuestra debilidad o nuestra miopía con la edad, generalmente cuando ya es tarde y nos hemos equivocado de profesión o de vocación.

Los payasos hicieron un juego cómico con el público y un silbato, que es un instrumento muy socorrido para cierto tipo de humor sutil. Me esforcé por descubrir en la mirada de alguno de ellos al hombre que sufre detrás del maquillaje, pero todos me parecieron bastante felices. Después intervinieron en el ‘show’ un grupo de camellos y avestruces, que no dejan de ser una especie de enormes gallinas, una jirafa alta como una jirafa y cinco elefantes sumisos, absolutamente inconscientes de su fuerza, que se rebajaban a cosas que no hubiera aceptado hacer ni el más servil de los trepas delante de un ministrable. Lo que más me llamó la atención fueron las doce adolescentes con pantalón corto que bailaban con varios hula-hops (varios cada una) al compás de la canción ‘It´s raining men’. Ahí se me saltaron las lágrimas, pero no por culpa de la alergia sino a causa de la emoción. Por fin actuaron los trapecistas, tres jóvenes con aspecto de ‘boys’ de discoteca que inmediatamente supuse amancebados con las niñas del hula-hop —el circo es una gran familia—. No sé si recé porque lo de ‘It´s raining men’ fuera o no fuera una presagio —por fortuna para los tres ‘boys’ no lo fue y ninguno de ellos llovió hasta el suelo—. El trapecio es una forma de vida demasiado peligrosa: me alegro de no haberlo dejado todo por el circo. De pequeños nos creemos invulnerables y le podemos encontrar alguna gracia a eso de volar de un columpio a otro con una venda en los ojos. Luego uno descubre que es más cómodo dedicarse a describir cómo vuelan los demás, aunque resulte menos excitante y esté peor pagado.

Salí del circo más hombre, más niño, casi de noche.

Camilo de Ory | 11 de mayo de 2009

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2009-05-22 00:30

    Camilo, no sé si llego tarde y ya lo han quitado pero, si no, ¿dónde está ese circo? Yo quiero ir a uno en que dejen visitar las jaulas de los animales y las carretas de los del circo, no como en un par a los que he ido y resulta que no te dejaban ni antes de la función ni después. Yo sabía que nos estábamos perdiendo lo mejor, porque en mis libros de cuando era pequeña siempre iban a visitar las jaulas y las carretas. Jo.
    Un beso.



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