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Causas justas por Camilo de Ory

Camilo de Ory necesita dinero. Cada lunes, en la sección Causas justas de Libro de Notas, lanza al aire una serie de pensamientos tan erráticos como su visión del mundo y tan breves como su jornada de trabajo. Animamos a los lectores a entrar al trapo y crear a pie de página un bullicioso foro de debate en el que cualquier conducta antisocial tendrá, que nadie lo dude, su justa recompensa.

Un día en el campo

Primero hay que definir lo que es el campo. En la naturaleza salvaje no crecen mesas de madera. Crecen muchos objetos del mismo material —los árboles—, pero no mesas. En el campo hay animales salvajes, tales como ciervos y jabalíes, y por aquí no se ve fauna de este tipo. Sólo dos perros que ningún adulto tomaría por lobos. De hecho he visto a más animales en la ciudad que en el campo, y me refiero a animales de verdad: perros, palomas, ratones, caballos e insectos. En la naturaleza salvaje, para acabar, no hay chiringuitos (o no los había la última vez que fui). A pesar de todo admitiremos que estamos en el campo y seguiremos con esta locura.
Uno va al campo a hacer exactamente lo mismo que haría en casa, pero en pantalones cortos. Lo que pasa es que el campo no da facilidades para ello. En el campo el suelo es de tierra, que es ese polvo negro que se encuentra en las macetas y que según el socialismo utópico pertenece a quien lo trabaja. Quien nunca haya estado en el campo puede imaginárselo como una gran maceta y no errará el tiro. Si uno tropieza en el campo con unas raíces aéreas se desollará las rodillas. Y es muy probable que esto ocurra —que uno tropiece—, porque en el campo los hombres pierden las formas y suelen correr detrás de un balón mientras las mujeres charlan o juegan a las cartas. (El póker bajo techo es un entretenimiento masculino y las cartas al aire libre son un deporte femenino.) En el campo los niños tienden a buscar barrancos y a caerse allí —junto al barranco—, para poner de los nervios a sus madres y que éstas con sus gritos pongan de los nervios a sus maridos, los padres de los niños barranquistas, y a los ocupantes de las mesas de madera más próximas, que no tienen la culpa de nada.
Por alguna extraña razón la gente come tortilla y filetes empanados en el campo. Podría comer cualquier otra cosa, pero come precisamente ésa, como siguiendo una norma no escrita. La relación que une al campo y al filete empanado es algo que se me escapa. En el campo la gente suele usar gorra de visera para quitarse el sol de los ojos. En la ciudad también hay sol y la gente no usa gorra de visera. He aquí otro de los misterios de la naturaleza indómita. Un ritual que la gente siempre cumple en el campo es el de mojarse los pies en un riachuelo (utilizar a la Naturaleza como bidé). Si en el campo hay pinos, que los hay, es posible arrojar piñas para que las coja un perro. Pero esto sólo resulta divertido durante un rato. Entonces se olvida uno de la piña o se la arroja a la gente. Está documentado que así comenzaron un par de guerras antiguas, cuando el hombre vivía en tribus.
Otro objeto que uno encuentra exclusivamente en el campo —como los pinos y las gorras de visera— es el camping gas. El camping gas es una alternativa lúdica a la piña. Con el camping gas las reglas del juego son diferentes. El camping gas sirve para quemar revistas. La quema de revistas es un pasatiempo muy eficaz pero está mal visto en el campo. El campo tiene sus propias leyes, y éstas no coinciden con las leyes de la ciudad. Hay cosas que uno puede hacer en la ciudad y no en el campo, como cruzar la carretera o tirar el dinero en una cabina de teléfonos, y otras que pueden hacerse en el campo pero de ningún modo en la ciudad, como regar el coche o correr desnudo entre la espesura. A veces en el campo llueve y a veces hace frío, sobre todo en invierno. Uno nunca sabe con certeza si va a llover, pero sí puede calcular con bastante exactitud si es o no es invierno, para en caso de que lo sea evitar ir al campo o construirse antes un refugio.
Algunas personas dicen que en el campo viven pequeñas criaturas fantásticas, como gnomos y hadas —si las hadas son pequeñas, que ahora no recuerdo—. Estas personas son las mismas que corren desnudas entre la espesura y defienden el uso recreativo de los psicotrópicos y la legislación holandesa en la materia. Es sabido que en los campos de Holanda abundan los gnomos y los tulipanes. Por lo demás son iguales que el campo de cualquier lugar del mundo. Hay mesas de madera. Hay domingueros. Etcétera.

Camilo de Ory | 20 de abril de 2009

Comentarios

  1. Gazu
    2011-04-30 14:46

    Jajaja muy bueno Che!



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