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Cartas desde Brasil por V.V.A.A.

Cartas desde… es un intento por recuperar el espíritu de las corresponsalías epistolares de la prensa decimonónica, más subjetiva, más literaria, y que muestre una visión distinta y alternativa a la oficial de Agencias.

El dogma o la vida (cuando Dios no es brasileño)

La Demanda do Santo Graal es la versión gallego-portuguesa, del siglo XIII, de una serie de novelas que tuvieron un extraordinario éxito en la Europa medieval, con el rey Arturo y su corte como protagonistas. El libro de ese ciclo que sirve directamente de base a la recreación gallego-portuguesa (en la Edad Media toda traducción es en realidad una libre adaptación) es el titulado Le Conte du Graal, escrito unos años antes por Chrétien de Troyes, aunque, como es común también en esa época, la versión ibérica recoge elementos de otras e incluye situaciones y personajes de su propia cosecha. En esta versión, el héroe que conseguirá encontrar el Grial es Galaaz, o Galahad o Gwalchavad, el hijo de Elena de Carbonek con Lanzarote, o Lancelot.
El Grial sólo podrá ser alcanzado por el caballero más puro. Ese adjetivo, que condensa las cualidades cristianas del héroe, se refiere especialmente, claro está, a su castidad. Por ello, el caballero elegido siempre es puesto a prueba en ese sentido. Los Monty Phyton, en su parodia de la leyenda artúrica, sitúan al héroe en un castillo, huyendo apavorado de mil vírgenes ansiosas para dejar de serlo, que lo persiguen como locas arriba y abajo por pasillos de piedra.

La “prueba” en la Demanda aparece narrada de la siguiente manera, si no recuerdo mal. Galaaz es recibido como huésped en un castillo y la hija del anfitrión se enamora de él. Una noche la doncella aparece en camisón y empuñando una espada en la habitación donde Galaaz dormía, sin quitarse la malla metálica, en posición de firmes, como corresponde a un caballero-monje que desprecia su propio cuerpo. La joven hija del señor del castillo se le declara y amenaza con hacerse el harakiri (no en esos términos, claro está) si no accede a acostarse con ella (como vemos, estamos ante una virgen no menos histérica que las de los Monty Phyton). Galaaz se encuentra ante un dilema moral de difícil solución: o cede a las exigencias de la doncella, perdiendo su pureza y cualquier posibilidad de encontrar el Grial, o se niega a satisfacer sus deseos y se hace así culpable de su muerte. En ese momento, y el narrador anónimo no deja de contarlo con todo detalle, el héroe duda, y al dudar se hace humano.

Para salvar el relato, y al héroe y su misión, el dilema se resuelve ex machina, si podemos decirlo así. La doncella se mata antes de que Galaaz haya tomado una decisión, en realidad, un microsegundo antes de que acceda a sus deseos, de manera que no tiene ocasión para pecar y tampoco se le puede culpar por su muerte. En cualquier caso, el relato medieval, se supone que escrito por un creyente católico, muestra que ningún dogma resiste al confronto con la realidad, que la vida humana en sus muchas y variadas circunstancias no se deja aprisionar en reglas rígidas, en leyes severas, en axiomas inapelables. El héroe gana aún mayor altura porque se humaniza al renunciar al Grial para salvar una vida, haciendo el sacrificio de ceder a los requerimientos sexuales de la doncella (no me resisto a intuir una irónica y maliciosa sonrisa en la boca y la pluma del anónimo narrador, por muy medieval que sea).

La Demanda do Santo Graal ya ha sido leída, también, como una crítica contundente a la Iglesia católica, a su hipocresía y corruptelas. De hecho, el segundo héroe de la trama, el otro caballero perfecto, es Palamedes, un “moro” que se niega rotundamente, con razones más que convincentes, a convertirse al cristianismo. ¿Y qué tiene que ver todo esto con Brasil?, os preguntaréis.

Nada. O casi nada. La alegre sabiduría del anónimo narrador de la Demanda se me apareció estos días en la memoria como agudo contrapunto a la dramática estupidez de algunos representantes de la Iglesia católica en Brasil (y no hablo de las otras porque en este caso han tenido la prudencia de mantenerse calladas). En el nordestino estado de Pernambuco una niña de 9 años, violada por su padrastro, se queda embarazada de gemelos. En el hospital público donde está internada, y con el consentimiento de la madre, se le practica un aborto, en el marco de las leyes brasileñas, que contemplan esa posibilidad en casos de violación y cuando corre riesgo la vida de la madre. Los dos supuestos se dan en este caso, pues la niña, medio desnutrida y sin posibilidades físicas de llevar adelante un embarazo (y menos aún de gemelos) debido a su corta edad, corre serio riesgo de muerte. La niña se recupera de la operación con cierta rapidez y sale del hospital sin llegar a entender lo que le ha ocurrido.

¿Qué hace la Iglesia católica a través de uno de sus máximos representantes, el arzobispo de Olinda y Recife? En primer lugar, al hacerse públicos los hechos de la violación, se manifiesta contra la posibilidad de aborto, en lo que coincide, curiosamente, con el padrastro violador, cuya opinión, como es obvio, a nadie importa, pero que los periódicos aún así tienen el cuidado de recoger. Una vez realizada la intervención, la Iglesia decide excomulgar a los médicos y a la madre de la niña. El Vaticano corrobora la decisión. El arzobispo argumenta, haciendo una comparación odiosa, que el pecado del aborto es peor que el de la violación de una menor (y quizás por eso no excomulgaron también al hijoputa del padrastro). Que la ley de Dios, que ellos dicen interpretar, no tiene nada que ver con la ley de los hombres, es decir, el dogma está por encima de la vida de una niña de nueve años que ha sufrido lo que nadie debería sufrir.

Debe ser triste para quien es católico encontrarse en una situación de esas, rechazado y despreciado por la comunidad a la que se desea pertenecer justo en el momento en el que más se necesita de apoyo y comprensión. A los demás, aunque nos sintamos tocados por algo que podemos llamar compasión, o tal vez empatía, todo esto no nos importaría demasiado sino fuera porque la Iglesia actúa como grupo de presión política, pretendiendo provocar cambios en la legislación (en las leyes de los hombres, como ellos dicen), que restrinjan las libertades también de los que no nos sometemos a sus principios.

La posición moral de la Iglesia católica en ese asunto es monstruosa, es literalmente (puesto que se pretende “divina”) inhumana. A pesar de lo que se suele decir en estos casos, y por lo que hemos visto en el larguísimo preámbulo de esta carta, sólo no podemos afirmar sin más que sea una actitud medieval…

Xoán Carlos Lagares | 17 de marzo de 2009

Comentarios

  1. slothrop
    2009-03-18 04:29

    La iglesia católica, igual, por otra parte, que todas las demás iglesias, no es que no sea humana, es que pertenece a un estadio de la humanidad anterior al actual, es decir que respecto a la actualidad ocupa una posición anacrónica. Es un anacronismo andante, parlante y personificado en curiosos personajes que expresan disparatadas opiniones, las cuales se derivan de sus disparatadas convicciones y creencias.
    Esto no significa que la iglesia católica no sea humana, sólo que representa la subordinación de lo humano a lo divino, un orden de cosas correspondiente a otro momento de la historia, cuando el ser humano no tenía otro modo de explicarse la realidad (sobre todo la realidad de su existencia) que recurriendo a lo sobrenatural.
    Por esta razón todas las civilizaciones tenían libros sagrados. Los libros sagrados sustituían a la filosofía y a la ciencia, constituían la forma más comprensible de explicar la presencia del ser humano sobre la tierra.
    ¿Qué ocurre ahora? Que existe algo llamado ciencia, lo que ha hecho posible que la razón haya ido ganando terreno en detrimento de lo sagrado. Lo cual entra en conflicto con el contenido de los libros sagrados, escritos hace miles de años por personas que no sabían lo que era la ciencia, y que en determinados aspectos no podían pensar de una manera racional, pero que siguen siendo considerados por las iglesias recipientes de verdades inmutables.
    La oposición radical al aborto se basa en una de esas verdades inmutables. De ahí que los santos varones de la iglesia católica hayan excomulgado a los médicos y a la madre de la niña, y no al violador. Las dos partes son culpables, pero con la diferencia de que la culpa de los primeros es más grave que la del segundo, de modo que mientras a éste se le concede el derecho a arrepentirse y por lo tanto al perdón de sus pecados, el pecado de los otros es imperdonable. Irán de cabeza al infierno.
    ¿Se puede tomar esto en serio? Creo que aquí es donde radica el quid de la cuestión. Parece que se le sigue dando demasiada importancia a todo lo que hace y dice la iglesia católica, y esto no deja de resultar un tanto inquietante. ¿Por qué se le hace tanto caso? ¿Por qué el hecho de que haya “excomulgado” a unas personas tiene tanta repercusión? En su situación anacrónica, la iglesia no está sola, sino acompañada por una buena parte de la humanidad. A veces da la impresión de que esta buena parte de la humanidad se preocupa menos de la iglesia que en teoría es la suya que aquellos que en teoría están apartados de la doctrina de la iglesia. En el terreno de la razón, la iglesia tiene todo debate posible perdido, pero cuando aquellos que en teoría se sitúan en el terreno de la razón se toman en serio a la iglesia, ésta los acerca a su terreno, las diferencias se atenúan y resulta que unos y otros se hacen muy parecidos.

  2. la hundida
    2009-03-18 05:29

    Esto me recuerda un juego infantil que se llamaba “pasimici, pasimiça”. Teníamos que pasar en larga hilera bajo los brazos entrelazados de las 2 jugadoras que llevaban la voz cantante (el resto de la letra era: “por la puerta de Alcalá; los de alante corren mucho, los de atrás, se quedarán”). Si te quedabas “pillada” en el puente remero, tenías que elegir entre dos cosas que eran lo más. La decisión tenía su órdago, porque todo era bueno y mejor. Con la Iglesia, ocurre justo al revés. Tienes que elegir entre la ignominia y el dogma. Si una es injusta, con la otra te la juegas con todo el equipo; el progreso se detiene y el tiempo se para. ¿Alguien tiene una palabra para esto? Espero que la diga. Pero por favor, que no lo siga llamando iglesia.



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